Si de por sí la situación en Ucrania no es tersa, los despachos informativos de ambos bandos sólo contribuyen a agravar el caos. Sobre todo desde el pasado 13 de abril –cuando comenzó lo que Kiev llama “operación antiterrorista”–, las informaciones contrastadas y verificadas han sido desbaratadas por una batalla desinformativa sin cuartel. La noticia es otra víctima de la guerra.
DONETSK, UCRANIA.- “¿Quiere tomar el té conmigo? ¿Con un peligroso terrorista?” Sentado, empuñando un Kalashnikov, un miliciano prorruso se toma con sorna el epíteto que le ha colocado el gobierno de Kiev, al cual combate desde hace seis semanas. A su lado, una joven lo observa con atención. “Ha venido a traerme comida”, explica el hombre, quien se identifica como Igor Tovarich.
Está armado pero es difícil saber si se armó antes o después de que las autoridades ucranianas –que este domingo celebran elecciones presidenciales– empezaran a calificar de “terroristas” a los milicianos separatistas y a quienes los apoyan.
La batalla propagandística ha sido tan intensa desde que empezó el conflicto entre Ucrania y Rusia que el sábado 10 Human Rights Watch (HRW) intervino con la nota “La verdad, una víctima del conflicto ucraniano”, después de que el ministro ucraniano del Interior, Arsén Avákov, dijera que “al menos 20 terroristas habían muerto” durante los enfrentamientos de Mariúpol el viernes 9, de los cuales hasta ahora se desconocen circunstancias y número de fallecidos. Los prorrusos, por su parte, hablaron de tres muertos. HRW contó al menos siete muertos y 40 heridos.
“En todos los conflictos, la propaganda forma parte de la guerra y Ucrania no es una excepción. Cada bando crea su propia narrativa y el resultado es que se difunden datos que tienen poco que ver con la realidad”, dijo entonces la delegada de HRW en la región, Anna Neistat.
“La situación empeora cuando los periodistas alimentan esta situación, diseminando hechos no confirmados o integralmente inventados. Estas distorsiones de la realidad, amplificadas por las redes sociales, llegan en pocos minutos a decenas de centenares de personas y se transforman, para algunos, en una llamada a la acción”, precisó.
Términos como “provokatsiya”, usados para restar crédito a acciones del bando opuesto, adjudicándole maniobras de provocación para alimentar disturbios o actos bélicos, han entrado al lenguaje de todos los bandos en la crisis ucraniana, evocando oscuras tramas en general plagadas de traidores y espías y destinadas a desestabilizar el orden.
Surgió así el mito de Pravy Sektor (Sector Derecho), el grupo de extrema derecha proucraniano nacido a finales del año pasado, que el bando prorruso señala como el omnipresente culpable de todo delito que acontece en el este ucraniano.
“Fueron los fashist (fascistas), los banderatsky (seguidores de Stepán Bandera, ultranacionalista ucraniano que resulta insoportable en las zonas orientales del país)”, se oye a menudo en Donetsk. Y esto a pesar de que no se tenga conocimiento de que los afiliados a este grupo superen los 10 mil y que paradójicamente en Kiev haya incluso quien dice que les paga Rusia.
Retórica bélica
Con más vehemencia desde que el 13 de abril empezó el operativo del ejército ucraniano en el este del país –que Kiev llama “operación antiterrorista”–, después de la violenta toma de poder de varias localidades en esa zona por los insurgentes prorrusos, las informaciones contrastadas y verificadas han sido desbaratadas por una batalla informativa sin cuartel.
Dmytro Tymchuk, experto militar ucraniano y coordinador del medio digital Resistencia Informativa, llegó a escribir que los milicianos rebeldes de Donetsk y Luganks planeaban trasladar a Rusia el domingo 18 “cientos de cadáveres” de caídos de su bando para ocultar que eran de nacionalidad rusa.
En este mismo tono, la web Novosti Donbassa afirmó que los prorrusos habían asesinado a un campesino de la aldea de Serguéyevka (Slavianks), luego que éste intentara llevarle comida y ropa a las tropas ucranianas desplegadas en la zona. Nada de esto fue confirmado.
De igual forma la televisión ucraniana apenas mostró imágenes del domingo 11, cuando miles de habitantes de Donetsk y Lugansk acudieron a las urnas para manifestar su apoyo a la secesión de las dos provincias. Tampoco faltaron estampas como la del Putin hitleriano, que desde marzo está colgada en la plaza Maidan.
