El sueño kurdo

Gracias a que goza de autonomía constitucional, la región del Kurdistán iraquí administra sus propios recursos, tiene una fuerza militar propia –los llamados peshmergas– y desarrolla una industria petrolera cuyos ingresos generaron una bonanza económica que contrasta con la pobreza y la violencia en las que está sumido el resto de Irak. Ante la invasión militar a ese país realizada por la organización extremista Estado Islámico, el gobierno kurdo desplegó a sus soldados, que ocuparon ciudades y campos petroleros, con el argumento de que debía defender su territorio. Reiteró luego el mensaje de que busca ser una nación independiente, lo que acentúa el proceso de desintegración en la nación árabe.

KIRKUK, IRAK.– En los márgenes de una llanura cercana a esta ciudad iraquí, máquinas excavadoras y soldados abren una larga trinchera de tres metros de ancho para proteger el territorio kurdo de un eventual ataque del Estado Islámico (EI), la milicia yihadista anteriormente conocida como Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL).
El Gobierno Regional del Kurdistán (GRK) –que controla este territorio de 40 mil kilómetros cuadrados, colindante con Irán, Turquía y Siria, y con una población de 4.5 millones de personas– ordenó la construcción de trincheras ante la inexistencia de obstáculos naturales que ayuden a defender la zona. Sólo llanuras lo separan de las posiciones que mantiene el EI, organización islámica extremista que, en cuestión de semanas, penetró desde Siria e invadió buena parte del territorio iraquí. El Ejército Islámico busca establecer un califato en todo Medio Oriente.
Los soldados kurdos, llamados pesh­mergas (“los que no tienen miedo”), cavan y fortifican las zanjas en medio de disparos que realizan francotiradores del EI. Es un fuego de baja intensidad pero constante. Las balas pasan zumbando y explosiones de mortero estallan de vez en cuando. ¡Baaam!, se escucha cerca de la trinchera. Los peshmergas ni se inmutan.
Frente a las máquinas excavadoras, el teniente peshmerga Halgurd Muhammad vaticina que el Kurdistán “volverá a ser como era antes de que los franceses e ingleses vinieran a revolverlo todo”. Se refiere al tratado de Sykes-Picot, firmado en 1916. Mediante ese acuerdo, Francia y Gran Bretaña trazaron a su gusto las fronteras en Medio Oriente. Así, pueblos de una misma etnia, religión y lengua quedaron en países distintos. Esa fue la situación de los kurdos, que habitan en Turquía, Irán e Irak.
“Bajo los otomanos –prosigue Muhammad como si estuviera en un salón de clases– en este territorio (Irak) había tres provincias: Basora (habitada por chiitas), Bagdad (habitada por sunitas) y Mosul (de población kurda). Así, las cosas caerán por su propio peso”, afirma en referencia al hecho de que Irak parece estar fragmentándose en tres partes: justamente los territorios que había en la época del Imperio Otomano.
“Es la gravitación: todo será como debía ser”, añade Muhammad, convencido.

La “Nueva Dubái”

