Las cifras de la Fiscalía General sobre la trata de personas en Jalisco no parecen alarmantes, académicos advierten que el dato es engañoso: al investigar delitos relacionados con esa “moderna esclavitud”, se abren averiguaciones por ilícitos distintos y generalmente menores. Mientras tanto, víctimas como Zuria, enganchada en Guadalajara, dependen de la justicia que se les procure en otras entidades.
Aunque en el Congreso de la Unión se debaten los puntos finos de una nueva ley contra la trata de personas, en Jalisco se habla poco del problema; parece que la sociedad desconoce las modalidades de este delito o ya se acostumbró a tolerarlo.
Si se consultan sólo las estadísticas de la Fiscalía General del Estado (FGE) sobre la llamada moderna esclavitud, se pensaría que está prácticamente ausente de la entidad: que se abolió antes de ser descubierta.
De 2007 a la fecha, el Ministerio Público (MP) estatal ha conocido sólo siete casos de trata de personas en los 125 municipios, ninguno de ellos con fines de explotación sexual. Pero en ese lapso se registraron 67 casos de prostitución y pornografía infantil, así como 44 de lenocinio, por lo tanto existe una trama delictiva relacionada con esas cifras optimistas que puede arrojar más luz sobre el tamaño real del problema.
Mención aparte merece el delito de corrupción de menores. Entre 2007 y 2013 el MP persiguió 926 hechos de esa naturaleza, en los cuales a 103 víctimas se les obligó a cometer ilícitos, en 32 casos a mendigar y en 384 (a cuatro de cada 10) se les forzó a una actividad sexual.
Instituciones como la Secretaría de Seguridad Ciudadana tapatía recomiendan poner atención a ilícitos como el tráfico de menores y el abuso sexual infantil, cuya investigación también puede conducir a descubrir tramas de trata de personas en general. En el periodo mencionado se registraron 43 casos del primero, así como 113 de abuso, pero éstos sólo a partir de noviembre de 2012, cuando se tipificó esa conducta como delito grave en Jalisco.
Un caso paradigmático: el 22 de octubre de 2013 la FGE informó que detuvo a una mujer de 24 años que prostituía a dos menores, una de 14 años y la otra de 17, en complicidad con un taxista de 20 años que trasladaba a las víctimas a los moteles, donde se encontraban con clientes previamente contactados por teléfono.
Por lo general la tratante entraba en el cuarto donde ya esperaba un hombre, le cobraba el servicio y se iba para que una menor se quedara con él. Al terminar, las menores llamaban a la mujer, quien enviaba al taxista para llevarlas de vuelta al cautiverio.
La propia ley estatal vigente desde noviembre de 2012 estipula una pena de 15 a 30 años de prisión para quien incurra en la trata de personas. Sin embargo, la FGE no consignó a la mujer ni al taxista por ese delito, sino por incitación a la prostitución, prostitución infantil y corrupción de menores; todos ellos con una sanción menos severa: para el primero se aplica prisión de dos a tres años, para el segundo, de siete a 14, y para el de corrupción de menores, de tres a seis años.
El agravante se omitió, pese a que las víctimas declararon que al menos otras 15 menores habían sido explotadas por esas personas.
Para la catedrática María Antonia Chávez Gutiérrez, presidenta del Observatorio Latinoamericano sobre Trata y Tráfico de Personas, Capítulo México, señala los motivos de que haya tan pocas averiguaciones previas por trata, mientras otras modalidades de la misma y los delitos conexos se registran como ilícitos distintos:
“Pueden ser varios factores: por un lado, la incapacidad de fundamentarlo desde la referencia de trata por las limitaciones de los avances jurídicos, las propias dificultades que tiene la ley para ser operada, pero también creo que desafortunadamente siempre termina consignándose a las personas por el delito de menor impacto o menor gravedad. Identificar la trata y fundamentarla como un delito es algo que todavía no lo tenemos suficientemente apropiado”. Esto último lo atribuye la especialista a las pocas denuncias y a que no se le da la prioridad correspondiente.
La legislación castiga a cualquiera que participe en el delito de trata y en cualquiera de sus fases, y la define como “toda acción u omisión dolosa de una o varias personas para captar, enganchar, transportar, transferir, retener, entregar, recibir o alojar a una o varias personas con fines de explotación”.
La FGE indagó los siguientes casos de 2007 a 2013: siete de trata de personas, 34 de pornografía infantil, 44 de lenocinio, 33 de prostitución infantil, 43 de tráfico de menores y 926 de corrupción de los mismos. En el último caso se registró un promedio anual de 132 víctimas.
La historia de Zuria
Zuria fue enganchada por una red de trata en las cercanías del Estadio Jalisco y padeció explotación sexual en la Ciudad de México, donde conoció a otras víctimas de Guadalajara.
