Si no se tienen reparos en admitir que la fotografía es una de las bellas artes, y que copiar fielmente la realidad es sólo la menor de sus facultades, entonces Klip (Serbia, 2012), compuesta a manera de video clips, es una espléndida fotografía del desasosiego de la juventud de clase media en los suburbios de Belgrado. Alejado de la noción de calca realista, este primer largometraje de Maja Milos deja la sensación de haber compartido, por semanas, la desesperanza de un grupo de adolescentes desaforados.
Jasna (Isidora Simijonovic), bella como princesita de cuento y aterradora como kamizake, estrena teléfono celular; en casa, apuros económicos y padre con cáncer terminal; afuera, clases aburridas en la escuela, más todos los lugares comunes de la adolescencia: reventón, sexo, drogas y violencia. Se relaciona con Djordje, un chico un par de años mayor, que la trata literalmente con la punta del pie; y con tal de tenerlo y jactarse con sus amigas, Jasna se presta a cualquier tipo de práctica sexual que la realizadora filma sin tapujos, como serían planos completos de felaciones.
La interpretación fácil, sentimentalista, sería justificar la conducta de esta niña como consecuencia de la situación familiar; pero Jasna es una de tantas, incluso algunas de las amigas del grupo de los aquelarres parecen más radicales, y no todas tienen un padre moribundo. El discurso político es claro: Serbia es aún un país adolescente aprendiendo a reafirmar su identidad; la banda provocando destrozos en la escuela grita muerte a América y al facebook, Kosovo es Serbia.
Más allá de cualquier inquietud política y tentación moralizadora, Maja Milos se muestra fascinada por la manera en que la adolescencia del mundo del internet, es decir toda, incorpora dispositivos como son el celular y la computadora, junto con el sexo y la droga, a una búsqueda de identidad. El escándalo frente al desenfreno de los chicos y la incapacidad de los adultos para entenderlos, se convierte en estupor cuando surge el juego erótico entre carne, genitales y celulares; la vida sólo adquiere estatus de realidad si se grava en imágenes que puedan ser transmitidas por la red.
En una escena clave, Djordje no responde a la provocación sexual hasta que Jasna le muestra, en su teléfono portátil, el video de ella misma rasurándose el pubis; en un montaje plástico que ni Lynch se atrevería a hacer (hasta ahora), el adolescente hace el amor con la imagen encima del cuerpo real de Jasna.
A manera de rituales de iniciación, el sexo, fragmentado entre fetiches cibernéticos injertados al cuerpo y a las hormonas que estrenan los adolescentes, permite, eventualmente, acceder al beso romántico y a algo cercano a la conversación entre amantes. Una nueva manera de hacer cine realista.








