La mariguana se envía por ferrocarril de Culiacán a Cananea y de ahí a Nogales; también hay aeronaves para trasegar droga hacia Agua Prieta y Nogales. Desde Ecuador hay otra ruta para el paso de estupefacientes a Jalisco y de allí a Mazatlán… Así lo expuso Carlos Manuel Hoo Ramírez –el “secretario particular” de Joaquín El Chapo Guzmán– al Ministerio Público que lo interrogó. Este relato sobre el modus operandi del Cártel de Sinaloa es “razonablemente verosímil”, afirma el periodista José Reveles en su libro El Chapo. Entrega y traición, que comenzará a circular esta semana bajo el sello Random House Mondadori en su colección Debolsillo. Con la autorización del autor, aquí se adelantan partes sustanciales del volumen, que incluye las declaraciones ministeriales del “agricultor” Guzmán Loera.
“Secretario particular” de Joaquín Archivaldo Guzmán Loera. Así se identificó y se autonombró Carlos Manuel Hoo Ramírez ante el agente del Ministerio Público en la averiguación previa AP/PGR/SEIDO/UEIDCS/069/2014. Ni siquiera era el experto en comunicaciones del jefe traficante, como se había dicho en un principio. Reveló mucho más detalles que El Chapo Guzmán, quien se mostró sobrio e introvertido, sin salirse del guión por él prestablecido ese domingo 23 de febrero (de 2014) en los juzgados del penal del Altiplano, en Almoloya, Estado de México.
Uno y otro declararon el mismo día. Contra la verborrea cuasi delatora de su guardaespaldas Hoo Ramírez, Joaquín El Chapo Guzmán mostró un talante moderado, reservándose toda la información que hipotéticamente podría ser inconveniente o que pudiera revertirse contra él.
Con el guión que pudo preparar durante los más de 13 años que permaneció prófugo de la justicia, El Chapo aseguró, en su primera declaración al Ministerio Público, que era un simple agricultor (la misma mentira que esgrimió cuando fue detenido en 2003 en la frontera entre Guatemala y México) y que sus ingresos eran de 20 mil pesos mensuales.
Con tal de ganar tiempo para su defensa –eran las 20:10 horas del 23 de febrero (de 2014) y esa misma noche había nombrado como abogado a Óscar Manuel Gómez Núñez–, El Chapo cometió un nuevo delito: falsedad en declaraciones.
Pese a que fue capturado, según la información oficial, junto a su joven esposa Emma Coronel Aispuro, El Chapo le dijo al Ministerio Público que estaba casado con Alejandrina Salazar (en realidad una de sus exesposas) y que tenía cuatro hijos con ella: César, 33 años; (Alejandrina) Giselle, 31; Iván (Archivaldo), 28, y (Jesús) Alfredo, 27. (Eludió mencionar a otros siete vástagos, incluidas las mellizas Guzmán Coronel.)
El periódico Excélsior publicó las siete respuestas a otras tantas preguntas que le hizo la autoridad ministerial a Joaquín Archivaldo Guzmán Loera.
(…) El capo informó ser hijo de Emilio Guzmán Bustillos y Consuelo Loera Pérez. Nombró a sus tres hermanos Emilio, Miguel Ángel y Aureliano (pero no así a varias de sus hermanas).
Guzmán aseguró haber terminado la primaria, que es agricultor y productor de maíz, sorgo, frijol y cártamo, pero “que no pertenece ni tiene ningún cártel”. Admitió que ingiere bebidas alcohólicas, aunque de manera esporádica, y “que no fuma, no consume drogas ni tiene tatuajes”.
El capo de la droga más famoso del mundo afirmó que no recordaba su número del teléfono celular y negó tener una cuenta de correo electrónico. Aunque reconoció que estuvo preso en el mismo penal donde era interrogado esa tarde (La Palma o El Altiplano, de donde después fue transferido a Puente Grande, Jalisco), solamente mencionó que por los delitos de asociación delictuosa y cohecho.
No presentó queja alguna por lesiones sufridas durante su captura y aceptó que recibió un buen trato y que fueron respetados sus derechos humanos. A la pregunta: “Que diga el declarante si conoce a alguna persona de la delincuencia organizada”, el capo respondió: “No conozco a ninguna persona de la delincuencia organizada”.
Este sencillo y hasta banal interrogatorio me recordó la primera declaración tomada a Mario Aburto Martínez en Tijuana, capturado como presunto autor material del asesinato de Luis Donaldo Colosio el 23 de marzo de 1994…
En la misma averiguación de la PGR en la que Guzmán Loera decía tener ingresos por 20 mil pesos mensuales como agricultor, su secretario Hoo Ramírez detallaba la nómina quincenal de 1.8 millones de pesos que le había encargado distribuir su jefe. A sus exmujeres les entregaba 20 mil y 30 mil pesos cada 15 días, pero también había dinero para su mamá, doña Consuelo Loera, y para sus hermanos y otros familiares, hasta sumar esa cantidad millonaria. “Yo recibía pagos de 14 mil pesos a la quincena, aunque de aguinaldo mi jefe me dio 10 mil dólares”.