Cuando faltan dos años para se cumpla el centenario del tratado de Sykes-Picot, éste se da por muerto. Las trincheras que cavan los peshmergas parecen pensadas para marcar las fronteras del territorio kurdo. Existen, sin embargo, dos aldeas kurdas que esas trincheras no contemplan: Sadiyah y Jalawla, en la provincia de Diyala, vecina a Irán. Estas dos aldeas están en poder del EI y, de cara al futuro, el GRK teme que construir la zanja sin incluirlas signifique renunciar a ellas definitivamente.
Unos 20 kilómetros al norte de estas trincheras está Kirkuk, la gran ciudad petrolera que los peshmergas tomaron en junio pasado, después de que el ejército iraquí la abandonara en desbandada ante el avance del EI.
Hasta antes de los años ochenta, la mayoría de la población de Kirkuk era kurda, pero el entonces dictador iraquí Sadam Husein expulsó a miles de kurdos y entregó sus casas a trabajadores árabes. Fue una estrategia para cambiar el equilibrio demográfico de la ciudad y afianzar su dominio sobre ella. El efecto fue real: el censo de 1957 registró una mayoría kurda de 178 mil personas (64%), así como 48 mil turcomanos (17%), 43 mil árabes (15%) y 10 mil cristianos (4%); cuatro décadas después, 72% de la población era árabe, 21% kurda, 21% turcomana y 0.4% cristiana. Empero, el GRK ha respetado los derechos de los árabes, desterrando los temores que éstos tenían respecto de las autoridades kurdas.
A partir de la invasión estadunidense en 2003, Irak se despeñó hacia la violencia y el desastre económico. Pero ello no ocurrió en la región del Kurdistán iraquí. El GRK aprovechó que la región tiene autonomía constitucional para brindar servicios y administrar sus propios recursos. Ello permitió garantizar la seguridad pública con una fuerza militar propia –los peshmergas– y desarrollar la industria petrolera, cuyos ingresos generaron un boom financiero, al grado de que algunos ministros del GRK empezaron a llamar a esta región “la nueva Dubái”.
Kirkuk ha vivido a mitad de camino entre esos dos mundos: la bonanza del Kurdistán y el desastre del resto del territorio iraquí. Hasta antes de la invasión del entonces EIIL, los habitantes de Kirkuk viajaban regularmente al norte, a Erbil, la capital kurda que presume modernos centros comerciales y anchas avenidas; y al sur, a Bagdad, ciudad segmentada en pequeños feudos y plagada de combates callejeros y atentados con bombas.
La incorporación o no de Kirkuk al GRK tenía que haberse definido en 2007 mediante un referéndum, pero el gobierno de Irak no lo quiso realizar.
Además, sus habitantes sufren la presión de las fuerzas de seguridad iraquíes: “Mientras en Erbil mis primos, que son árabes como yo, vivían tranquilos y manejaban sus negocios, en Kirkuk los policías te extorsionaban en tu calle, en tu tienda o hasta en tu propia casa. Inventaban sospechas de no sé qué, hostigaban a tu esposa e hijas y sólo podías quitártelos de encima con dinero”, denuncia el comerciante Abdulá Osman.
Añade: “El gobierno kurdo no hace eso; el gobierno kurdo quiere que progresemos: kurdos, árabes, cristianos… todos. Y lo único que le faltaba era Kirkuk, con el petróleo que hay aquí. Ahora que todo estará bajo el control de gente responsable, Kirkuk y Erbil serán las nuevas Dubáis”.

El factor petrolero

El viernes 11, el GRK ordenó a los peshmergas ocupar los campos petroleros de Kirkuk y de Bai Hassam. Argumentó que tomó tal decisión después de que el Ministerio del Petróleo de Irak pidiera a los trabajadores de esos complejos “inutilizar” las instalaciones.
El campo de Kirkuk registró en 2013 exportaciones de crudo por 6 mil millones de dólares (78 mil millones de pesos). Las instalaciones de Kirkuk y de Bai Hassam pueden producir hasta 450 mil barriles diarios (una cuarta parte de la producción mexicana).
Además, el Kurdistán cuenta con un oleoducto hacia Turquía que le permite sacar el petróleo al Mediterráneo a través del puerto de Ceyhan. De esta manera ya no depende del gobierno iraquí para llevar los hidrocarburos al Golfo Pérsico a través de Basora.
Pero el GRK enfrenta tres problemas: el primero es que le falta dominar el campo Ajil –donde se extraen 60 mil barriles diarios– para controlar todo el petróleo y pacificar la zona. Pero esa última pieza tendrá que arrebatársela a tiros a los yihadistas del EI.
La segunda dificultad es encontrar clientes que quieran comprar su producto arriesgándose a que Bagdad los demande por contrabando ilícito, ya que mientras el Kurdistán no gane la soberanía y obtenga reconocimiento internacional, el propietario legal del crudo sigue siendo el gobierno de Irak.
Halkbank, el banco del gobierno turco, es el encargado de recibir cualquier pago por la venta del petróleo kurdo. Actualmente guarda en sus arcas 93 millones de dólares (más de mil millones de pesos) propiedad del GRK. Pero esos recursos se encuentran bloqueados después de que Bagdad anunciara su decisión de impugnar judicialmente cualquier transferencia sin su autorización.
Un buque-tanque que lleva un mes flotando frente a Marruecos, porque no se le ha permitido descargar crudo kurdo, ilustra esta dificultad. Hay noticias de que otro cargamento petrolero fue adquirido por Israel, cuyo primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha sido el único mandatario que ha abogado públicamente por la independencia del Kurdistán.
Un análisis titulado ¿Ha hecho la crisis a Bagdad aún más rico?, realizado por el área de negocios de Rudaw –conglomerado de medios del Kurdistán iraquí–, explica el tercer problema que enfrenta el GRK: Baiji, la única refinería del norte de Irak, está fuera de su territorio y, de hecho, se encuentra desde junio pasado controlada por el EI. Esto significa que tanto el Kurdistán como el resto de la región enfrentan una crisis de combustibles. El GRK debe ahora importarlos de Turquía por medio de camiones que deben recorrer carreteras excesivamente congestionadas.
Así, el gobierno kurdo podría obtener grandes riquezas en el futuro, pero hoy enfrenta una grave falta de liquidez. Debido a sus pugnas con la administración central iraquí, ésta le suspendió desde febrero pasado la entrega de sus correspondientes partidas presupuestales, estimadas en mil millones de dólares mensuales (13 mil millones de pesos).
El avance militar que los peshmergas realizaron en junio pasado permitió ampliar 40% el territorio bajo control del GRK. Pero dicha expansión conlleva un aumento proporcional de los gastos que debe asumir, como la guerra que sostiene contra el EI.

