Si un equipo está presionado, es Brasil. La gente y la prensa de ese país exigen que los futbolistas del Scratch du Oro ganen el Mundial, o serán criticados durante años en el país más futbolero del orbe, acusados de repetir el Maracanazo. Luiz Felipe Scolari aceptó la misión de liderar ese grupo. Tiene que soportar los ataques y mantener el buen futbol que la verdeamarelha ha mostrado. En él reside buena parte de las claves para entender el momento que atraviesa el próximo rival de México. Ambas selecciones llegan con sus primeros partidos ganados.
SAO PAULO.- Nunca como ahora una selección brasileña ha tenido garantizada su inclusión en los libros de historia: Si los 23 convocados canarinhos ganan el Mundial, serán recordados como quienes, por vez primera, coronaron a la verdeamarelha en casa. Si fallan, serán los culpables de reeditar el maracanazo.
Al frente de esos 23 hombres, que protagonizarán la mayor de las victorias o la peor de las derrotas, se encuentra el director técnico Luiz Felipe Scolari, un descendiente de italianos que concentrará los elogios o los ataques. Su equipo ya dio el primer paso, al vencer 3-1 a Croacia en el partido inaugural.
Ese entrenador tendrá, además, otra responsabilidad: Mantener unido a su equipo en medio de la inconformidad de miles de brasileños por el gasto realizado para construir 12 estadios.
Scolari, llamado Felipao, dejó en claro cómo defenderá a su grupo del ambiente enardecido: “Voy hasta el infierno con estos jugadores”.
Entre el cariño y los resultados
La lista de los 23 convocados para el Mundial fue bien recibida por la prensa y el público en general. Luego de hacer el anuncio, Scolari fue a comer churrasco a un restaurante en el barrio de Leblon, en Río de Janeiro, y fue aplaudido por los parroquianos. No recibió ningún reproche por “olvidar” a un jugador o haber llamado a alguien que no lo merecía.
En general, el hincha brasileño confía en Felipao, quien es famoso por montar grupos de trabajo conocidos como “Familias Scolari”. Los elegidos que las integran guardan una suerte de “omertà” (pacto de lealtad y silencio) para pertenecer a los clubes de ese entrenador.
Scolari, a cambio, resguarda a su gente de las críticas de la prensa, incluso con rudeza. Esa falta de diplomacia también la aplica en el terreno político, donde expresa sus ideas por polémicas que sean. El ejemplo más recordado es cuando reivindicó “las cosas positivas” de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile (1973-1990).
Los brasileños le tienen paciencia porque en el año 2002 coronó a su combinado en el Mundial Corea-Japón. Luego de su consagración, Scolari se fue a dirigir a Portugal, conjunto que llevó a lo más alto de su historia –una semifinal mundialista en 2006– y comandó el inicio de la carrera de Cristiano Ronaldo. Después tropezó en el Chelsea inglés, pero llegó a ser campeón con el Bunyodkor de Uzbekistán. En 2012 condujo con pésimos resultados al Palmeiras; de hecho, renunció antes de que el equipo descendiera. Sin embargo, volvió a la selección.
Regresó al cargo con la misión de un bombero: apagar el incendio que vivía su antecesor, Mano Menezes, quien perdió la medalla dorada en Londres 2012 frente a México.
El fin de la era Menezes –el primero que apostó por el entonces jovencísimo Neymar tras el fracaso del director técnico Dunga en Sudáfrica 2010– provocó la caída del jefe de la Confederación Brasileña de Futbol (CBF), Ricardo Teixeira, otrora yerno del expresidente de la FIFA Joao Havelange. En aquel momento los preparativos del Mundial 2014 estaban en un momento tórrido.
Teixeira quedó aislado políticamente y nunca fue recibido por la presidenta Dilma Rousseff. El motivo eran las acusaciones de corrupción que pesaban en su contra, realizadas por el periodista Andrew Jennings. El reportero mostró documentos sobre presuntos sobornos que una empresa de marketing supuestamente pagó a Teixeira en 2001 para ganar una licitación de la FIFA.
El relevo de Teixeira fue José Maria Marin, exjugador y exdirigente del Sao Paulo. Es también un político que en 1981 llegó a la gubernatura de Sao Paulo gracias a que accedió a ser colaboracionista de la dictadura militar (1964-1985).
Fue de Marin la idea de despedir a Menezes y contratar a Felipao, el último que había logrado un campeonato mundial para Brasil. Se decidió que el asistente técnico fuera Carlos Alberto Parreira, quien coronó al Scratch en Estados Unidos 1994 y fue preparador físico, en su juventud, del seleccionado que se coronó en México 1970.
En 2001 Scolari clasificó a duras penas para el Mundial de Sudáfrica, que a la postre ganó. En cambio, el proceso reciente comenzó mejor. El equipo actual ya mostró que pudo golear 3-0 al último campeón, España, durante la final de la Copa Confederaciones 2013, en el estadio Maracaná (Río de Janeiro). Y empezó esta Copa con poco futbol pero con un excelente resultado.
Scolari –un mediocre zaguero durante su carrera de futbolista, que nunca jugó en clubes grandes– tiene fama de vencedor, con un estilo “más parecido a José Mourinho que a Pep Guardiola”, según dice a Proceso Paulo Calçade, comentarista de la cadena ESPN Brasil y especialista en el juego de Brasil y en el de Barcelona.
