NORTE de FRANCIA.- Poco tienen que ver los campos informales de inmigrantes diseminados a lo largo del litoral del Canal de la Mancha y del Mar del Norte con las “junglas de Calais”. Aquellos albergan un número más reducido de personas –máximo 70 en algunos–, son más homogéneos en cuanto a nacionalidades y no son efímeros. Algunos han existido desde hace varios años.
Sólo pudieron nacer porque asociaciones de solidaridad convencieron a algunos alcaldes de poner a su disposición terrenos municipales. Subsisten porque esas mismas asociaciones los administran y defienden. El estatuto de estos campos es paradójico: son ilegales pero tolerados.
Su permanencia se explica también por que son casi invisibles: Están en el campo, disimulados entre árboles en los alrededores de ciudades pequeñas y siempre cerca de alguna de las autopistas por las cuales transitan camiones de carga que van a Gran Bretaña.
Padecen menos redadas que los campos de Calais pero, al igual que en ese puerto, la mayoría de los inmigrantes depende de la ayuda para comer, vestirse y tener agua y asistencia médica.
Los integrantes de las redes de solidaridad son personas de todas las edades y clases sociales. Algunas son religiosas. Otras no. Se definen como simples ciudadanos que “entraron en resistencia” contra la política migratoria francesa y europea. Creen en la hermandad. Creen en acciones concretas. Afirman que solidarizarse y convivir con los migrantes da una nueva dimensión a sus vidas.
Norrent-Fontes
El campamento de Norrent-Fontes, 60 kilómetros al sureste de Calais, está al cuidado de la asociación France Terre d’Errance (Francia Tierra de Andanzas). Consta de cuatro rústicos dormitorios de madera donde se alinean decenas de catres. Acoge a unos 60 migrantes, en su mayoría eritreos. Unas 20 mujeres comparten uno de esos dormitorios. Varias acaban de llegar de Italia, se ven exhaustas. Casi todas se rehúsan a hablar.
Melat lleva un mes en Norrent-Fontes y varios intentos infructuosos de pasar a Inglaterra. Tiene 21 años. Salió de Asmara, capital de Eritrea, a finales de 2013. “Me habían dicho que el recorrido era duro, pero nunca me imaginé que lo iba a ser tanto”, confía.
Cruzó caminando la frontera entre Eritrea y Etiopía con cinco personas que conocían bien la zona. Se quedó ocho meses en un campo de refugiados y luego logró salir a Sudán con compatriotas suyos. Ahí pagó mucho –no dice cuánto– a un coyote para cruzar a Libia. La travesía del desierto fue atroz: apretujada durante 13 días con otros migrantes en un camión, con un calor insoportable, poca agua, poca comida y una promiscuidad que aún le da escalofríos.
Fue también una auténtica hazaña esconderse de las milicias y delincuentes que siembran el terror en Libia. Pagó a otro coyote para subir a una lancha que la dejó en la costa de Sicilia. El mar estaba tranquilo y, a pesar de estar atestada, la embarcación llegó sin problemas. Ahí fue detenida junto con todos los otros viajeros y pasó tres días en un centro de retención en Caltanissetta. La policía la dejó ir. Viajó en tren –sin pagar boleto– hasta Milán y luego a Calais y Norrent-Fontes.
“Viví a la defensiva nueve meses, día y noche. En todas partes fue violento, empezando por el campo de refugiados de Etiopía. Por la noche sigo con pesadillas. Aquí, en este dormitorio, todas tenemos pesadillas. Cada noche hay mujeres que se despiertan gritando. Algunas quieren hablar para desahogarse. Pero por lo general preferimos no recordar ese infierno. Queremos dejar todo atrás y concentrarnos en la última etapa”, confía en un inglés casi fluido.
Sin embargo no se arrepiente ni se queja de su periplo. “La vida es así. Mientras más grande es tu sueño, más caro es el precio”.
–¿Cuál es tu sueño?
–Nunca volver a Eritrea. Estudiar, si se puede. Ganar dinero para ayudar a mi familia.
Las mujeres que nos rodean hicieron casi todas el mismo recorrido, salvo unas que pasaron por Grecia. Tienen entre 20 y 30 años. Unas dejaron hijos pequeños en Eritrea y se preguntan si les será fácil llevarlos a Gran Bretaña. Otras afirman que sus maridos “desaparecieron en el ejército”.
Amnistía Internacional (AI) define a Eritrea como la Corea del Norte africana. Desde que se independizó de Etiopía en 1993, ese pequeño país del Cuerno de África, con 6 millones de habitantes, vive bajo la férrea dictadura de Isaías Afewerki y del Frente Popular por la Democracia y la Justicia, partido único que él encabeza.
Todos los eritreos de entre 18 y 40 años tienen la obligación de servir en las fuerzas armadas un tiempo indefinido. “Eso significa estar sometidos durante años a un auténtico régimen de trabajos forzados”, define AI. Su única salvación es huir.
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados calcula que 350 mil eritreos han salido clandestinamente de su país en los últimos 10 años. En 2013 fueron la segunda nacionalidad, después de los sirios, en llegar a costas sicilianas.
Grande-Synthe y Téteghem
Gracias a Josette Vauché –trabajadora social jubilada y responsable local de la organización SALAM– la reportera pudo visitar los campos informales de inmigrantes de Grande-Synthe y Téteghem, donde hay sobre todo iraníes de un estrato social superior al de los otros refugiados. También hay paquistaníes y grupitos de egipcios. Ambos lugares están cerca de Dunquerque, 50 kilómetros al norte de Calais.
