La descomposición por Laura Esquivel

En su novela A Lupita le gustaba planchar, puesta en circulación hace unos días por el sello editorial Suma de Letras, la escritora Laura Esquivel dibuja a un personaje que encarna todos los gravísimos problemas que actualmente padecen los mexicanos: la corrupción, el expolio, la desesperanza… Se trata de Lupita, una policía alcohólica que se duele por la política entreguista del actual gobierno y de que los ciudadanos estén programados para vivir siempre el mismo guión. En entrevista con Proceso, la autora explica la trama de su novela y le mete bisturí a la descomposición del país.

La escritora Laura Esquivel señala que la crisis de Lupita, el personaje central de su más reciente novela A Lupita le gustaba planchar, es realmente la actual y dolorosa crisis por la que atraviesa México.

“La crisis de Lupita es la crisis del país. El personaje encarna la problemática de millones y millones de mexicanas y mexicanos. Su profundo dolor, depresión y desesperanza son los mismos que tiene México… ¡Imagínese! ¡Qué gran depresión provoca estar hundidos hasta el fondo del hoyo y no encontrar una salida!”, exclama.

–¿Desde antes de escribirla, usted concibió una novela que reflejara con esa crudeza la realidad actual? –se le pregunta a la también autora de Como agua para chocolate.

–Sí, claro. Desde el principio tuve esa concepción. Pero me llevó tiempo poder encarnarla en los personajes de la novela, principalmente en el de Lupita; una mujer policía muy depresiva y con muchos problemas emocionales, quien se refugia en el alcohol hasta tocar fondo y después no haya cómo salir del hoyo.

“Ella es testigo de un misterioso crimen político. Y a partir de ahí la vamos acompañando en los sucesos que van a dilucidar el asesinato, situados en medio de esta brutal descomposición social que vive México y de la cual Lupita es víctima, al igual que nosotros. Ella es un personaje muy representativo. Por eso le puse a secas ‘Lupita’, un nombre muy común en México.”

El personaje central de la novela es una mujer gorda y de baja estatura –un antihéroe alejado de los cánones de la belleza femenina– que trabaja de policía en la delegación Iztapalapa. Lupita perdió a su hijo y fue abandonada por su marido. Se siente rechazada y es tan infeliz que “no tenía recuerdos de haber experimentado alguna vez en su vida el mínimo atisbo de bienestar real”.

Por presenciar accidentalmente el asesinato del jefe de la jurisdicción en la que labora, Lupita se ve envuelta en el corrupto mundo de los funcionarios perredistas del Distrito Federal, en las componendas entre políticos y narcotraficantes, en la descarada compra de votos, en la desesperada situación de los policías comunitarios de las zonas rurales y en la entrega de los recursos energéticos que está haciendo el gobierno de Peña Nieto.

Un momento de desesperación que lleva a Lupita al llanto, es descrito así en la novela:

“No sólo lloró por su hijo muerto, por ella, por el delegado, sino por todo lo que no pudo ser, lo que no pudo crecer, lo que nunca fue. Lloró incluso por todas las plantas de maíz que no nacen porque los campesinos obtienen mejores ingresos sembrando plantas de amapola. Lloró con rabia por la aprobación de una reforma energética que abría las puertas a los inversionistas extranjeros para que se apoderaran del petróleo mexicano. Lupita tomó esa aprobación como una ofensa personal. Ella había nacido el día 12 de diciembre, día en que se celebra a la Virgen de Guadalupe, y por eso llevaba su nombre. El Congreso de la Unión aprobó la reforma precisamente en ese día. Lupita consideraba todo el operativo como una gran traición a la patria, a la virgen y a su propia persona, ya que de ahí en adelante la celebración de su cumpleaños se vería empañada por este vergonzoso acto. Lupita también lloró por México en manos de los vendepatrias, de los narcos, en manos de los que asesinan para impedir que la gente como ella viva.”

Política y entreguismo

Laura Esquivel señala que en su novela no pudo evitar abordar hechos tan inmediatos como la reforma energética, aprobada en diciembre pasado:

“Tuve que mencionar este vergonzoso episodio porque es producto de esa concepción neoliberal de que todo es comprable y vendible. Es la doctrina del individualismo extremo, donde ya no somos parte de un todo porque ese todo se puede comprar. Así, sólo los más millonarios pueden apoderarse del petróleo, del agua, de la tierra y hasta del aire que respiramos. (El gobierno) se aprovechó del pasado festejo guadalupano para aprobar esa reforma.”