Scolari, cuenta uno de sus excolaboradores que pidió el anonimato, acostumbra plantear los campeonatos “con un estilo Copa Libertadores”, es decir, muy aguerrido. Scolari ganó dos de esos torneos: en 1994, con Gremio, y en 1999, con Palmeiras. Ese tipo de juego implica formar grupos cerrados y sin fisuras dentro y fuera del vestuario. Se le vincula con los “gaúchos”, como se conoce a los habitantes de Río Grande do Sul, estado limítrofe con Argentina y Uruguay. El futbol de esa zona tal vez tenga menos romanticismo que el de otras regiones brasileñas, con excepciones como Ronaldinho.
Felipao espera repetir el éxito de la Copa Confederaciones utilizando el mismo cuadro que empleó en aquel torneo. El problema, según analistas brasileños, es que ese conjunto es el menos experimentado desde la selección de 1950: apenas seis futbolistas han vivido una Copa del Mundo (el portero Julio César, los laterales Daniel Alves y Maicon, el zaguero Thiago Silva, el mediocampista Ramires y el atacante Fred). “La gran mayoría está en Europa, jugando en lugares con mucha presión. Esos jugadores conviven con el futbol internacional”, matizó hace unas semanas Roberto Rivellino, campeón mundial en México 1970, en declaraciones a la prensa.
“Scolari tiene lo que llamo ‘doping emocional’: una gran habilidad para sacar lo mejor de un equipo, y con rapidez. Los jugadores lo adoptan como conductor y terminan jugando para él. Él absorbe la enorme presión que hay para ganar en casa”, sostiene el periodista Calçade, quien aventura que, en caso de derrota, la culpa también recaerá en la mayor esperanza del Scratch du Oro, el delantero Neymar. “Él corre el mayor riesgo porque es esperado como el héroe”, agrega.
El hecho es que, igual que en 2002 y de un modo inevitable tratándose de Brasil, Felipao dejó fuera a grandes jugadores que, empero, no atraviesan un buen momento, como Robinho, Ronaldinho y Kaká. Antes de Corea-Japón excluyó a Romario, actual diputado y crítico del Mundial. En aquella ocasión el seleccionador consideró que ese delantero podría “amenazar la disciplina”.
La estructura
El equipo de Scolari presentó un parado similar al de la Copa Confederaciones. En el primer partido alineó cuatro defensas, dos contenciones, tres medios ofensivos y un delantero. El portero titular fue Julio César, del desconocido Toronto de Canadá; siguió una defensa formada por Daniel Alves, Thiago Silva, David Luiz y Marcelo, y dos volantes defensivos, Paulinho y Luiz Gustavo. En el medio campo y con obligaciones ofensivas aparecieron Hulk, Oscar y Neymar. La punta de lanza fue Fred.
El futbol que planteó el combinado no se asemeja al de los años setenta u ochenta. Es un estilo de contraataque, con presión en el medio campo, cuchillo entre los dientes y espíritu guerrero de Copa Libertadores, pero con jugadores de Champions League.
“Difícilmente será un equipo con 60% o 70% de posesión del balón. El equipo es más vertical, es rápido. Sin la pelota, se esfuerza por conquistarla y dejar a Fred y a Neymar listos para el contraataque”, abunda Calçade.
En la primera fase de la Copa, Brasil jugará contra Croacia, México y Camerún, sus compañeros del Grupo A. Dependiendo de los resultados del Grupo B, en octavos podría encontrarse con potencias como España u Holanda. A partir de ahí es probable que se tope con Argentina, su archirrival; contra Alemania o con Uruguay, que le asestó el peor golpe futbolístico de su historia: En 1950 los charrúas le arrebataron al Scratch el campeonato del mundo en el mítico estadio Maracaná. De modo tal que, en este torneo, cualquier cosa que no sea el título de la verdeamarelha será considerada un fracaso en aquel país.
Con una fisonomía parecida a la de Gene Hackman, famoso por su actuación como Lex Luthor en la película Superman (1978), Scolari está a seis juegos de convertirse en un ídolo imperecedero en Brasil, pero a un solo error de devenir el peor villano.
El recelo
Tostao –el más respetado de los columnistas deportivos brasileños, campeón en México 1970, médico e intelectual– es uno de los pocos que desconfía de los “poderes sobrenaturales” de Scolari para formar grupos y asegurar victorias.
“Nunca vi una selección antes de un Mundial tan lista y con un técnico tan poco cuestionado, el superhéroe del pueblo. El cuadro titular ya fue montado hace un año, el sistema táctico es conocido. Parte de esa tranquilidad es a causa de la Copa Confederaciones, una conquista sobrevaluada. En los últimos dos mundiales, Brasil brilló en Confederaciones”, escribió Tostao en su columna de Folha de Sao Paulo.
En Alemania 2006, Brasil fue eliminado en cuartos de final por Francia, y en Sudáfrica 2010 en la misma instancia por Holanda.
Además, la canarinha suele iniciar floja los torneos y tiene un mal palmarés ante México. El Tri, además de ganarle el oro olímpico, la ha vencido en la Confederaciones, en mundiales juveniles y en otros torneos de calado.








