En el presente temporal de lluvias hay una noticia buena y otra mala. La buena es que una vez más, como se viene repitiendo desde tiempos remotos, la naturaleza comienza a enmendar, así sea de manera transitoria, algunas de las graves pifias que autoridades de todos los órdenes de gobierno vienen cometiendo en el manejo del agua en nuestro estado. La mala es que, para desgracia de la sociedad, ese beneficio no podrá ser aprovechado cabalmente. Pero aun cuando a la larga sean pasajeras las bondades de un temporal tan generoso como el que hasta ahora se ha tenido, los habitantes de esta parte del mundo podrán tener razones para quejarse de muchas cosas, pero no para hacerlo de la madre natura.
Una de esas razones es el buen ritmo en la restauración de los niveles del Chapala. El temporal en curso lleva poco más de un mes y la recuperación del mayor lago del país es algo más que promisoria, con 45 centímetros de ascenso hasta el miércoles 16, lo que representa la mitad de lo perdido –por extracción, pero sobre todo por evaporación– durante toda la temporada de secas a principios del mes pasado. Y la parte complementaria de esta buena noticia es que al presente temporal aún le quedan alrededor de tres meses, pues según una arraigada conseja regional, en Guadalajara y su región “las aguas comienzan el 13 de junio, día de San Antonio –llueva o no llueva–, y terminan con el famoso cordonazo de San Francisco, el 4 de octubre, llueva o no llueva”.
Lo anterior significa que, una vez más, la naturaleza –Virgen de Zapopan, Tláloc o como quiera llamarse a esa fuerza que para bien o para mal se encuentra por encima la voluntad humana– ha vuelto a cumplir generosamente con su papel de gran proveedora. Y, como contrapartida, de nuevo es el factor político el que sigue sin estar a la altura de las circunstancias, lo cual en el caso específico de nuestro estado implica un mal desempeño tanto de gobernados como gobernantes, particularmente de estos últimos, quienes durante muchas generaciones y sin importar su origen partidista han sido incapaces de hacer las cosas correctamente o al menos con cierta responsabilidad.
Porque como dice el viejo son cubano, “la lluvia la manda Dios”, pero quienes dejan que se contamine, o no son capaces de aprovecharla, o la manejan con torpeza, o conciben descocados proyectos para represarla, o la reparten mal –y a veces todo ello junto– son otros. Por ejemplo, las personas que hemos tenido por gobernantes en las décadas recientes. Y es que estos cenagosos “servidores públicos” –lo mismo los de origen panista que los priistas, incluidos también funcionarios del PRD y aun del Verde Ecologista– han salido reprobados cada vez que se trata de defender el lago de Chapala, al no exigir un derecho elemental de nuestro estado: el reparto justo de los caudales del río Lerma, que en su mayor parte son retenidos de manera inequitativa en las grandes presas de Querétaro, Michoacán, Estado de México, pero sobre todo de Guanajuato.
La situación anterior ha llevado a nuestras atolondradas autoridades locales, comenzando por las del gobierno estatal, a buscar fuentes alternas de abastecimiento de agua potable para la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG), con resultados tan malos como el abandono del proyecto del Purgatorio, a comienzos de los noventa, para volver a retomarlo, al menos en el discurso, ahora; o el boicot que un grupo de diputados de oposición hizo al llamado Crédito Japonés en 1999, cuando el legislador perredista Raúl Padilla López, que ya para entonces llevaba años fungiendo como cacique de la Universidad de Guadalajara, y su colega, la “ecologista” Liliana Reguera impidieron que se celebrara la sesión del Congreso de Jalisco en que se aprobaría la contratación de dicho empréstito, cuyo propósito era el de sanear las aguas residuales de la ZMG –algo que 15 años después sigue sin lograrse– y aportar a la capital tapatía un metro cúbico de agua potable por segundo de manera adicional.
En la década pasada, las administraciones panistas de Francisco Ramírez Acuña y Emilio González Márquez se empeñaron en un proyecto demencial: la construcción, con el apoyo de la federación (por entonces también en poder del PAN), de una presa (la de Arcediano) que captara las miasmas que arrastra el río Santiago, así como los caudales sobrantes del río Verde, en el entendido de que durante el sexenio de Ernesto Zedillo (1994-2000) el gobierno federal había otorgado una parte del caudal del último afluente al área urbana de León, Guanajuato. Los dividendos del fallido proyecto de Arcediano son de todo mundo conocidos: luego de gastar cerca de mil millones de pesos en estudios, obras preliminares y compra de terrenos, el proyecto se canceló (según el anuncio oficial sólo se posponía) debido a lo desmesurado de su costo: más de 14 mil millones de pesos. Aparte, se desmontaron las plantas hidroeléctricas de la Comisión Federal de Electricidad y se causó un grave daño ecológico a las barrancas de Huentitán, Oblatos y Colimilla.
A raíz del fracaso de Arcediano, en 2009 el gobierno de González Márquez solicitó a la Comisión Nacional del Agua que elevara la cortina de la presa de El Zapotillo (ya desde entonces, el proyecto alternativo para llevar el líquido del río Verde a León) de 80 a 105 metros, aun cuando ello significara la inundación de tres poblaciones de los Altos de Jalisco: Acasico, Palmarejo y Temacapulín, cuyos pobladores y vecinos, particularmente los de Temaca, han venido librando desde entonces una ejemplar lucha por su sobrevivencia; una lucha que por lo demás no ha sido en vano, pues a la fecha suman ya tres sentencias a su favor –una de ellas emitida por la Suprema Corte de Justicia de la Nación– que impiden que la altura de la cortina de El Zapotillo sobrepase los 80 metros.
Vale decir que en esta materia la actuación del gobierno actual, que encabeza el priista Aristóteles Sandoval Díaz, no ha sido mejor que la de sus predecesores del PAN, pues primero dijo que hacía el “compromiso” de salvar Temaca (porque “primero está el derecho de los jaliscienses”), lo que en la práctica significaba negociar con la federación y con las autoridades del vecino estado de Guanajuato, a fin de limitar la altura de El Zapotillo a 80 metros. Sin embargo, a la hora de la verdad al decidido gobernador de Jalisco le temblaron las corvas y, lo mismo que su antecesor González Márquez, trató de lavarse las manos, al estilo de Pilatos, con la excusa de que por tratarse de un proyecto federal ni él ni su gobierno podían intervenir.
Esta pusilanimidad, sumada a la tibieza con la que dizque ha defendido la causa de Chapala (dicha defensa sólo ha sido de dientes para afuera), el hasta ahora estéril recalentamiento de la proyectada presa de El Purgatorio y el largo impasse en el que se encuentra la conclusión de las plantas de tratamiento de El Ahogado y Agua Prieta, pintan al gobierno de Sandoval Díaz como poco menos que un cero a la izquierda en materia de proyectos acuícolas.
En conclusión, de no ser por el amparo de los aguadores celestes (madre natura, Tláloc o la Virgen de Zapopan…), los habitantes de esta parte del mundo y en particular los de la ZMG estarían a merced de gobernantes que no pasan de ser una nueva versión de la carabina de Ambrosio, de gesticuladores vulgares que, como el célebre personaje de Rodolfo Usigli, viven del rollo y su único fuerte es el poco fatigoso deporte del bla, bla, bla.








