Otra vez el MUAC

Desde su inauguración en noviembre de 2008 (Proceso 1677, 1678, 1679), el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) ha reflejado el deterioro   que tiene la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el contexto de su investigación y servicios relacionados con las artes visuales contemporáneas.

Ubicado en el importante emplazamiento cultural que tiene la universidad en sus instalaciones al sur de la Ciudad de México, el MUAC, dirigido desde su fundación y apertura por Graciela de la Torre –exalumna de la universidad privada Iberoamericana–, se ha caracterizado por un descarado y ofensivo elitismo que no corresponde a la vocación y misión de una universidad pública financiada a través de contribuciones ciudadanas. Notorio y vergonzoso por ser el único museo vinculado con la Secretaría de Educación Pública que, en la Ciudad capital, no cuenta con un día gratuito para los visitantes, el MUAC evidencia actualmente, a través de la exposición Desafío a la estabilidad. Procesos artísticos en México 1952-1967, no sólo el deterioro sino también la ineficiencia de las actividades académicas que realiza el Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) en relación con el arte contemporáneo mexicano.

Producto de un seminario iniciado en 2011 bajo la coordinación de la exdirectora de esa institución, Rita Eder, con la participación de investigadores y estudiantes del posgrado en historia del arte, la exposición curada por ella misma, Angélica García, Pilar García, Cristóbal Jácome, Israel Rodríguez y Álvaro Vázquez no aporta ni interpretaciones ni hallazgos innovadores sobre el periodo elegido. Descriptiva, conservadora, arbitraria y exageradamente excluyente, la muestra devela una mediocre interpretación académica que no logra rebasar el mito de la confrontación contracultural.

Confusa en su desplazamiento museográfico y carente de aproximaciones analíticas que permitan ubicar la relación entre la ideología internacionalista del Estado y las particularidades de las diferentes propuestas artísticas, la exposición confirma la tribalidad oficialista que, desde entonces, sustenta la construcción, legitimación y definición del arte contemporáneo mexicano.

Acrítica en lo que respecta a las influencias europeas y estadunidenses que se perciben en los ensamblados de Manuel Felguérez y Alberto Gironella, respectivamente, indiferente ante la importancia de movimientos contraculturales como Nueva Presencia, silenciosa en lo que respecta a firmas tan relevantes como Vlady y Arnold Belkin, carente de importantes autorías como Francisco Icaza, y desinteresada frente el protagonismo crítico de Raquel Tibol y el apoyo legitimatorio de funcionarios como Horacio Flores Sánchez –primer coleccionista de José Luis Cuevas y Jefe de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes de 1961 a 1964–, la exposición coordinada por Eder comprueba que en la UNAM el discurso no corresponde con las actividades que se realizan.

Diseñada con base en la intención de asentar un punto de vista que difiera de las narrativas que han abordado el periodo 1952-1967, la exposición reproduce los discursos modernistas, oficialistas y mercadológico-contraculturales característicos de José Luis Cuevas. Abundante en obras de Vicente Rojo, Mathias Goeritz y Pedro Friedeberg, la muestra evidencia la mediocridad académico-priísta que caracteriza actualmente a la UNAM. De acceso incómodo por el cierre de instalaciones que ocasionan las vacaciones universitarias, la muestra podrá visitarse gratuitamente del lunes 7 al domingo 27.