–Así como ahora, al parecer, se aprovechará el Mundial de Futbol para aprobar las leyes secundarias de esa reforma –se le pregunta.­

–Sí, el gobierno repetirá el mismo esquema. Ni siquiera tiene imaginación. Es el modus operandi de siempre. Son maniobras tan previsibles que insultan a la inteligencia. Pero lo peor de todo es que les están funcionando una y otra vez… y la gente no hace nada.

“Yo me pregunto: Quienes votaron por Peña Nieto, ¿sabían que iba a ocurrir este despojo? El que Peña Nieto haya ganado la Presidencia, ¿de veras es producto de la ignorancia y la miseria? ¿Consentimos todo esto porque ya nos acostumbramos a ser víctimas? ¿Por qué repetimos historias tan dolorosas de las cuales ya sabemos el final?”

Y la actual historia de la reforma energética –asegura la escritora– tendrá un buen final sólo para los multimillonarios capitalistas que lucrarán con los recursos naturales del país.

“Ya sabemos todos a dónde nos llevará la reforma energética. ¡Ya lo sabemos! ¡No finjamos inocencia! Este tipo de reformas siempre nos han llevado a lo mismo”, enfatiza.

El hecho de que el empresario del ramo Pedro Joaquín Coldwell sea a la vez secretario de Energía e impulsor de la reforma –dice– es indicativo de que los cambios legislativos sólo beneficiarán a este tipo de empresarios metidos en la política o con influencias políticas.

Agrega:

“Me llama mucho la atención que Pedro Joaquín Coldwell argumente que no hay ninguna ilegalidad en ser secretario de Energía, debido a que ya era empresario antes de ocupar ese cargo público. Ese argumento no lo exonera de nada. Es puro cinismo.”

–Carlos Slim podrá ser, entonces, secretario de Comunicaciones porque ya es dueño de Telmex…

–Sí, a ese extremo están llegado las cosas. ¡Algo inaudito! Ya lo estamos viendo con Joaquín Coldwell y su cara dura, como si nada pasara. Todos sabemos que sus argumentos no son válidos. En fin, yo intento reflejar en mi novela el desencanto que está provocando todo este ambiente de corrupción política de la que no escapa ningún partido.

“Por ejemplo, a mí me altera mucho toda esa cuestión clientelar de los partidos políticos. Va encaminada al puro interés del partido y a obtener dinero y más dinero, dejando que la gente continúe en la miseria para poder comprar su voto.”

Personaje emblemático

De 198 páginas y editada por la editorial Suma de Letras, A Lupita le gustaba planchar es catalogada por la crítica como una “novela negra” por situarse en el sombrío ambiente de México.

Lupita sólo confía y admira al jefe delegacional para quien trabaja: Arturo Larreaga, a quien por venganzas políticas le clavan en la yugular un arma punzocortante y lo matan. En un pasaje de la novela se explica:

“Lupita había seguido al delegado desde que estaba en campaña. Era un hombre decente. Un hombre que en verdad quería cambiar las cosas y no lo habían dejado. No era un corrupto. Se enfrentó desde el inicio de su administración con las mafias que manejaban la delegación. Los líderes de las colonias. Los diputados. Los mayordomos. Con todos aquellos que sólo buscan beneficio personal. A los que les importa un comino México. Entre todos ellos, los peores son los que traicionan a su propia gente. Los que venden los anteojos que el gobierno les manda repartir gratuitamente entre la gente necesitada. Los que compran votos para que gane el candidato que les asegura un buen negocio particular sin importar lo que va a pasar con su colonia. Los que impiden que la gente, su gente, viva decentemente. Los que toman el control con base en la fuerza. Los que amenazan, los que matan cualquier posibilidad de un cambio. Lupita los conocía, los había visto actuar, los había escuchado en sus mítines, los había visto traicionar hasta a su madre con tal de salirse con la suya.”