Quién sabe cuánto tiempo vivirá para contarlo, pero Carlos Manuel Hoo Ramírez dio detalles sobre el modus operandi del Cártel de Sinaloa, que son razonablemente verosímiles si se atiende a los antecedentes conocidos por los analistas del tráfico de drogas en México y a lo que algunos periodistas hemos publicado: la mariguana se envía por ferrocarril desde Culiacán hasta Cananea y luego a Nogales, en Sonora. De allí se hace pasar a Nogales, Arizona, por medio de “mulas”, así llamadas las personas que cargan la droga para cruzar la frontera…
(…) Hoo detalló que las armas llegan a Culiacán y allí se comercian; las bazucas provienen de Colombia; la cocaína se compra en Guayaquil, Ecuador (después de varios golpes que los gobiernos de Colombia y Estados Unidos asestaron al Cártel de Sinaloa); los aviones primero bajan en Chiapas, recargan combustible y van hacia Culiacán. Hay aeronaves para trasegar droga hacia Agua Prieta y Nogales. Desde Ecuador hay otra ruta a Jalisco y de allí a Mazatlán.
(…) Aunque de refilón Hoo Ramírez menciona a los Salazar como amigos del Chapo, en realidad está hablando de Adán Salazar Zamorano (ahora preso), quien era encargado del tráfico de drogas a través de Sonora. Esta ruta, quizás la más productiva para el comercio ilegal de estupefacientes hacia la Unión Americana, quiso ser controlada por los Beltrán Leyva, por lo cual derivaron asesinatos, entregas y delaciones que provocaron una de las más sangrientas rupturas del Cártel de Sinaloa.
Así aludía a esa pugna quien esto escribe, a principios de 2010:
Hacia 2005 y 2006 ya eran cientos, quizás miles, los traficantes reclutados y formados por Adán Salazar, a los que les ganó la ambición. Adiestrados en el trasiego de las cargas, conocedores de las rutas y de los puntos de cruce y relacionados con los compradores de Arizona, les resultaba fácil declarar la guerra a su jefe, más cuando eran alentados por los Beltrán Leyva y acicateados por la idea de hacer el negocio por su cuenta, sin tener que rendir pleitesía ni pedir permiso al viejo Adán. Esta tránsfuga de traficantes fue un goteo incesante, una labor de hormiga. Precisamente eso significa Mochomo (como se apodaba a Alfredo Beltrán Leyva): una hormiga de las prietas, no de las rojas.
La “inteligencia” previa
El 19 de enero de 2014, justo en el decimotercer aniversario de la evasión del Chapo del penal de Puente Grande, se filtraron datos de un informe actualizado sobre el capo en el que se aportaban datos de sus escondites y de sus “siete matrimonios”, así como de los hijos producto de esas uniones.
Los tres “talones de Aquiles” del capo, según el análisis de los servicios de inteligencia mexicanos, habrían sido su debilidad por las mujeres, su gusto por las comodidades y el maltrato a sus operadores de base.
Faltaban 34 días para que cayera en manos de la Marina mexicana y de sus asesores de la DEA. Con gran oportunidad, el diario Reforma tuvo acceso a un documento oficial que dibuja el perfil del narcotraficante y habla de los esfuerzos para recapturarlo, “desde rastrear a sus familias, socios, amigos y mandos que lo protegen”, hasta obtener datos biográficos de 22 familiares, 21 colaboradores y 27 personajes “que le dan protección institucional”. Se analizaba a siete parejas sentimentales del Chapo y a sus respectivos hijos (podrían ser varios más de los 11 conocidos).
Inteligencia federal posee además bancos de voces, bases de datos con información de tiendas departamentales y empresas de televisión e internet satelital (a través de las cuales localizar al traficante), además de haber comisionado a un grupo aeromóvil de la Fuerza de Tarea Sierra Madre con el fin de rastrear al líder del Cártel de Sinaloa en el denominado Triángulo Dorado (Chihuahua, Durango, Sinaloa). A pesar de todos los esfuerzos, Guzmán Loera parece contar con la suficiente contrainteligencia para burlar estas estrategias y los operativos de las fuerzas federales para detenerlo.
Para las autoridades que elaboraron el informe, durante más de 10 años El Chapo había permanecido oculto en zonas de difícil acceso, en seis puntos de Sinaloa (Santa Rita de Abajo, Tahayana, El Aguajito, Tameapa, Rancho El Roble y La Tuna, sitio este último donde nació) y en 12 localidades de Durango, entre ellas El Durazno, Mesa de San Juan, El Plátano y Tamazula, aunque el arzobispo Héctor González había dicho que “todo mundo sabe que vive en La Angostura”. También fue visto en Culiacán, capital de Sinaloa, y en Los Cabos, Baja California Sur, de donde logró escapar por algunos minutos el 21 de febrero de 2012, pues estuvo en el fraccionamiento Punta Ballena, donde fueron capturados su piloto Ángel López Urías, su secretario Mario Hinojosa Villegas, su cocinera María Luisa Macías Amarillas y una supuesta amante de Guzmán Loera, a quien se identificó como Agustina Cabanillas.
