Al borde de un futuro roto

El domingo 25 habrá elecciones presidenciales en un país golpeado por el separatismo. Los contendientes representan a las elites de siempre, pese a lo cual los comicios son de vital importancia: Los resultados pueden definir las políticas europea, estadunidense y rusa respecto del conflicto y, por lo tanto, fomentar o frenar una guerra en la zona.

MOSCÚ.- Las elecciones presidenciales del domingo 25 en Ucrania serán clave para definir si se profundiza la creciente división o si el nuevo gobernante y sus aliados logran impedir una guerra civil y encontrar algún idioma común con el oriente rebelde.

La cantidad de votantes desempeñará un papel crucial: hay muchas dudas acerca de la participación electoral en las regiones de mayoría rusoparlante, en especial en Donetsk y Lugansk, donde el domingo 11 hubo sendos referéndums para aprobar la independencia.

A pesar de las numerosas irregularidades y de la ausencia de observadores internacionales, esas consultas populares demostraron un descontento generalizado con el gobierno de Kiev y un amplio apoyo a las intenciones independentistas, a tal punto que las dos regiones ahora se proponen unificarse en un nuevo estado, Nueva Rusia.

Mismas élites

Los aspirantes presidenciales hacen piruetas para satisfacer a sus nuevos mentores de la Unión Europea y Estados Unidos y, al mismo tiempo, no alejar definitivamente al electorado de las regiones rusohablantes.

Casi no quedan dudas de que el magnate millonario Petro Poroshenko ganará las elecciones. Según una encuesta realizada en abril por el Instituto Internacional de Sociología de Kiev, el Centro de Investigaciones Sociales Sotsis, el grupo Reiting y el centro Razumkov, Poroshenko obtendría 48.4% de los votos. Lo seguirían Julia Timo­shenko, del partido Patria (14%); el banquero Serguei Tiguipko (7.4%); Mijail Dobkin, del Partido de las Regiones del depuesto presidente Víktor Yanukovich (6%), y Petr Simonenko, del Partido Comunista (5.6%).

Otros candidatos, como Oleg Tiagnibok, del partido nacionalista de derecha Svoboda, y Dmitri Yarosh, de Sector de Derecha, obtendrían 1.4% y 0.7%, respectivamente.

En sus cortos 23 años de vida independiente, Ucrania nunca ha logrado la estabilidad. Siempre osciló entre sus dos mitades; una miraba hacia Rusia y la otra hacia Occidente. En 2005 la “revolución naranja”, antecedente de la actual crisis, llevó al poder a Víktor Yushenko, contra quien se había cometido fraude electoral; él era partidario de la integración con Europa y la OTAN.

Cinco años después Yushenko agotó su popularidad y sólo consiguió 6% de los votos. Ganó las elecciones Víktor Yanukovich, su oponente de 2005, representante del suroriente prorruso, quien en otro giro del péndulo político fue expulsado del poder en febrero pasado por la nueva revolución en la Plaza Maidan.

La contradicción es que, en las actuales elecciones, los principales candidatos representan a los mismos círculos políticos y económicos que dominaron la política ucraniana postsoviética de las últimas dos décadas y que tienen una enorme responsabilidad por la crisis terminal que vive el país.

“Willy Wonka”

Petr Poroshenko, el Willy Wonka ucraniano, estuvo en los dos lados del péndulo político. El “rey del chocolate” es propietario del imperio Roshen y algunos lo llaman “el CEO” de la revolución, para señalar su carácter de empresario.

Poroshenko empezó su carrera en la Ucrania independiente y postsoviética cuando los funcionarios, los miembros del Partido Comunista y los avezados empresarios aprovecharon la privatización generalizada de las empresas estatales para construir sus emporios. Con una fortuna estimada en mil 300 millones de dólares, Poroshenko es el séptimo hombre más rico del país. Controla varias empresas de alimentos. Su compañía estrella, la productora de chocolates Roshen, tiene 40% de sus negocios en Rusia. El empresario es dueño del canal 5 de televisión, de fábricas automotrices y un astillero.

Poroshenko fue elegido por primera vez a la Rada (el parlamento) en 1998 como diputado del Partido Social Democrático. Dos años después formó su propio partido, pero luego ingresó al Partido de las Regiones del depuesto Yanukovich, desde donde saltó al lado de Yushenko.

Fue miembro del gobierno de Yu­shenko, del que fue jefe del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa y ministro de Relaciones Exteriores. Posteriormente fue ministro de Desarrollo Económico de Yanukovich.­

Poroshenko promete llevar a Ucrania por el camino de la modernización y adelantar las dolorosas reformas exigidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Unión Europea. Empero, también ha dicho que “sin diálogo con Rusia será imposible crear seguridad”. A él le convendría, porque recientemente sus chocolates Roshen fueron prohibidos por el Kremlin.

“La ventaja de Poroshenko es su participación activa en la Plaza Maidan y su imagen de negociador con importantes recursos financieros y de información. Hoy, liquidar la diferencia de los otros candidatos con Poroshenko es imposible”, dice a Proceso el analista Evgueni Magda, desde Kiev.

A Poroshenko se le critica su cercanía con Dmitri Firtash, el magnate del gas que hizo miles millones de dólares a través de su joint venture (un tipo de inversión conjunta) con el monopolio ruso del gas Gaz­prom, y que apoyó hasta el final al presidente Yanukovich. Firtash fue detenido en Austria, donde espera la decisión de la justicia sobre un pedido de extradición realizado por Estados Unidos. En plena campaña electoral, Poroshenko viajó a Viena a visitar a Firtash.