En el otro extremo, los líderes secesionistas prorrusos de Donetsk acusaron a la Guardia Nacional ucraniana de haber fusilado a 10 de sus soldados luego de que se negaran a participar en acciones militares contra los insurgentes. “En Kramatorsk, la Guardia Nacional fusiló a 10 de sus compañeros que dijeron que no combatirían más contra sus propios ciudadanos. Sus cuerpos han sido enterrados en las afueras” de la ciudad, dijo la semana pasada un portavoz de los milicianos, escribió la agencia rusa Interfax.
Y ejemplos así se producen todos los días. El jueves 22, en uno de los enfrentamientos más violentos desde el inicio de la contienda en el este, ambos bandos daban cifras muy diversas. Según el presidente del país, Alexander Turchínov, la cifra de fallecidos ese día sumaba 14 soldados ucranianos, mientras que los prorrusos señalaban 20 muertos y 42 heridos, aunque sin aclarar cuántos correspondían al bando rebelde.
Con esta retórica destinada a la manipulación como telón de fondo, se ha alimentado una situación de incomprensión comunicativa en una zona del mundo en la que esto no falta en los últimos tiempos.
“Recientemente recibí una llamada de unos amigos que viven en Rusia. Me avisaban que ya habían recolectado dinero para que pudiese comprar comida. Les pregunté por qué razón pensaban que necesitaba eso y me respondieron que la televisión rusa había dicho que había centenares de personas que pasaban hambre en el este de Ucrania”, cuenta Roman Bobk, sacerdote de la Iglesia griega de Donetsk. “Nunca me había reído tanto en mi vida”, añade.
El problema es que hay muchas diferencias entre la retórica de los jefes insurgentes prorrusos y de los representantes del gobierno de Kiev, y los peones de ambos bandos. Entre ellos, además de los combatientes de aspecto profesional abundan jóvenes que son poco más que adolescentes, voluntarios e incluso veteranos del ejército soviético. “No somos soldados de Putin, somos vecinos del barrio enfurecidos con Kiev”, contó en Slavianks el miliciano Igor Tovarich, fiel a los prorrusos.
“Dormimos aquí, comemos aquí y no nos iremos hasta que se vaya el ejército fascista de Kiev”, agregó su colega, Denis.
“A menudo a los soldados les falta incluso comida y ropa”, añadía Jaroslav Gonchar, el segundo del batallón del ejército ucraniano Azov, del bando opuesto al de Igor y Denis. Según éste las tropas de Kiev “tienen sentir patriótico pero están decepcionadas y tienen la moral baja por la mala organización” de los acciones militares.
También Occidente ha contribuido. La revuelta de Maidan y sus secuelas no han sido ajenas al interés de la International Renaissance Foundation (IRF), parte de Open Society Institute, red fundada y financiada por el magnate húngaro-estadunidense George Soros.
Asentada en Kiev desde 1990 –antes de que Ucrania fuera independiente–, la IRF ha financiado al Ukraine Crisis Media Center (UCMC), integrado por 12 expertos en mercadotecnia y que hace de portavoz de los políticos e intelectuales ucranianos.
“Nos dimos cuenta de que teníamos que hacer algo para contrarrestar la propaganda rusa y la Renaissance Foundation aceptó pagar nuestros gastos”, confirma a Proceso la presidenta del grupo, Nataliya Popovych.
El interés de Soros por Ucrania no es nuevo. Desde 1990 hasta 2010, según datos públicos, la IRF invirtió más de 100 millones de dólares en esta república. En 2012, año del último informe de la institución, esta inversión ascendió a unos 530 mil dólares.
“La Fundación no ha participado en el reciente levantamiento (de Maidan), pero sí ha servido para defender a aquellos contra quienes iba dirigida la represión oficial”, afirmó el propio Soros el pasado 26 de febrero. Seis días después, el 4 de marzo, la IRF aprobó su financiamiento al UCMC.
Así y todo, en las regiones del este ucraniano en manos de los insurgentes prorrusos, es indudable que la libertad de movimiento para los periodistas ucranianos sea muy limitada, como también reconoció un reciente informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.
“Periodistas y blogueros afincados en la región o que están haciendo base en ella, sufren amenazas y actos de intimidación, secuestros y detenciones ilegales por parte de grupos armados”, se lee en ese documento. Según el organismo, 23 periodistas habían sido secuestrados hasta el lunes 5 en Slaviansk; 18 de ellos fueron luego liberados. Por su parte, según la agencia rusa RT, Ucrania detuvo la semana pasada a tres periodistas, dos rusos y uno británico –que posteriormente fue liberado– por motivos aún poco claros.