Ajedrez de sangre

En el escenario de un país desmembrado y en medio de una eventual lucha de desgaste, el gobierno de Irak lleva las de ganar, según Nat Kern, experto en petróleo iraquí de la consultoría Foreign Reports, citado por el análisis de Rudaw.
Explica que el gobierno de Bagdad “cuenta con 70 mil millones de dólares en reservas, controla su propia moneda, no tiene deuda, goza de reconocimiento casi universal, tiene pleno apoyo de Irán, posee fuerzas armadas que, a pesar de ser ineficaces, son numerosas”, y disfruta de abundantes recursos petroleros.
Además, la administración central se ha visto liberada de enormes gastos: desde febrero ahorra las partidas presupuestales que debía entregar al GRK, y ahora tampoco tendrá que entregar los recursos destinados a las provincias de Anbar, Nínive y Saladino, todas conquistadas por el EI. Rudaw estima que, en conjunto, estos montos corresponden a la cuarta parte del presupuesto del gobierno de Irak.
Por su parte, el EI ha obtenido un botín que lo ha convertido en el grupo terrorista más rico del mundo: unos 2 mil 300 millones de dólares en efectivo y bienes e ingresos por 30 millones de dólares mensuales. Sin embargo, ahora tiene que hacerse cargo de las tres provincias antes mencionadas, más la ciudad de Raqqa y otras poblaciones en Siria. El dinero con el que cuenta está muy lejos de ser suficiente para enfrentar el reto en el mediano plazo. Los yihadistas “pueden controlar la mitad del trigo de Irak, pero no van a poder cosecharlo”, anota el análisis de Rudaw.
En Kirkuk los habitantes creen que el referéndum tan largamente prometido ahora sí se realizará. Para decidir si se unen o no al Kurdistán deben tomar en cuenta que no sólo pasarían a formar parte de una entidad autónoma dentro de Irak, sino, tal vez, de un país independiente, pues el parlamento regional se apresta a discutir –y probablemente aprobar– otra consulta popular en la que se preguntará a la población si desea que el Kurdistán se separe definitivamente de Irak y se convierta en una nación independiente. Masud Barzani, presidente del GRK, ya solicitó dicha consulta de manera oficial, y se especula que ésta podría celebrarse antes de fin de año.
Los analistas perciben riesgos de llevarla a cabo: el de Netanyahu no es el apoyo internacional más codiciado en el mundo y nadie ha ofrecido otros. El aliado más cercano, Turquía, ya sugirió que no es la mejor idea, lo mismo que Estados Unidos, Irán y el resto de los poderes de Medio Oriente. Su temor es que, en este momento especialmente delicado por los conflictos militares, el resquebrajamiento de Irak provoque el de toda la región –incluyendo Siria, Líbano y Jordania–, además de desestabilizar las monarquías del Golfo Pérsico y soliviantar a los millones de kurdos que viven en Turquía e Irán. Esto convertiría al EI y su promulgación de un “magno califato” en un problema menor.