La princesa del gas

Con sus típicas trenzas ucranianas, Timoshenko se hizo famosa en 2004, durante la revolución naranja. Nacida en Dnipropetrovsk, una ciudad industrial del oriente de Ucrania, esta economista e ingeniera también aprovechó los turbulentos años noventa para forjar una fortuna personal gracias a la privatización de las empresas del Estado, cuando dirigió el Sistema Unido de Energía de Ucrania.

Con la revolución naranja llegó a su pico de popularidad. Fue nombrada primera ministra del gobierno de Yushenko, pero el romance con el presidente terminó en menos de un año. En 2007 volvió al gabinete para protagonizar otro hecho que tuvo consecuencias personales impensadas: durante la “guerra del gas” de 2009, cuando Rusia cortó el suministro a Ucrania por los retrasos en el pago y dejó amplias partes de Europa sin combustible en pleno invierno, Timoshenko logró un acuerdo con el presidente Vladimir Putin para resolver la crisis. No sabía en ese momento que tal acuerdo le costaría la libertad.

En 2010 Timoshenko perdió la segunda vuelta de las elecciones presidenciales contra Yanukovich, quien la acusó de haber firmado el acuerdo del gas con Putin en detrimento de Ucrania. Fue encarcelada.

Su liberación se convirtió en una de las exigencias centrales de la Unión Europea y de las manifestaciones en la Plaza Maidan a comienzos de este año. Fue liberada el 21 de febrero pasado, el mismo día en que Yanukovich huía del país, pero su recepción en la plaza Maidan no fue tan triunfal como ella esperaba.

Para Evgueni Magda, “Timoshenko se equivocó al presentarse a las elecciones. Dos años y medio de prisión redujeron su capacidad para comprender la realidad. No entiende la magnitud de los cambios en el país y eso afecta su popularidad. Los temas centrales de su campaña son la defensa de Ucrania y la lucha contra los oligarcas, pero no ha hecho propuestas constructivas”.

Incógnitas poselectorales

En Moscú hay muchas dudas de que las elecciones frenen la división de Ucrania: el camino hacia la independencia de Lugansk y Donetsk parece irreversible y las dos regiones parecen estar fuera del control tanto de Kiev como de Moscú.

Matvei Ganapolski, periodista y analista ruso, escribió el 15 de mayo en el periódico Moskovski Komsomolets que estos hechos generan una preocupación internacional porque “en el centro de Europa aparece un territorio que no controlan ni Kiev ni, tal parece, Moscú, lleno de armas y de grupos armados con la capacidad de crear un ejército regular”.

Nueva Rusia, el Estado que conformarían las dos regiones rebeldes, sería, según el analista, “una zona gris, con hombres armados, sin leyes y regida por la ley de los fusiles”.

Algunos dicen que a Ucrania le vendría bien sacarse de encima esas regiones, que consumen una enorme cantidad de dinero en subsidios, pero, según Ganapolski, “Kiev no está de acuerdo, porque en ese caso la perspectiva es que aparezca una ‘Palestina ucraniana’ que exporte la inestabilidad y la revolución a las regiones vecinas y aumente el caos”.

Para impedir ese escenario, se organizó en Kiev, el miércoles 14, una mesa redonda, promovida por la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea, en la cual participaron los expresidentes Leonid Kuchma y Leonid Kravchuk, los principales candidatos presidenciales, y el actual presidente en ejercicio, Aleksandr Turchinov, aunque no hubo representantes de los grupos rebeldes de las regiones orientales.

La reunión discutió una reforma constitucional que garantizara amplias concesiones a las diversas regiones y una descentralización del poder. Se programaron mesas redondas en distintas ciudades de Ucrania para discutir cómo otorgar más autonomía económica y política. Se acordó también que Kiev detendría la operación antiterrorista, que ha provocado decenas de muertos pero que ha sido un fracaso por su incapacidad para frenar las tendencias separatistas. Al contrario: los hechos de violencia, como los sucedidos en la localidad de Mariupol la semana pasada, sólo han fortalecido la voluntad de los rebeldes.

La posición rusa

La otra incógnita es la posición rusa. Putin pidió oficialmente que no se realizaran los referéndums antes de las elecciones presidenciales, pero no fue escuchado. Según el diario Izvestia del miércoles 14, los líderes de las repúblicas populares de Donetsk y de Lugansk se proponen entregar 40 mil firmas al presidente ruso pidiéndole reconocer el resultado de la consulta y defender a la zona del “operativo de represión” montado por el gobierno de Kiev. Vladímir Putin no se ha pronunciado hasta el momento.

Tampoco se sabe qué posición asumirá Rusia sobre el resultado de las elecciones presidenciales. Serguei Narishkin, jefe de la Duma estatal, dijo el miércoles 14 que la no realización de las elecciones “sería un mal mayor, pero si se realizan, la legitimidad del nuevo presidente no será completa”.

De esta manera, la posibilidad de impedir un escenario de mayor caos dependerá no sólo del resultado de las elecciones del próximo domingo, sino de muchos factores: el Kremlin, el flujo del presupuesto, la voluntad política del nuevo gobierno para hacer concesiones y lograr un acuerdo, la posición de Estados Unidos y la Unión Europea, pero sobre todo de la disposición de las regiones rebeldes de pactar con Kiev.