Por conducto de la mirada inocente de la púber Ladydi, Jennifer Clement retrata en tono de novela la pavorosa realidad de las comunidades más pobres de México, donde a la falta de expectativas se une el miedo constante al crimen organizado, verdadero rey de esas tierras. En su novela, la escritora estadunidense hace evidente el poder corruptor del narcotráfico, capaz de deshacer familias, lealtades y amistades. Adelantamos fragmentos de los capítulos 8 y 9 de Ladydi (Prayers for the Stolen, 2014, Penguin Random House Grupo Editorial).
Corre y escóndete en el hoyo.
¿Qué dijiste, mamá?
Corre y escóndete en el hoyo. Ahora mismo. Calla.
¿Qué?
Calla. Calla.
Mi madre estaba afuera cuando vio una camioneta color marrón a lo lejos. Más que verla propiamente, la oyó. Hubo un silencio en la selva conforme los insectos y los pájaros se acallaron.
Rápido, dijo, corre. Corre.
Salí corriendo por la puerta hacia el pequeño claro a un lado de la casa y bajo una pequeña palmera.
El hoyo estaba cubierto con hojas de palmera secas. Hice a un lado las hojas con forma de abanico y me metí arrastrando. Desde dentro, alcancé las hojas y las coloqué otra vez sobre la apertura.
El hoyo era demasiado pequeño. Mi padre lo había cavado cuando yo tenía seis años. Tuve que ponerme de costado con las rodillas pegadas al pecho, como los esqueletos hallados en tumbas antiguas que había visto por televisión. Podía ver huecos de luz que asomaba entre el techo de hojas.
Oí el ruido de un vehículo que se acercaba.
La tierra alrededor de mí tembló cuando la camioneta llegó a nuestra casita y se detuvo en el pequeño claro, justo arriba del hoyo y arriba de mí.
Mi reducido espacio se oscureció, acostada yo a la sombra del vehículo. Entre las hojas pude ver la parte de abajo de la camioneta, una red de tubos y metal.
Arriba de mí el motor se apagó. Pude oír el sonido del freno de mano cuando jalaron la palanca. Se abrió la puerta del lado del conductor.
Una bota vaquera café de tacón alto pero cuadrado y masculino bajó del auto.
Esas botas no eran propias de esta tierra. Nadie usaba botas así en este calor.
De pie, con la puerta del coche abierta, miraba en dirección a mi madre. Desde el hoyo yo sólo alcanzaba a ver las botas de él y las chancletas rojas de plástico de ella, frente a frente.
Buenos días, madre, dijo él.
La voz del hombre no era propia de esta tierra. Las botas y su voz eran del norte de México.
¿Siempre hace tanto calor por acá?, preguntó. ¿Como a cuánto estaremos?
Mi madre no respondió.
Ay, madre, baje esa pistola.
Se abrió la otra puerta del coche.
No pude voltearme en el hoyo para tratar de ver, así que sólo escuché.
Del lado del pasajero de la camioneta bajó otro hombre.
¿Me la desaparezco a balazos?, preguntó el segundo hombre. Tosió y resolló después de hablar. Tenía una voz asmática del desierto, una voz de serpientes de cascabel y tolvaneras.
¿Dónde anda su hija, eh?, preguntó el primer hombre.
No tengo ninguna hija.
Ay, claro que sí. No me mienta, madre.
Oí un balazo que dio en la camioneta.
El vehículo tembló arriba de mí.
Oí tronar el ra-ta-ta de una ráfaga de ametralladora junto con el silbido de las balas destrozando las paredes de ladrillo de nuestra casa.
Luego cesó. La selva se hinchó y se contrajo. Insectos, reptiles y pájaros se callaron y nada se frotaba con nada. El cielo se oscureció. La ametralladora había desfondado la montaña.
Éramos su mejor esperanza, madre, dijo el primer hombre.
Ya dejé el lugar bien marcado, ¿qué no?, oí decir al segundo hombre con un agudo resuello que se volvió chiflido.
