Salarios de hambre

En México todos los caminos conducen a la pobreza. En sólo nueve años los sueldos perdieron una tercera parte del poder adquisitivo, el salario mínimo no compra ni una tercera parte de la canasta básica, hay 61 millones de mexicanos pobres, 2.5 millones de desempleados y el sector productivo está petrificado: de 1991 hasta 2009 sólo creció 2.1%. “Las condiciones sociales ya no dan demasiado margen”, alertan economistas.

En medio de una economía deprimida –que no logra crecer por sí misma, está sujeta a los resultados de las reformas estructurales y depende del comportamiento de Estados Unidos–, la mayoría de las familias mexicanas ve escapar la posibilidad de tener una vida decorosa.

Conforme pasa el tiempo y el discurso oficial promete más y más beneficios merced a las reformas, los trabajadores dejan de tener la capacidad de comprar una canasta básica, según detectó el Índice de la Tendencia Laboral de la Pobreza (ITLP), elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

Este indicador trimestral revela la proporción de personas que no pueden adquirir la canasta alimentaria con el ingreso de su trabajo. Al término de los primeros tres meses del año la cantidad de personas en esa situación aumentó.

De acuerdo con el Coneval, en el primer trimestre de 2014 –lapso en que la economía apenas creció 1.8%– el ITLP tuvo un incremento anualizado de 3.5%. Aún más: entre 2005 y 2014 el ingreso laboral per cápita perdió 32.7% de poder de compra.

Otro parámetro: si el salario mínimo de 67.29 pesos diarios (en las principales ciudades del país) no alcanza para una canasta básica diaria que cuesta alrededor de 150 pesos, mucho menos logra costear la “canasta básica amplia”, que incluye transporte público, limpieza y cuidados de la casa, cuidados personales, educación, prendas de vestir, cuidados a la salud y artículos de esparcimiento. Para conseguir esto hay que ganar más de cinco salarios mínimos.

El problema es que, tan sólo en el Distrito Federal, únicamente 10.5% de la población ocupada gana más de cinco salarios mínimos; mientras que 22.5% tiene ingresos de uno y hasta dos salarios mínimos, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Inegi.

Vivir de nada

El salario mínimo real por hora en México es de apenas 0.6 dólares por hora, cuando en países como Chile es de 2.3 dólares; en Turquía, de 2.8; en Estados Unidos, de 7.1; en Irlanda llega a 11.4, y en Australia es de 15.2 dólares por hora, país que tiene los salarios más elevados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. México ocupa el lugar 26 entre las 34 naciones que integran dicha agrupación.

“Tanto el gobierno como los trabajadores y el sector patronal deben poner el tema sobre la mesa. Es importante que el debate esté presente porque es claro que el mercado interno y las condiciones sociales ya no dan demasiado margen”, alerta José Luis de la Cruz, profesor del Tec de Monterrey y exdirector el Centro de Investigación en Economía y Negocios.

El doctor en administración por el ITESM y maestro en economía por el Colegio de México señala en entrevista que el problema de los salarios y su bajo poder adquisitivo es un círculo vicioso: “Si esa precarización sigue avanzando, la pobreza por ingresos va a seguir incrementándose y esto va a exigir mayores cantidades de gasto público canalizadas a desarrollo social, que no van a resolver el problema porque es una cuestión de salarios. Van a mellarse las finanzas públicas y entonces la espiral de pobreza seguirá avanzando”.

De acuerdo con cifras del Inegi, en 2012 había 61.3 millones de mexicanos dentro de la “pobreza por patrimonio”, definida por ese instituto como la “insuficiencia del ingreso disponible para adquirir la canasta alimentaria, así como realizar los gastos necesarios en salud, vestido, vivienda, transporte y educación, aunque la totalidad del ingreso del hogar fuera utilizado exclusivamente para la adquisición de estos bienes y servicios”.

De la Cruz, autor de México: Crisis social de un modelo económico, resume la situación de la siguiente manera: “Al inicio del sexenio de Felipe Calderón la cifra de pobres era de 45 millones. Hubo un crecimiento de 15 millones en su sexenio, justamente por la precarización laboral. En ese sentido, cuando revisamos este ITLP que publica Coneval, lo que podemos ver entre 2013 y el primer trimestre de 2014 es que sigue avanzando la precarización”.

El gobierno de Enrique Peña Nieto presume la creación de empleos, pero lo cierto es que la mayoría de esos puestos de trabajo implican bajos sueldos.

A esto se le suma que la paga mínima no está cumpliendo lo que ordena la Constitución en su artículo 123: “Los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”.

Esa precaria situación, sin embargo, es envidiada por millones de mexicanos: actualmente hay 2.5 millones de personas desempleadas y alrededor de 4 millones en la subocupación, que es aquella condición en que la población está dispuesta a trabajar horas extra. Además, seis de cada 10 trabajadores laboran en la informalidad.

Jonathan Heath, doctor y maestro en Economía por la Universidad de Pensilvania, alertó que “en los últimos siete años hay signos negativos en los salarios de tres salarios mínimos o mayores. Sumado a eso, la mayor parte de los empleos que se han creado pagan entre uno y dos salarios”.

