Protestas, cada vez más pequeñas

Las protestas de los desposeídos de Brasil, que cobraron auge el año pasado, están aminorando y cada vez impactan en menor medida. A esto contribuye el hartazgo de la sociedad por movimientos como la huelga en el metro. Aun cuando la violencia durante las marchas ahuyenta a los ciudadanos, el factor más importante ahora es el futbol.

SAO PAULO.- El ritmo de las manifestaciones se mantiene alto, pero su magnitud es limitada. Al menos mientras Brasil gane partidos en el Mundial.

Dos situaciones ocurridas en una semana resumen el conflicto interno que viven miles o quizá millones de brasileños durante la celebración del torneo.

La primera se produjo en Río de Janeiro el viernes 6 en el acto de protesta organizado por el Comité Popular contra la Copa en el barrio de Cinelandia, junto al centro histórico. El medio centenar de personas que se habían congregado en el “territorio libre de FIFA” para gritar consignas contra el gasto excesivo, las injerencias del organismo futbolístico y la corrupción no pudieron reprimir su emoción cuando, en un televisor destartalado, vieron al delantero de la canarinha Fred anotar el primer gol de Brasil contra Serbia, en el último amistoso de la Selección.

El segundo episodio revelador de la dicotomía –¿disfrutar la fiesta mundialista y apoyar a la Selección o volver a ocupar las calles como en junio de 2013?– en la que transita el estado de ánimo del pueblo brasileño se vivió en Sao Paulo, en la manifestación organizada el día de la inauguración.

Hacia el mediodía del jueves 12, con cientos de cámaras de televisión de todo el mundo cubriendo en vivo los enfrentamientos entre manifestantes y la Policía Militar, Osvaldo Baldi y su hijo Renán Molina le robaron durante unas horas el protagonismo al equipo liderado por Neymar. En medio de las barricadas de basura ardiendo, los gases lacrimógenos y los aerosoles de pimienta emergió el padre, un conductor de autobús de 50 años, para convencer a su hijo de 16 años de que se descubriera el rostro y abandonara la protesta.

Captada con todo detalle, la escena fue una mezcla de ternura, autoridad y choque de generaciones, lo cual quedó plasmado en un diálogo en el que el padre le decía al adolescente que “lo amaba”, “no lo había criado para eso” y no quería que “se lesionara”.

“Déjame manifestar, es mi derecho”, replicaba su hijo, ya sin la camiseta negra que cubría su rostro salpicado de acné. “No serás tú quien cambie el mundo, hijo”, decía el padre. “Pero lo intento. Estoy haciendo mi parte”, contestaba el joven, quien finalmente abandonó a regañadientes el acto.

Desencanto

Aunque la reciente huelga de cinco días (del jueves 5 al lunes 9 pasados) en el metro de Sao Paulo, que provocó caos en la ciudad más grande y poblada de América del Sur (20 millones de personas, entre ellas 4.5 usuarias del tren metropolitano), sacó a relucir la conflictividad todavía latente entre el gobierno y los grupos sociales, los sindicatos no han logrado el apoyo masivo de hace un año. El día de la inauguración hubo protestas contra la Copa en siete ciudades de Brasil, pero en los actos más concurridos apenas había un millar de personas.

Los estudios y encuestas de opinión han confirmado en los últimos meses un cierto desencanto de la sociedad con las manifestaciones. Se mezclan probablemente tres factores que desembocan en esa apatía. Por un lado, la cortina de humo que supone el avance mundialista de Brasil, cuya fidelidad entre la fanaticada no se pone en duda ni entre los grupos más radicales. “Mientras Brasil siga ganando y superando fases, todo estará bien”, es el recurso utilizado por la gente de la calle para explicar la relativa paz social.

Pero se suman otros factores, como un cierto desgaste ante la incomodidad generada por las protestas y las huelgas para el ciudadano de a pie, que el último año ha lidiado con paros en el transporte e incluso en los servicios de seguridad, poniendo en peligro los negocios y la integridad física en ciudades como Salvador o Recife.