El asesinato del delegado, la corrupción y la violencia hacen exclamar a una Lupita desesperada:

“¡Pinche país!, ¡pinches comentaristas televisivos!, ¡pinches políticos corruptos!, ¡a lo que habían llegado con tal de que el delegado no se atravesara en sus planes!, ¡pinches matones!, ¡pinches narcos! Y ¡pinches drogadictos gringos! Si no fuera porque consumen la mayor parte de la droga que se produce en el mundo no habría cárteles. ¡Pinches narcogobiernos! Si no necesitaran tanto el dinero ilegal que les dejan las drogas no habría tanta muerte. ¡Pinches legisladores culeros, si tuvieran los güevos de legalizar la compraventa de estupefacientes no habría tanto crimen organizado!, ¡ni tanta pinche ambición por el dinero fácil!, ¡ni tanto desorden, carajo!, ¡y pinche Dios que sabe por qué andaba tan distraído! Lupita siguió maldiciendo hasta que no le faltó nadie en la lista, incluida ella misma.”

El título de la novela se explica porque Lupita se relajaba planchando: “Planchar le daba paz. Consideraba esa actividad como su mejor terapia y recurría a ella diariamente, incluso después de un largo día de trabajo. La pasión por el planchado era una práctica que había heredado de doña Trini, su madre, quien lavó y planchó ajeno toda su vida”.

Esta pasión llevaría a Lupita a descubrir, por el planchado del cuello de la camisa de su jefe, las pistas clave sobre el crimen. Pero también descubrirá, con gran desencanto, que su jefe asesinado estaba coludido con líderes del ambulantaje metidos al narcomenudeo.

A Lupita la persiguen estos delincuentes. Se refugia en una pequeña comunidad guerrerense que también debe vérselas con el narco. Ahí tiene contacto con miembros de la policía comunitaria que protegen a los pobladores indígenas. Lupita la compara con la policía capitalina a la que ella pertenece y que comúnmente da protección “a los delincuentes y a los políticos deshonestos”.

En este apartado ambiente rural, Lupita experimenta por fin una drástica transformación personal que la cura de su alcoholismo. Durante un ritual indígena cae en trance y ve la realidad mexicana desde otra perspectiva, como si Lupita hubiera retrocedido a un tiempo remoto:

“Antes de que los políticos hubieran traicionado la Revolución Mexicana. Antes de que se hubiera orquestado el primer fraude electoral. Antes de que se vendiera el país a los extranjeros. Antes de que se delimitaran las fronteras que separaban los países. Antes de que se diseñara un plan de desarrollo basado en la explotación de los hidrocarburos. Antes de que se pusieran a la venta los metales preciosos, las minas, las playas, los corales, los diamantes, el petróleo. Antes de que la avaricia dominara a los gobernantes. Antes de que se organizaran los cárteles que tanta muerte creaban.”

Y comparando el destino de su personaje central con el de México, la novela concluye así:

“En ese instante el alma de Lupita sanó. Lo mejor de todo era que si Lupita, que tanto dolor había acumulado, que tanto enojo había experimentado, había podido sanar y conectarse con el todo, México también podía.”

 Laura Esquivel explica que una profunda convicción personal, de carácter espiritual, la condujo a este final esperanzador:

 “Quizá parezca muy utópica, pero estoy convencida de que solamente a través de una transformación interna podemos solucionar los problema de México y salir del hoyo en que estamos atrapados. Y esta solución podemos encontrarla yendo a nuestras raíces, a nuestras culturas originarias.”

Autora de las novelas Como agua para chocolate, La ley del amor, Tan veloz como el deseo y Malinche, Esquivel también ha escrito manuales de dramaturgia, tratados gastronómicos y guiones cinematográficos y televisivos.

En 2012 publicó el libro Escribiendo la nueva historia, o cómo dejar de ser víctima en 12 sesiones, una “propuesta vivencial” para cambiar el esquema de nuestras vidas programadas. Propuesta que ahora se refleja en A Lupita le gustaba planchar.

“Ya basta de instalarnos en nuestro papel de víctimas y seguir llorando nuestras desgracias. Estamos interpretando un guión impuesto que tenemos que acatar. Ahí sólo nos dejan el papel de oprimidos. Si salimos de ese juego, México empezará a cambiar”, dice Esquivel.