El campo de Grande-Synthe se extiende a orillas de un pequeño lago, y el de Téteghem, en un bosque. Ambos albergan a 120 personas en carpas y rudimentarios refugios de madera.
La presencia de tantos iraníes es relativamente reciente. Antes predominaban kurdos de Irak y afganos. Vauché sospecha de una guerra de territorios entre coyotes detrás de ese repentino cambio.
El problema de los coyotes perturba mucho a la responsable de SALAM. “A veces estacionan en el campamento sus BMW con placas inglesas, con bastante descaro”, deplora. “Controlan mucho a los migrantes. Les dicen que somos de la policía para que no nos hablen”.
El diálogo se da sin embargo cuando los miembros de SALAM llevan en coche a sus protegidos a bañarse en un gimnasio cercano.
Vauché se enteró así de que muchos de los profesionistas iraníes –médicos, profesores, ingenieros– que “caen” en Grande-Synthe o Téteghem son víctimas de coyotes.
“Los engañan prometiéndoles habitaciones en hoteles de Calais y los llevan a nuestros campamentos”, afirma. “No sé ni quiero saber cómo logran finalmente pasar a Inglaterra. Me consta que llegan porque algunos nos llaman de Londres para agradecer nuestra hospitalidad. También me ha tocado ayudar a iraníes totalmente despojados por coyotes a hacer trámites para regresar a su país. Hasta donde entiendo no son activistas políticos. Son gente culta y abierta que vive sofocada en Irán.”
Angres
Benoit Decq, del colectivo Fraternidad Migrantes de la Cuenca Minera 52, advierte a la reportera: “El campo de refugiados de Angres es el Hilton de las junglas de la Región del Norte-Paso de Calais. Es además el único campo que alberga exclusivamente migrantes vietnamitas”.
Angres está en los suburbios de la norteña ciudad de Lens, a 100 kilómetros de Calais, y cerca de una gasolinera y de un área de descanso de la autopista A26. Los primeros migrantes vietnamitas aparecieron ahí en 2008. Vivían escondidos en un bosque cuando los habitantes de los pueblos de los alrededores los descubrieron.
“Antes sabíamos que los coyotes kosovares controlaban el área de descanso de Angres. Pero se esfumaron y de pronto aparecieron los vietnamitas. Nos preocupó verlos sobrevivir en condiciones tan precarias. Les conseguimos tiendas de campaña, cobijas, comida y ropa.”
Pasó un año. La noche del 4 al 5 de septiembre de 2009, coyotes chechenos o kosovares –nunca se supo con certeza– les dispararon a los vietnamitas; hirieron a siete. Tres días después los gendarmes irrumpieron en su campamento, detuvieron a los 80 inmigrantes, demolieron el campo, quemaron sus pertenencias y cortaron todos los árboles del bosquecito.
La mitad de los detenidos fue liberada por la tarde. Junto con los integrantes del colectivo acamparon tres días y tres noches frente a la alcaldía de Angres. Después de meses de presiones y cabildeo de Fraternidad Migrantes de la Cuenca Minera 52, la alcalde permitió que los inmigrantes se instalaran en una casona abandonada.
La alcalde limitó a 20 el número de inmigrantes tolerados en ese lugar. Pero cuando la reportera visitó el albergue, había casi 40. Al contrario de lo que pasa en los demás campos informales, los vietnamitas se encargan solos de su comida. En su mayoría son muy jóvenes, humildes. Se nota su origen campesino. Muy pocos hablan inglés. Decq los frecuenta desde hace seis años, pero confiesa que sabe poco de ellos.
Según aceptó contar Luan a la reportera, todos siguen más o menos el mismo itinerario. Viajan en avión de Vietnam a Rusia y luego pasan por carretera a Bielorrusia, Ucrania, Hungría, Austria, Italia y Francia. A veces su camino los lleva por Polonia y la República Checa. No fue posible indagar en qué condiciones viajan ni cuánto tiempo dura el recorrido.
Casi todos los muchachos afirman que en Gran Bretaña van a trabajar en restaurantes, y las muchachas, en salones de belleza. ¿Qué se esconde tras estas respuestas estereotipadas? Decq sabe que siempre hay uno o varios integrantes de la red de coyotes en el campo para vigilarlos. La policía también lo sabe. Hace algunos meses detuvo a tres de ellos, dos de los cuales siguen encarcelados.
“En seguida fueron reemplazados por otros, mientras las cabezas de la red viven intocables en Vietnam”, asevera Decq.
Un solo joven tomó la decisión de escapar a ese engranaje y pidió asilo. Vive ahora con una familia norteña y está perfectamente integrado. Pero nunca reveló nada sobre la organización que le permitió llegar a Francia.
Los vietnamitas cruzan el bosque de noche para alcanzar la autopista e intentar subirse a un camión. En el camino paran ante una tumba solitaria. Es un pequeño monumento a la memoria de dos oficiales franceses muertos en ese bosque durante la Primera Guerra Mundial y cuyos cuerpos nunca fueron encontrados. Los vietnamitas convirtieron la tumba en altar budista y la adornan con flores. Antes de arriesgarse en la autopista, prenden incienso alrededor de la tumba y piden protección.