Relata que conoció a quien sería su tratante cuando apenas era una adolescente. Pasaron algunos años antes que comenzara a explotarla. Zuria, de 15 años, tenía una amiga muy cercana en su colonia cuya hermana mayor, Carla, era “enganchadora” de una red de trata.
Carla se encargó de que Zuria conociera a un tipo que llamaremos Rubén, que no llegaba a 30 años y comenzó a cortejarla. Ella se enamoró y aceptó viajar con él al Distrito Federal. Se hospedaron en casa de Carla durante un mes y Zuria estuvo bien, hasta la noche en que Rubén intentó forzarla a tener relaciones sexuales. Pelearon y Zuria regresó a Guadalajara.
“Él me marca al siguiente día que yo llego a Guadalajara –recuerda Zuria en entrevista– y me dice que yo para él estoy muerta y que él para mí también, que no le iba a estar rogando a nadie”.
La muchacha cumplió 18 años sin tener noticias de Rubén. El 10 de diciembre de 2012, sin embargo, la llamó “supuestamente pidiéndome ayuda. Me empezó a decir que le ayudara, que necesitaba dinero porque lo habían demandado. Me marca llorando, quiere que yo me vaya con él y es cuando acepto venirme para acá (al Distrito Federal)”.
Sin sospecharlo, Zuria dio el paso que la introduciría definitivamente en la red: “Fue por mí a la central de camiones. Llegó como a las 3 o 4 de la mañana, y a las 8 me levanta y me lleva a trabajar ese mismo día”.
Rubén ya no le pedía nada, sino le daba órdenes: “Me levanta y me dice que agarre ropa. Agarro un pantalón y una blusa; me lleva y me presenta a una chava, que me mete al hotel, me dice que me cambie y me pregunta si llevo condones y lubricantes. Me quedé en shock. Le digo: ‘¿Discúlpeme?’ Dice: ‘Sí’. Me vuelve a hacer la misma pregunta, agarro mis cosas enojada y me salgo, voy directamente con él, porque estaba afuera, y le pregunté si en realidad quería que me prostituyera. Se me queda viendo y me dice: ‘¡Es que no te estoy pidiendo permiso. ¡Lo vas a hacer!’
“Me bajé del carro y fui y me paré de buenas a primeras, porque si no lo hacía, no sé… tenía miedo porque de repente me habló tan alterado, me quedé así: no sé dónde estoy, no traigo dinero. ¿Y cómo le hago, a dónde me voy?”
Era el barrio de La Merced, uno de los principales puntos de prostitución de la Ciudad de México:
“Llega la chava que me lo había presentado (Carla) y me empieza a explicar todo: cuánto cobraba, todo lo que incluía (el servicio); termina ese día. Como a las 9 de la noche me marca (Rubén) y me dice: ‘Voy a pasar por ti’. Pasa y me dice: ‘¿Cómo te fue?’ Y yo: ‘Mmmh’. Me dice: ‘No le hace, dame el dinero’. Me le quedo viendo y le doy la mitad o menos, y se me queda viendo y me dice: ‘¡No me quieras ver la cara de pendejo, que de pendejo no tengo ni un pelo! ¡Esto no es ni la mitad de lo que ganaste! Se lo doy y me lleva a (la calle de) Sullivan.
“Ahí es cuando me presenta a otra de las madrotas. (Ahí estuve) todo el día, desde que amaneció hasta que anocheció, porque dejé de trabajar a las 3:30 o 4 de la mañana para volverme a levantar otra vez a las 8.”
Era la rutina de la esclavitud. Despertaba a las 8 de la mañana para que la llevaran a La Merced, donde trabajaba con vigilancia hasta las 21 horas; luego la trasladaban a Sullivan, para terminar hasta las 3 o 4 de la madrugada.
Los encargados de los hoteles donde daba el servicio y los taxistas eran parte de la red y recibían su parte de ganancia. Zuria promediaba cerca de 40 servicios en La Merced y una cifra similar en Sullivan; en el primer lugar la tarifa era de 200 pesos por encuentro; en el segundo, de 620 pesos. Hubo días, dice, en que generara casi 33 mil pesos, todo para su tratante.
“Me lo quitaba completamente. Le tenía que pedir permiso para agarrar dinero del que yo estaba ganando”. Sólo así podía comer algo. Este tipo de redes no le dan descanso a la mujer ni un solo día de la semana y las mantienen vigiladas. Zuria vivía en un lugar controlado por tratantes y conocido como “los cuartos verdes”, en la céntrica Delegación Cuauhtémoc.
Rubén golpeaba frecuentemente a la joven, la forzaba a tener relaciones sexuales y amenazaba con hacerle daño a su familia. Para que no la atacara por ese lado, ella le dijo que no le importaban sus parientes.
