“En Gaza no hay futuro”

“Gaza es como un campo de concentración. Aquí se nace, se malvive y se espera la muerte. Entre ofensiva y ofensiva, nuestros jóvenes crecen llenos de odio y deseos de venganza”, opina un habitante de esa zona, castigada desde el martes 8 con todo el poder de fuego del Estado de Israel. El pretexto para los continuos ataques fue el asesinato de tres jóvenes israelíes a manos de militantes de Hamas. Pero especialistas opinan que la verdadera razón es el odio de Tel Aviv a un gobierno palestino de coalición entre Fatah y aquella organización.

JERUSALÉN.- Desde el martes 8 las calles de Gaza están silenciosas y desiertas. Las familias se han reunido en sus casas, salen apenas para comprar víveres, casi no duermen, esperan y rezan.

Desde los ancianos hasta los más pequeños, todos escuchan atemorizados el estruendo del lanzamiento de cohetes de las milicias palestinas cerca de sus casas y cuentan los minutos para la implacable respuesta de los cazas F-16 israelíes que sobrevuelan sin descanso la franja. En cuatro días los cráteres causados por los bombardeos se multiplican en esta región de 360 kilómetros cuadrados, y la mayoría de su millón 800 mil habitantes sólo siente hartazgo y miedo al saberse atrapada una vez más entre dos fuegos.

“Las calles son como un cementerio. No hay un alma. Nadie sabe dónde puede caer la próxima bomba y las noches son terribles”, explica a Proceso, vía telefónica, Salah el Sousi, profesor de farmacia en la Universidad de Gaza.

“Los bombardeos israelíes han destruido casas en las que había mujeres y niños. Ellos dicen que han asesinado a líderes de Hamas, pero por cada uno que eliminan, matan a cinco o seis civiles”, denuncia.

La operación militar israelí Margen Protector, lanzada la semana pasada contra Gaza en respuesta a los cohetes disparados por movimientos como Hamas o la Yihad Islámica, había cobrado hasta el viernes 11 la vida de 100 palestinos, la mayoría de ellos civiles, y había herido a otros 700.

La comunidad internacional no pone en entredicho el derecho de Israel a defenderse de los proyectiles lanzados desde la franja, pero las terribles imágenes de los niños palestinos muertos en brazos de sus padres y envueltos en sábanas empapadas en sangre dan la vuelta al mundo y generan dudas sobre la intensidad de la respuesta del gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu.

“Genocidio”

Para el presidente palestino, Mahmud Abás, esto es un “genocidio”. Para Netanyahu, necesaria defensa de la seguridad de Israel. La ofensiva se prevé larga e intensa y no se vislumbra hasta el momento ningún atisbo de alto el fuego.

La última gran ofensiva contra Gaza, en noviembre de 2012, se saldó con unos 170 palestinos muertos. Pero para sus habitantes, esta vez es diferente.

“¿Escuchas las bombas? Es así todo el tiempo y la gente está muy asustada. Esto puede ser peor que en 2012 porque esta vez los israelíes y Hamas están deseosos de mostrar su poderío. La comunidad internacional debe decir algo o intervenir de alguna manera”, pide, angustiado, George Anton, profesor de primaria.

La esperanza en las calles de Gaza es un bien escaso y la falta de libertad de movimiento llega a ser asfixiante. En días normales, entrar a la franja es casi imposible si no se es periodista, personal humanitario, diplomático o religioso; y salir de ella es impensable si no se tiene un pasaporte extranjero, una razón humanitaria de peso o el apoyo de alguna institución ­internacional.

Casi siempre los palestinos menores de 35 años ven cómo sus solicitudes para viajar son denegadas una y otra vez por Israel y es habitual encontrar en Gaza a jóvenes de entre 20 y 30 años que jamás han puesto un pie fuera de esta pequeña región y ni siquiera han podido conocer los territorios palestinos de Cisjordania. En el sur, la salida de Gaza hacia Egipto por tierra, controlada por El Cairo, también se cerró en 2013 tras el derrocamiento del gobierno de los Hermanos Musulmanes.

Y en tiempos de guerra, este sentimiento de aislamiento de la población de Gaza aumenta.

“La situación es catastrófica esta semana, pero lo es también desde hace varios años. En Gaza no hay futuro, no hay mañana. Falta electricidad, agua, combustible, trabajo… Muchos jóvenes nos preguntan por qué deben estudiar si después no tienen ninguna perspectiva”, explica a Proceso Adnan Abu Hasna, portavoz de la Oficina de la ONU para los refugiados palestinos en Oriente Próximo.

En este momento 80% de la población de Gaza depende de la ayuda internacional para vivir. Hamas, que no reconoce la existencia del Estado de Israel y cuyo brazo armado perpetró en el pasado sangrientos atentados, ganó las elecciones legislativas locales en 2006 y tomó las riendas de la franja un año después. Desde entonces el bloqueo de Israel sobre esta tierra se intensificó.

“Lo primero que Israel y el mundo tienen que entender es que Hamas no es sinónimo de Gaza, porque aquí hay gente muy diferente, y que Hamas forma parte del pueblo palestino y defiende derechos básicos, como el fin de la ocupación”, dice a Proceso Isra al-Modallah, portavoz de Hamas en Gaza.