(…) Los informes que logré rescatar desde la cárcel, de una fuente indubitable, indican que El Chapo conservaba un excelente apetito cuando casi cumplía dos meses de reclusión y se mantenía con un carácter sereno, lejos del autoritarismo, la prepotencia y el mal humor que se le atribuyen. Tampoco se le había manifestado alguna crisis provocada por la abstinencia de drogas y de alcohol, me aseguraron.
(…) Si se pueden calificar como “privilegios”, Guzmán Loera no ha pasado en El Altiplano por el usual procedimiento de que le sea rapada la cabeza, de estar totalmente desnudo durante semanas o de que se le hostigue con feroces mastines entrenados para amedrentar a los recién llegados. En sus primeros días de encierro le prestaron libros para que tuviera alguna distracción en su celda. No muy complicados: de aventuras y de superación personal.
Según testimonios de familiares de otros presos, pese a que Alejandrina aparece como su esposa en la declaración ante el Ministerio Público, quien había visitado al Chapo en prisión fue la joven Emma Coronel, junto con las mellizas María Joaquina y Emmaly, que son la adoración de su padre, quien no podía dejar de visitarlas más allá de dos semanas, por lo cual comenzó a vérsele con más frecuencia por Culiacán semanas antes de su arresto. Según la PGR, “ese giro en su vida, causado por el apego que tenía hacia sus hijas gemelas”, lo hizo cometer errores de seguridad.
(…) Para los reos peligrosos de reciente ingreso no hay visita conyugal durante los primeros seis meses. Y suele mantenérseles sin iluminación en sus celdas día y noche durante ese mismo lapso. Son métodos para quebrar la voluntad de cualquiera. Dichos “protocolos” no se aplicaron al Chapo, como hace algunos años tampoco se pusieron en práctica con el ingeniero Raúl Salinas de Gortari, por ejemplo.
Aunque sí consta el caso del exgobernador Mario Villanueva Madrid, a quien todos vimos en un video humillado innecesariamente, o como cuando se le alzó la voz al capo Osiel Cárdenas Guillén para obligarlo a dar un par de pasos adelantándose a su fila. En ambas ocasiones estos reos aparecían con la cabeza rapada.
A propósito del apego a las mellizas, los marinos, soldados y policías federales (además de agentes encubiertos de la DEA y de la CIA, digo yo) que le seguían los pasos al Chapo se percataron de que comenzó a dejar de lado las camionetas blindadas y se trasladaba en vehículos nada ostentosos, como un Jetta y un Sentra. Así llegó a una de sus residencias en la colonia Libertadores, conectada con otra media docena de casas por el subsuelo, a través de la red de aguas pluviales.
Lo de las varias casas interconectadas por túneles me lo confiaron, a principios de 2010, personas que eran asiduas visitantes de la familia de Guzmán Loera. Me imaginé entonces escenas como de catacumbas donde secretamente oficiaban actos religiosos los primeros cristianos perseguidos por el Imperio romano. Pero no eran túneles construidos exprofeso, sino solamente extensiones y accesos en las residencias para aprovechar los ductos subterráneos ya existentes que despojan el agua de lluvia de la capital sinaloense.
Allí vivió El Chapo casi los últimos tres años, “en las casas que reventaron y donde lo único que hacíamos era rotarnos. Teníamos como cinco casas donde ocultarnos. Todas se encontraban conectadas con un sistema de escape subterráneo que incluía el drenaje”, declaró ante la autoridad Hoo Ramírez.
Fue el propio Guzmán Loera quien se percató de que llegaban los marinos a la residencia de Culiacán donde se encontraba la madrugada del 17 de febrero:
Fue como a las tres de la mañana. Es una casa de dos pisos. Mi jefe se dio cuenta y abrió la tina (una tiña del baño, que era abatible y debajo de la cual comenzaba el túnel hacia el desagüe); salimos todos por el alcantarillado, lo que nos llevó al canal. Ahí buscamos la forma de llegar a la avenida, que fue por donde pasaron por nosotros para llevarnos a Mazatlán.
La Marina reveló que la puerta de acceso al túnel, bajo la tina, estaba reforzada con acero y el comando que seguía los pasos del Chapo tardó algo más de ocho minutos en forzarla. Esa vez el capo se volvió a escapar, pero los marinos de élite hallaron celulares, armas y otros objetos que los traficantes fueron dejando en el camino subterráneo, donde hay secciones que deben cruzarse prácticamente a gatas.