Durante su participación en el foro Recesión económica y salario mínimo, organizado en junio pasado por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, el consultor y también académico de la UAM Azcapotzalco recordó que la débil capacidad adquisitiva del salario termina afectando el mercado interno:

“Ésa es la parte más preocupante de todas. Estamos viendo que las exportaciones no petroleras están empezando a crecer y en teoría deberían jalar al resto de la economía, pero el consumo de los hogares está más débil que en cualquier otro momento y no vemos que la inversión privada empiece a cambiar.”

En efecto, el Indicador Mensual del Consumo Privado en el Mercado Interior (IMCPMI, el cual mide la evolución del gasto realizado por los hogares en bienes y servicios de consumo, tanto de origen nacional como importado) arroja que en el primer trimestre del año el consumo apenas creció 1.6%. Ese resultado es ligeramente menor al registrado en el mismo periodo de 2013, cuando ascendió 1.8%.

Las tasas actuales, empero, no se comparan con el consumo que realizaron las familias después de la crisis de 2009, cuando el IMCPMI se expandió a tasas superiores a 4% durante los primeros tres meses de 2010.

Heath explicó que “realmente una familia que tiene un salario mínimo o menos, la mayor parte de su ingreso se va a la parte de alimentos, y el precio de la comida está muy por arriba de la tasa de inflación”.

José Luis de la Cruz, quien entre 2001 y 2004 fue subdirector de Estudios Financieros y subdirector de Análisis Macroeconómico en la Secretaría de Hacienda, lo pone de la siguiente manera: “Se dejó de ver al empleo en general y a los salarios como el mecanismo que permite generar estabilidad social. El sueldo es el elemento financiero para lograr la movilidad social”.

En conversación con este semanario asienta que cuando los salarios empezaron a perder su poder adquisitivo cuando se volvieron un mecanismo de ajuste a la inflación, en los años ochenta. Paralelamente, puntualiza, se dejó de ver el salario como el mecanismo de distribución de la riqueza: “No es el gasto de gobierno ni el gasto social el que debe distribuir la riqueza. Es en realidad el ingreso que las personas obtienen de su trabajo, una remuneración les deber permitir vivir bien independientemente de los apoyos que reciban”.

Producción atascada

El documento Hacerlo mejor: Índice de Productividad México, elaborado por el Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC), detectó que al sumar las tasas de productividad desde 1991 hasta 2009 sólo se alcanzó un crecimiento de 2.1%. En cambio, países como Corea del Sur ampliaron 82% su capacidad productiva en dicho periodo.

“Esto se debe a que, a diferencia de México, estos países crearon un ambiente propicio para el desarrollo de la productividad”, señala el reporte.

El CIDAC enumera que dichas naciones priorizaron la estabilidad macroeconómica, la mejora en indicadores educativos, el avance tecnológico y la capacitación y cultura del trabajo, cosas que en México se olvidaron.

El análisis remata: “Estas bajas tasas de crecimiento de la productividad se traducen en que hoy se necesiten cinco mexicanos para producir lo mismo que un irlandés. De igual manera, un australiano puede producir lo mismo que cuatro mexicanos, y tres mexicanos producen la misma cantidad que un español, en el mismo tiempo”.

José Luis de la Cruz advierte que si bien se pudo haber utilizado la contención de salarios como medida contingente para que las empresas no subieran precios y se desatara la inflación, en realidad lo que tuvo que haberse garantizado en el mediano y largo plazo es que la economía elevara su productividad.

“Es decir, que se pudieran generar más riqueza, productos, servicios, no sólo con costos laborales bajos, sino haciendo más eficientes y eficaces los procesos productivos, contando con mejor infraestructura; que las empresas tuvieran acceso a mejor tecnología, evidentemente mayor seguridad y mejorar las condiciones logísticas.”

Propuestas mínimas

En las próximas semanas, el Gobierno del Distrito Federal llevará a la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago) la propuesta de incrementar el salario mínimo, de los 67. 23 pesos actuales a un nivel que roce los 171 pesos.

Salomón Chertorivski, secretario de Desarrollo Económico del Distrito Federal, señaló en el foro Recesión económica y salario mínimo, que la propuesta capitalina será discutida por expertos economistas y juristas con la asesoría de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y la Organización Internacional del Trabajo.

“De entrada se está proponiendo escuchar todas las voces y los puntos de vista; hacer partícipes a todos los actores, desde la Comisión Nacional de Salarios Mínimos hasta el secretario de Trabajo”, dijo Chertorivsky.

Para José Luis de la Cruz, que también es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), una propuesta de este tipo implicaría un análisis muy profundo sobre las condiciones de las empresas, cómo está cada sector productivo y la condición social de la población.

En cambio, para Gerardo Esquivel, doctor en Economía de la Universidad de Harvard, se necesitaría crear la figura de “un salario base”, que esté desvinculada de los “salarios mínimos”. El esquema actual sólo sirve como unidad de medida para multas o contribuciones a la seguridad social.  Lo que Esquivel propone es desvincular el salario de posibles efectos inflacionarios.