Los dos hombres se volvieron a subir al automóvil y cerraron las puertas de golpe. El conductor giró la llave y arrancó el motor. Cuando puso su bota en el acelerador arriba de mí, el hoyo se llenó del humo del escape del vehículo. Abrí la boca y aspiré los gases nocivos.
El coche se echó en reversa y se alejó por el camino.
Respiré profundo.
Inhalé el veneno como si fuera el aroma de una flor o una fruta.
Mi madre me hizo permanecer en ese hoyo dos horas más.
Tú no sales de ahí hasta que oiga cantar a un pájaro, dijo.
Ya casi estaba oscuro cuando quitó las hojas del hoyo y me ayudó a salir. Nuestra casita estaba rociada con docenas de balazos. Hasta el papayo tenía heridas de bala y la dulce savia manaba de los agujeros en la corteza suave.
Mira nada más, dijo mi madre.
Volteé. Estaba señalando el hoyo con el dedo.
Me asomé y vi cuatro alacranes albinos. Los más mortíferos.
Esos alacranes te tuvieron más compasión de la que te va a tener ningún ser humano, dijo mi madre.
(…) Al día siguiente, subiendo la montaña al claro donde los celulares a veces funcionaban, nos enteramos de que esos hombres habían conseguido robarse a Paula.
(…) Mi madre se sentó junto a Concha.
Primero fueron a nuestra casa, dijo mi madre.
Concha levantó la cara y me miró. ¿Te metiste en tu hoyo?, preguntó.
Sí. Estuve en el hoyo.
Paula no alcanzó a llegar. Los perros no ladraron. No los oímos venir. Los perros no ladraron.
Esclava-amante
(…) Esa tarde me enteré de lo que le había pasado a Paula.
Yo iba por el camino de la escuela cuando me la topé. Estaba sentada debajo de un árbol, en el suelo, cosa que nunca hacíamos. En nuestra montaña siempre colocábamos algo entre nuestra piel y la tierra.
Traía un vestido largo que la cubría como una tienda de campaña. Yo sabía que los insectos se le estaban subiendo por las piernas desnudas bajo la tela.
(…) Caminé lentamente hacia ella, como había aprendido a caminar cuando quería atrapar una pequeña culebra rayada o una iguana bebé. Al acercarme, mi cuerpo se interpuso entre su cuerpo y el sol y la cubrí con el eclipse de mi sombra.
Levantó la vista y me senté junto a ella en la tierra. Sabía que al minuto iba a estarme sacudiendo hormigas negras y rojas de la piel. El vestido de Paula estaba cubierto de hormigas negras pululando por todos lados. Algunas ya habían migrado subiendo por su ropa, y andaban alrededor de su cuello y detrás de sus orejas. Ella no se las quitaba.
(…) ¿Sabes quién soy?, pregunté.
Uy, sí, claro. Eres Ladydi.
Le sacudí algunas hormigas de las piernas y los brazos. Levántate, dije. Las hormigas te van a comer viva si te quedas ahí sentada.
¿Las hormigas?
¿Tu mamá sabe dónde estás?
La tomé de las muñecas y la ayudé a levantarse. Te llevo a tu casa, dije.
Déjame estar contigo otro ratito. Me caes bien, dijo Paula. Eres linda conmigo.
La tomé de la mano y caminé con ella hacia un tronco a unos cuantos pasos.
No podemos sentarnos en el suelo, dije.
Nos sentamos una al lado de la otra, mirando hacia delante como si fuéramos en un autobús por una carretera. Puse su mano en la mía y miré las marcas de quemaduras de cigarro en la piel delgada de la parte interna de su brazo.
He visto tigres y leones, dijo. De a de veras. No era un zoológico.
Cuéntame.
En ese lugar tenían un garaje para los coches y otro garaje para los animales.
Me puedes contar.
Paula describió el rancho. Era en el norte de México, en el estado de Tamaulipas, justo en la frontera con Estados Unidos. Un importante narcotraficante, apodado el McClane en honor al personaje de Bruce Willis en la película Duro de matar, vivía con su esposa y sus cuatro hijos. El McClane había sido policía.
Yo era su esclava-amante, dijo Paula.
¿Esclava-amante?
