Tan malo es el estado actual del futbol tapatío que ahora, por primera vez en muchas décadas (exactamente desde 1940, cuando en nuestro país comenzó la era profesional de este deporte) se acaba de dar el caso de que ningún equipo de la comarca aporta jugadores a la Selección Nacional. Ello contrasta con una notable tradición en la que durante múltiples ocasiones la base del representativo mexicano era casi inimaginable sin la contribución de las Chivas, del Atlas, del desaparecido Oro y eventualmente –ya en los años setenta y ochenta– de los llamados Leones Negros de la Universidad de Guadalajara (equipo que hace poco obtuvo su pase para volver a la Primera División) y también los otrora Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara, cuadro que hace un año descendió a la División de Ascenso y cuya devaluada franquicia se acaba de mudar a Zacatecas, donde a partir del próximo torneo va a competir con el mote de Los Mineros.
Qué lejos están los tiempos en que un solo pueblito del valle de Atemajac (La Experiencia, al norte de Guadalajara) aportaba varios jugadores a la Selección. Esto ocurrió en 1954 y 1958, cuando durante los mundiales de Suiza y Suecia, respectivamente, cuatro jóvenes de esa demarcación del municipio de Zapopan participaron en el máximo torneo futbolístico del orbe. Para orgullo de La Experiencia y del futbol tapatío en general, esa cuarteta de seleccionados la formaban el celebérrimo José Jamaicón Villegas (del Guadalajara), Alfredo Pistache Torres (del Atlas), José Chepe Naranjo y Felipe Pipis Ruvalcaba (ambos del Oro).
Ahora, en cambio, no es obra de la casualidad que los tres equipos del solar, junto con el Puebla, estén con la soga al cuello, es decir, en la parte más baja de la tabla porcentual (la que decide el descenso de la Primera División a la categoría inferior) y que ninguno de ellos aporte un solo jugador a la Selección que el próximo viernes 13 debuta en el Mundial de Brasil, en un encuentro con Camerún. Alguien podría replicar que hay una excepción a lo antes dicho con el caso de Carlos Salcido, recién contratado por el Guadalajara. Sin embargo, no se debe pasar por alto el hecho de que cuando el director técnico nacional, Miguel Piojo Herrera, dio a conocer la lista de los 23 seleccionados mexicanos para acudir a Brasil, Salcido aún formaba parte de la plantilla de los Tigres del Universitario de Nuevo León, por lo que en rigor no puede hablarse siquiera de una excepción a medias.
Ante tan penosa situación, la pregunta sería: ¿cómo es que el futbol tapatío, otrora puntal del balompié mexicano, ha llegado a este lamentable estado de cosas y cómo es que la prolongada época de vacas flacas ha ido mucho más allá de los bíblicos siete años? La respuesta no hay que buscarla en la cantera local, cuya producción de talentos futbolísticos no ha menguado. Basta con revisar la lista de los seleccionados de Herrera para advertir que la tercera parte está integrada por futbolistas nativos de Jalisco, comenzando por los tres porteros. Dicho de otra manera, aun cuando en esta ocasión los equipos tapatíos no hacen ninguna aportación a la selección, en ésta siguen abundando los futbolistas de origen jalisciense.
Lo anterior nos lleva a concluir que el problema del futbol de la comarca está en otra parte: en los empresarios y directivos que en épocas recientes han regenteado regionalmente, con pésimos resultados deportivos, el negocio del futbol. Entre esa fauna variopinta, ha habido toda clase de especímenes, desde el empresario frívolo, arrogante y ajeno al negocio del futbol hasta el bipolar cacique político que primero vende la franquicia de Primera División del equipo de la UdeG para, 20 años después, presentarse como el primer fan de ese mismo equipo, que no es otro que los recién ascendidos Leones Negros.
Y en medio de esos modelos equívocos, se cuentan también otros dos casos nada ejemplares: el de los directivos de una universidad privada (la Autónoma de Guadalajara) que primero deja morir de inanición a su equipo de futbol (los ya mencionados y ahora extintos Tecos), para luego terminar malbaratándolo al grupo empresarial que encabeza uno de los Rico McPato del orbe: Carlos Slim, especialista en la adquisición de negocios quebrados. El otro caso es el de las administraciones recientes del Atlas, que descuidaron al único club de futbol (que hasta finales del año pasado fue asociación civil) que sobrevivía en el futbol mexicano, al cual acabaron vendiendo a un grupo empresarial de la Ciudad de México: Televisión Azteca.
Entre la ineptitud, la cortedad de miras, la improvisación y la codicia política, el futbol tapatío se ha venido a pique. La fanfarronería y la nota frívola las ha aportado el dueño de la empresa Omnilife, Jorge Vergara, quien ha sido capaz de convertir en un desastre al equipo más antiguo de Jalisco y el que, a pesar de los pesares, sigue siendo el más popular y también más exitoso del futbol mexicano: el Guadalajara, al que Vergara y compañía han manejado caprichosamente, sobreexplotando sus fuerzas básicas, con la contratación de toda clase de petardazos. Para colmo y de manera insólita, discurrieron llevarse al equipo de su sede histórica (el casi céntrico estadio Jalisco) hacia uno de los puntos más distantes y peor comunicados de la zona metropolitana de Guadalajara (el Bajío, en las inmediaciones del bosque de La Primavera), logrando con ello la “hazaña” de que el equipo haya tenido las peores entradas de su historia en el llamado estadio Omnilife.
Deportiva y empresarialmente, el Atlas no ha sido manejado con mejor tino, pues sus directivos se afanaron en la venta consuetudinaria de cualquier jugador sobresaliente de la cantera, grave sangría deportiva a la que se intentaba suplir casi siempre con falsos refuerzos. Con esta práctica, aplicada un año sí y otro también, los resultados han sido los de un equipo de pena ajena, que en las temporadas recientes ha estado al borde del descenso y económicamente quebrado, al punto de decidir recientemente su venta al ya mencionado corporativo de televisión. Y en estas circunstancias tan precarias, ¿cómo puede esperarse una aportación a la Selección?
El caso del equipo de la UdeG es el del perpetuo abuso, comenzando por el de los fondos públicos. Y ello porque para su subsistencia los apodados Leones Negros siempre han dependido del erario y de manera particular del presupuesto de la universidad pública de Jalisco, cuyo manejo ha sido la negación misma de la transparencia. Así, por ejemplo, cuando hace dos décadas la franquicia de Primera División fue vendida por quien entonces ocupaba la rectoría de la institución (un tal Raúl Padilla), no se informó a la comunidad universitaria ni de las razones que motivaban la venta ni del monto de la misma, menos del destino de esos recursos.
Luego, en 2009, el equipo fue súbitamente rehabilitado, al comprarle a Jorge Vergara la franquicia de El Tapatío (filial del Guadalajara en la entonces llamada Primera División A). Y para el sostenimiento del mismo se ha echado mano del presupuesto de la UdeG. A este respecto, el recién removido presidente de los Leones Negros, Alberto Castellanos, declaró que, contra lo dicho por el rector Tonatiuh Bravo Padilla, “en promedio la UdeG le ha aportado al equipo de 12 a 20 millones de pesos al año” (Mural, 23 de mayo). ¡Los manejos turbios como otra de las bellas artes!
Con esta clase de empresarios y políticos, ¿cómo no van a andar de cabeza los equipos de la capital jalisciense, a los que ahora penosamente les va a tocar ver de lejos, de muy lejos, el mundial que se inaugura este jueves 12?