Hasta que un día, cansada y desesperada, tras un pleito con Rubén decidió escaparse. No tuvo otra opción que pedir ayuda a las autoridades. Pronto recibió un aviso:
“Me hablan por teléfono las chavas (compañeras enganchadas) y me dicen: ‘Ni vengas, te está buscando; acaba casi de matar a una de las chavas con las que platicabas y va contra ti. ¡No vengas!’ A los 15 días me vuelven a marcar y me dicen: Están dando medio millón de pesos por tu cabeza.”
Sin embargo, la Procuraduría General de Justicia capitalina detuvo a Rubén y a Carla, que ahora enfrentan un proceso por trata de personas. A Zuria la acompaña en su recuperación Reintegra, una fundación creada para apoyar a las víctimas de este delito.
–¿Cómo calificas tu experiencia al estar en manos de los delincuentes?
–Estaba llena de coraje; yo estuve ahí supuestamente por apoyarlo a él, y no podía hacer nada. Pensaba cómo iba a salir de ahí.
En La Merced y Sullivan conoció al menos a otras seis jóvenes que, como ella, fueron enganchadas en Guadalajara y trasladadas a la Ciudad de México para prostituirlas. Probablemente sigan esclavizadas.
Carla victimizó por lo menos a otra tapatía de 16 años, que fue rescatada después de Zuria en la Ciudad de México. En Jalisco, la FGE no abrió ninguna averiguación previa por trata de personas en su modalidad de explotación sexual contra los enganchadores locales.
“Es tan cruel porque hay muchas chavas –dice Zuria–; las jalan de Guadalajara. Dicen: ‘Me voy a juntar’ (con alguien), y tú no sabes lo que pueda ser. De hecho, hay tres chavas de allá de Guadalajara que vinieron al Distrito Federal y se las volvieron a llevar a Guadalajara; ahora están en San Juan de Dios. Y yo digo: ¿Por qué (las autoridades) no tienen conocimiento de esto? ¿No saben? He oído muchos comentarios como: ‘(Las muchachas) están ahí porque quieren’. Pero no estamos porque queremos, sino porque nos tienen obligadas, amenazadas, y no saben lo que se siente.”
Admite que no todas las víctimas denuncian, pero eso no le quita gravedad a la situación:
“Las tienen entrenadas. Les puedes decir (y responden) ‘es que estoy porque quiero, nadie me está obligando’, pero no es cierto… A mí también me lo hicieron. Si había un operativo (me advertían): ‘Tú no conoces a nadie, tú estás porque quieres, nadie te está obligando, nadie cobra aquí y ustedes pagan el taxi, punto’.”
A los 19 años y nuevamente libre, Zuria está ayudando a otras supervivientes de la trata. Sus estudios quedaron truncos, pero está por ingresar a la preparatoria, lista para seguir su vida.
Números oficiales
La Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres (Fevimtra) investigó ocho casos de trata en Jalisco y lo ubica como el undécimo lugar en incidencia de ese delito. Las indagatorias correspondientes se extendieron a varios estados y al extranjero.
El MP federal debe investigar y sancionar la trata en distintas circunstancias. Las principales son cuando la comete una organización criminal y cuando rebasa las fronteras, por ejemplo, si las víctimas son trasladadas desde otros países para ser explotadas aquí o viceversa; también cuando están involucrados agentes federales u ocurre en territorios administrados por la federación. Fuera de esto, le compete a las autoridades locales.
Registros de la Procuraduría General de la República que abarcan desde 2008 hasta abril de 2013 dan cuenta de sólo 304 casos de este delito en todo el país, así como del rescate de 402 víctimas. De éstas, la mitad fueron mujeres adultas (197), un tercio niñas (130), una décima parte hombres (46) y 29 niños. Esto significa que las mujeres y niñas representan ocho de cada 10 víctimas de trata rescatadas en México.
Según la misma corporación, las entidades con mayor incidencia en la trata de personas en el periodo señalado fueron el Distrito Federal, con 65 averiguaciones previas, Chiapas (52), Puebla (42), Tlaxcala (37), Estado de México (25), Guanajuato, Veracruz y Chihuahua (17 cada uno), Tamaulipas y Oaxaca (12 cada uno).
En tanto, Jalisco fue el escenario de ocho averiguaciones del ilícito, en seis de las cuales la Fevimtra rescató seis víctimas: cinco adultas y una niña. En seis casos la modalidad de trata fue explotación sexual, en otro por trabajo forzado y el último por esclavitud. Se detuvo a 12 personas: siete hombres y cinco mujeres.
A nivel nacional, tres de cada cuatro casos de trata entre 2008 y 2013 (un total de 229) fueron por explotación con fines sexuales. El resto fue para trabajos forzados y explotación laboral, esclavitud y, en menor medida, con apenas dos casos, para extirpación de órgano.