Sí. Así nos decíamos. Todas.
En una punta del rancho había un garaje que albergaba los autos del McClane, que incluían cuatro BMW, dos Jaguar y varias pickups y camionetas. Junto al garaje había unos cuartos de cemento que alojaban a un león y tres tigres. Los cuidadores le contaron a Paula que los animales habían sido comprados a zoológicos en Estados Unidos. La propiedad también tenía su propio cementerio, pequeño, con cuatro grandes mausoleos del tamaño de casas chicas. Cada mausoleo incluso tenía baño.
No era un zoológico. Todos los días el excremento de león y de tigre se recogía y se empaquetaba en los cargamentos de droga que iban a Estados Unidos. Esta estrategia evitaba que los perros que detectan drogas en la frontera se acercaran a los cargamentos.
El trabajo de Paula en el rancho consistía en acostarse con el McClane de vez en cuando y ayudar a empacar las drogas con excremento de león y de tigre o embarrar una delgada capa del excremento por fuera de los paquetes de plástico.
Alguien me dijo que les daban de comer carne humana, dijo Paula.
Mientras estuvimos sentadas en el tronco tomadas de la mano el cielo se empezó a oscurecer. En el crepúsculo, pequeñas nubes de mosquitos nos empezaron a rodear, pero como Paula seguía hablando me quedé ahí sentada y dejé que me picaran. Ella parecía no advertir la presencia de insectos reptando sobre su piel ni picándola.
No hace falta que te diga que en el camino fui una botella de plástico con agua, ¿verdad?, dijo Paula. Fui una cosa que cualquiera podía agarrar y darle un trago.
Meneé la cabeza. No, no.
Esos tipos que me robaron eran de Matamoros. Me llevaron al norte a una fiesta. Era el cumpleaños de la hija del McClane. Cumplía quince.
Para la fiesta rentaron un circo entero. Montaron varias carpas grandes en un terreno a un lado de la casa del rancho. Un hombre andaba regalando nubes de algodón de azúcar rosa en palitos de madera. Había una banda y una gran pista de baile.
Paula fue llevada a una de las carpas que se habían montado muy lejos de la fiesta. Apenas alcanzaba a oír a la banda. Dentro de la carpa había unos cuantos hombres y más de treinta mujeres. Había hileras de sillas de plástico de un lado de la carpa. En medio del espacio abierto había una mesa con cocas, cervezas, vasos de plástico y platos de papel con alteros de cacahuates cubiertos de chile rojo en polvo. Las mujeres en la carpa habían sido robadas. Los narcotraficantes, que habían matado a los perros de la mamá de Paula y se la habían robado a ella desnuda y envuelta en una toalla blanca, ahora la iban a vender.
El McClane estaba en la carpa. Miró a las mujeres y les pidió que sonrieran. Quería verles los dientes. Pero a Paula no le revisó la boca.
El McClane escogió a Paula. Escogió a la chica más hermosa de México. Ella hubiera podido ser una leyenda. Su rostro debió haber estado en las portadas de revistas. Tendrían que haberle compuesto canciones de amor.
En el tronco a mi lado, Paula seguía viendo hacia el frente mientras hablaba. Cuando parecía haberse cansado, continuó su relato sólo como una mezcla de impresiones.
No necesitas saber cómo salía el sol ni cómo se ponía, dijo. No necesitas saber lo que yo comía ni dónde dormía. Necesitas saber que el McClane tenía más de doscientos pares de botas. Estaban hechas de toda clase de animales y reptiles que había en el arca de Noé. Tenía un par hecho de penes de burro. Otro par que le gustaba ponerse los domingos. Eran color amarillo pálido y todos decían que estaban hechas de piel humana.
(…) ¿Cuánto costaste?
Uy, fui un regalo.
¿Por qué tienes esas quemaduras de cigarro en el brazo?
Uy, pero todas las tenemos, Ladydi. Miró la parte interna de su brazo, estirándolo al frente como si me estuviera mostrando la página de un libro.
Si fuiste robada, te quemas la parte de adentro del brazo izquierdo con cigarros.