Por último, recuerda el sociólogo Renato Sérgio Lima, investigador de la fundación Getulio Vargas, la violencia provocó una caída del apoyo social a los manifestantes. El centro de estudios Vox Populi, uno de los más importantes en la realización de sondeos en Brasil, señalaba en mayo que había pocas probabilidades de que se repitiera lo sucedido en 2013.

“En comparación con 2013, el entusiasmo, la curiosidad y el apoyo de la población por las protestas cayeron. La percepción es que tendremos un periodo menor de manifestaciones”, aseguró el 13 de mayo Marcos Coimbra, director de Vox Populi en conferencia de prensa.

“Todo indica que durante la Copa del Mundo la posibilidad de manifestaciones es menor, de grupos menores. Aquellas grandes manifestaciones no deben suceder. Aquel apoyo de la opinión pública a las manifestaciones cayó a menos de la mitad desde junio hasta la fecha, lo que está relacionado con el aumento de la violencia en las protestas”, matizó la fuente.

Un sondeo publicado el 22 de mayo por Datafolha, otro centro de referencia, ponía cifras a la dicotomía social: si 43% de los encuestados declaraba estar contra la Copa de Brasil y 90% opinaba que hubo corrupción en la organización del evento, 73% estimaba que las protestas generan más problemas que beneficios.

Una opinión contraria a la de Mayara Vivian, representante del Movimiento Pase Libre, quien estuvo en el origen de las protestas de junio de 2013. Culta, combativa y con un discurso que oscila entre el neocomunismo y el anarquismo, Vivian explica a Proceso que la muerte de un camarógrafo por una bengala lanzada por un manifestante durante la llamada “protesta del millón” en Río de Janeiro supuso un gran impacto para el movimiento nacido en 2005.

“Los movimientos sociales por la vivienda, por ejemplo, tienen una base fija, porque tienen siempre familias que viven en una zona y se ven afectadas y entonces se organizan. Pero en los movimientos para protestar por el transporte, no. En 2006 reuníamos a 5 mil o 6 mil personas y era un logro. En 2011 legamos a 8 mil. Y luego vino el boom de 2013, cuando teníamos la cobertura de la prensa, que ya no nos trataba de bandidos, mimados o vagos por protestar”, recuerda Vivian, entrevistada en una cafetería junto a la plaza de la República en Sao Paulo.

“Desarrollar la economía no es un desarrollo social”, recuerda Vivian, quien se reunió el año pasado con la presidenta Dilma Rousseff cuando las protestas estaban a flor de piel. “Fue uno de los momentos más ridículos de mi vida”, dice indignada antes de dejar claro que “una reunión no es una conquista”.

A juzgar por lo prometido por la presidenta y el resto de los gobiernos locales, y lo que se ha cumplido, no le falta razón. El diario Folha de Sao Paulo señalaba en su edición del lunes 16 que “un año después de las protestas, Dilma cumplió uno de los cinco pactos prometidos”. En el tintero se han quedado cuestiones fundamentales para la evolución estructural, como la reforma política, frenada en el Congreso, o el aumento de las dotaciones presupuestarias a la educación.

Si bien Rousseff ha prometido destinar 100% de los beneficios del petróleo, el Congreso ha rebajado la cifra a 75% y el flujo de capital sólo será inyectado a partir de 2020. La Cámara de Diputados, dominada por el gobernante Partido de los Trabajadores y sus aliados, también ha frenado cuestiones más básicas, como el endurecimiento de las penas por corrupción o la extensión de la gratuidad en el transporte a los más desfavorecidos.

“El transporte tiene esa función muy fuerte de dejar al pobre en la periferia. El transporte está pensado para ser un mercado lucrativo en sí, pero también ser una forma de control social”, opina Vivian.