Desde el inicio de esta operación, el ejército israelí ha bombardeado más de 850 objetivos desde el aire y el mar, según cifras oficiales. No ha habido hasta el momento incursión terrestre. Sus objetivos, en palabras del ministro de Defensa, Moshe Ya’alon, son arsenales, lanzaderas de cohetes, centros de operaciones e instituciones de Hamas, así como casas de “terroristas”. Desde la franja se han lanzado unos 500 cohetes de diferente alcance sin provocar víctimas.

“El ejército está preparado para cualquier escenario. La seguridad de los ciudadanos de Israel está por encima de todo. Y la operación se extenderá y continuará hasta que el fuego contra nuestras comunidades pare y la calma reine de nuevo”, dijo Netanyahu el miércoles 9.

Por su parte Abás denunció el miércoles 9, tras reunirse con su gobierno, que la ofensiva militar de Israel no es contra Hamas, “sino contra el pueblo palestino en su totalidad”.

Coalición odiada

Sin duda esta operación militar debilita además al ya de por sí frágil gobierno palestino de unión entre Hamas y Fatah –al cual pertenece Abás–, formado en junio y cuyo margen de maniobra en este contexto es muy reducido.

Israel culpó a Hamas del secuestro y asesinato de tres jóvenes israelíes cerca de Hebrón y por extensión señaló a Abás como responsable indirecto, pues ha decidido gobernar con el movimiento islamista.

Este crimen no ha sido reivindicado hasta ahora, pero fue el detonante de una impresionante ofensiva contra Hamas, primero en Cisjordania y desde la semana pasada en Gaza.

“La razón verdadera de la ofensiva que sufrimos en Gaza es el gobierno de unión nacional. Lo más triste es que Abás, por la imagen que Israel ha propagado de él, es visto como un traidor por los palestinos, como alguien que no ha sabido defender a su pueblo”, lamenta Riad Ali el Aila, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Gaza.

En este momento un debilitado Abás sólo tiene 10% de la aprobación de los palestinos, según una encuesta publicada en junio por el diario israelí Haaretz.

Otro sondeo de un centro de estudios palestinos de Ramala realizado en junio en Cisjordania y Gaza concluyó que si las elecciones presidenciales se celebraran ahora, Abás ganaría frente Ismail Haniyeh, líder de Hamas en Gaza. Pero ambos perderían rotundamente ante un tercer candidato: Marwan Barghoutti, el político palestino más popular, miembro también de Fatah y preso en una cárcel israelí desde 2002, donde cumple cadena perpetua por considerársele instigador de cinco ­asesinatos.

El miedo y el hartazgo también se respiran al otro lado de la frontera con Gaza; ciudades israelíes como Asdod, Ascalón o Sederot, vecinas de la franja, viven bajo la amenaza de los cohetes de las milicias palestinas.

“No es posible acostumbrarse a algo tan peligroso. Pero tenemos ya incorporadas a nuestras vidas ciertas rutinas. Yo tengo un refugio en mi casa y sé que tenemos 45 segundos para entrar en él una vez que suenan las sirenas. Cuando manejo, lo hago con las ventanillas bajadas para escuchar lo que pasa fuera, y si oigo la sirena dejo todo y corro hacia algún edificio para protegerme”, explica a Proceso Moshe Dror, argentino quien reside desde hace 50 años en Asdod.

Esta ciudad israelí de 250 mil habitantes está a 40 kilómetros de Gaza y desde el inicio de la ofensiva ha recibido más de 30 cohetes. En estos días la vida de familias como la de Dror gira en torno al temido sonido de las sirenas.

“Hemos vivido momentos así en el pasado, pero ahora es diferente: los cohetes son más potentes que hace dos o cinco años. Es mucho más peligroso y además alcanzan todo el país. No hay lugar seguro en Israel”, explica Dror.

Las autoridades israelíes también han manifestado su sorpresa ante el alcance de los cohetes lanzados por las milicias palestinas, los cuales por primera vez han caído en lugares situados a 140 kilómetros de la franja.

Según el ejército israelí, 80% de la población está actualmente expuesta a estos cohetes, aunque el sistema antimisiles israelí Cúpula de Hierro es capaz de ­interceptarlos.

“Por tierra o por mar, ningún rincón de su tierra estará en paz”, amenazó el miércoles 9 un portavoz del brazo armado de Hamas, las brigadas Ezzedin Al Qassam.

Esta nueva espiral de violencia tiene una única solución para la mayoría de israelíes y palestinos: la paz.

“Si ganamos o si perdemos esta guerra, todo volverá a repetirse dentro de un año o dos. La única forma de terminar con esto es entender que hay dos pueblos que tienen que vivir en dos Estados”, afirma Dror.

“Gaza es como un campo de concentración. Aquí se nace, se malvive y se espera la muerte. Entre ofensiva y ofensiva, nuestros jóvenes crecen llenos de odio y deseos de venganza. El problema palestino-israelí hay que resolverlo en la ONU, como se resolvió la creación del Estado de Israel. Si no, todo será una pérdida de tiempo y de vidas humanas”, corrobora El Sousi desde Gaza.