La perra debe morir de manera natural, declara el abogado frente al pelotón de empleados domésticos; la heredera universal de la patrona (Vera Talaia) es su mascota, Princesa. Para Lidia (Susana Salazar, estupenda), una de las sirvientas, una cosa es querer mucho a la perrita, y otra permitir que viva como millonaria. Rafael (Jesús Padilla) ha trabajado por treinta años en una fábrica de focos, sueña con retirarse hasta que le informan que no puede obtener el dinero de su jubilación debido a su condición de ilegal.
Workers (México-Alemania; 2013) empieza y termina con tomas abiertas de la playa, el muro fronterizo de Tijuana avanza mar adentro; la separación es así. En un montaje de historias separadas, como líneas divergentes que alguna vez se tocaron, José Luis Valle expone la herida, cada vez más profunda, entre dos países, entre las castas que van de los ricos a los pobres.
La primera parte de la película parece un gran mural pintado con diferentes personajes y sus situaciones, rutinas de trabajo, rituales compuestos de gestos triviales donde se inscribe el sentido de sus vidas; en la segunda, la fábula social se hace más ácida, pero el ritmo no cambia, el rigor sigue manteniéndose en la composición donde participa la cámara con largos planos-secuencia, y los personajes armados en gestos y movimientos lentos, sin música; luz y espacio los aplastan. Rafael trabaja con focos, la oscuridad se va hacia dentro, y los focos se tendrán que romper. Notable la colaboración del cinefotógrafo Cesar Gutiérrez Miranda.
¿Qué se sentirá ser discriminado en la tierra de los ilegales, donde se vale explotar 30 años a alguien para salirle con que no tiene derechos? ¿O será que esto ocurre en cualquier lugar donde impere la deshumanización del trabajo? José Luis Valle elige Tijuana, una de las fronteras más ácidas del planeta, para contar una historia sin narcos (apenas confinados en la televisión), tremenda pero sin tremendismo, con sentimientos profundos pero exenta de sentimentalismo.
El gran descubrimiento del cine mexicano contemporáneo ha sido el ritmo, la capacidad de exponer personajes a su propio entorno, y de permitir que lo habiten a su manera, sin demagogia ni grandilocuencia; la incorporación del minimalismo, y el manejo de luz cada vez más depurado, se han vuelto recursos indispensables. Así se ha logrado una distancia donde caben el humor, incluso el más corrosivo, o emociones y paradojas aterradoras. A partir de Carlos Reygadas, Amat Escalante, Fernando Imbcke, Fernández Lesur (La horas muertas), la lista crece.
La desgracia es que una cinta mexicana de la calidad de Workers, con varios premios, recomendada en el Festival de Berlín, se exhibe en México con sólo un par de copias.








