De Guillem Compte Nunes
Señor director:
Como catalán de nacionalidad española que recientemente reside en México, leí con especial interés los artículos Recetas para ser rey y El handicap de la modernización (Proceso 1962). Teniendo en cuenta la línea editorial de su revista, me sorprendió el tono promonárquico de ambas notas.
En primer lugar, choca que en un país donde “no se concederán títulos de nobleza, ni prerrogativas y honores hereditarios, ni se dará efecto alguno a los otorgados por cualquier otro país” (artículo 12 de la Constitución), se dé cobertura informativa a unas cartas que en realidad lo que ponen de relieve es la desigualdad social y política entre dos personas –monarca y heredero– y el resto de la población española; desigualdad fundamentada en que estos señores poseen un título nobiliario por nacimiento que, según la Constitución española, les confiere el derecho de ser jefes del Estado.
Más que entrañables consejos de padre a hijo, se trata de documentos que reflejan hasta qué punto las personas pueden interiorizar la discriminación legalizada, como lo fueron la esclavitud y el racismo en épocas pasadas.
A pesar de la maquinaria propagandística de la monarquía española y sus admiradores, no cabe duda, como lo señalan la Constitución mexicana y el derecho internacional, que la monarquía viola derechos humanos, específicamente la igualdad de las personas; y esto desde cuatro puntos de vista.
Primero: La monarquía viola la dignidad humana porque impone una desigualdad jurídica arbitraria en los derechos por nacimiento de las personas.
Segundo: Esta diferenciación de trato monárquico no es ni razonable ni proporcional a la consecución de los principios democráticos, lo que constituye una discriminación continua contra el pueblo soberano. En este sentido, el Comité de Derechos Humanos ha caracterizado a la nobleza, que incluye la monarquía, como excluyente por naturaleza e incompatible con el valor de la igualdad (Comunicación número 1008/2001). Es una violación del derecho a la no discriminación la disposición de que nadie, excepto una persona por razón de nacimiento, pueda ser jefe del Estado.
Tercero: Esta discriminación racial (por linaje) en el acceso al máximo cargo público viola el principio de igualdad ante la ley. En el caso español, súmase la inmunidad monárquica ante la ley como otra violación de derechos humanos.
Cuarto: El derecho internacional afirma la igualdad en la participación política, con cargos públicos accesibles en condiciones de igualdad. La razón de nacimiento no constituye un requisito razonable y se condena explícitamente. Por tanto, la monarquía viola el derecho humano a la igual participación política.
En segundo lugar, el señor Zarzalejos, principal fuente del segundo artículo y, según se nos informa, un “monárquico declarado”, sistemáticamente minimiza el sentimiento español contra la monarquía. Por ejemplo, indica que “es minoritario el sentimiento republicano”. Sin embargo, una encuesta de Metroscopia encargada por El País (7 de junio) arroja que el 62% de los españoles (74% para jóvenes de 18 a 34 años) desean un referéndum para decidir si España debe continuar siendo una monarquía o no.
También afirma el entrevistado que “la inmensa mayoría de los catalanes no tiene respecto de la monarquía de Felipe VI ninguna objeción”, opinión insostenible dados la creciente oleada de independentismo catalán y el rechazo que genera en Cataluña la monarquía como símbolo de la “unidad” de España. Cada 11 de septiembre, día nacional de Cataluña, conmemoramos el fin de la lucha contra el rey Borbón Felipe V en 1714, quien despojó a Cataluña de sus instituciones de gobierno.
Atentamente
Guillem Compte Nunes
Respuesta del reportero
Señor director:
Acerca de la carta que precede, sólo quiero hacer un par de puntualizaciones. En primer lugar, preciso que en los reportajes referidos no existe ningún interés en asumir un “tono” o posición monárquicos, como tampoco republicanos. Su motivación fue estrictamente periodística.
Sobre el texto referente a las cartas, debe observarse que su interés periodístico reside en el hecho de que tales misivas marcan la ruta que el padre da al hijo en esa herencia de sangre que establece hasta hoy la ley española. Hablan por sí solas y desnudan el pensamiento y la forma de actuar del rey.
Como en el caso anterior, era periodísticamente oportuno volver a hablar con el periodista que tiempo atrás había abordado el tema de la abdicación del monarca, aun cuando él mismo se autodefine como monárquico.
Para concluir, procede subrayar que a un medio de comunicación y a un reportero que se asumen como imparciales no se les pueden achacar las posturas de sus fuentes o entrevistados.
Atentamente
Alejandro Gutiérrez








