La fiesta en Paz

Acerca de la tauromaquia Octavio Paz dejó registros que, si bien no alcanzaron a tomar forma de ensayo, artículo, argumentación o entrevista, pueden encontrarse en uno que otro de sus versos (… Muge el toro sansón, herido y solo/ por los sinfines de la noche en ruinas…). No inclinado por la fiesta brava, el Premio Nobel de Literatura tampoco estuvo del todo ajeno a ella…

Los poetas deben conocer

los oficios de los hombres.

Octavio Paz

 

 

Los presentes de la poesía, sus regalos al espíritu de cuantos se aproximan a ella, son incontables, incluido su obsequio fundamental: señales al corazón y a la inteligencia, a la necesidad imperiosa de desaprender lo impuesto, lo aprendido e inculcado, para aprender a habituarnos al gozo, ese destino escamoteado de la humanidad.

Si un escritor mexicano contemporáneo le hizo verdadera falta a la tauromaquia, ese fue Octavio Paz, no obstante haber afirmado alguna vez que “la sociedad se paraliza si deja de ser autocrítica”. Su enciclopedismo entusiasta, su erudición encantadora y su verbo elegante y agudo no dedicaron ensayo, artículo, argumentación o entrevista al fenómeno taurino de su tiempo. Si acaso breves alusiones en algún verso (Muge el toro sansón, herido y solo/ por los sinfines de la noche en ruinas…) o en la prosa poética de ¿Águila o sol? (Te prometo una tarde de toros y una cornada y una ovación… Soy una capa donde embisto, capas ilusorias que tienden toreros enlutados. ‘Don Tancredo’ se yergue en el centro, relámpago de yeso. Lo ataco, mas cuando estoy a punto de derribarlo siempre hay alguien que llega al quite. Embisto de nuevo, bajo la rechifla de mis labios inmensos, que ocupan todos los tendidos. Ah, nunca acabo de matar al toro, nunca acabo de ser arrastrado por esas mulas tristes que dan vueltas y vueltas al ruedo, bajo el ala fría de ese silbido que decapita la tarde como una navaja inexorable.) o su perspicaz cuanto lejana frase: El toreo es poesía en movimiento.

No, no se requería que Paz hubiese sido aficionado como Villaurrutia y Pellicer, como Solana, Huerta o Chumacero, entre otros; se necesitaba –la salud de la fiesta de toros de México lo necesitaba– que su genio literario y su cultura vastísima se hubieran aproximado al tema en alguna de sus numerosas obras críticas o en las revistas que dirigió. Tema obligado por lo demás, ya que las obsesiones pacianas por lo local y lo universal, por México y España, por la creación y la expresión, los lenguajes del arte, la estética, el amor y la política, la inteligencia y la libertad, lo individual y lo social, lejos de proscribir lo taurino obligaban a incluirlo, ya fuera para impugnarlo o para ponderarlo, pero en todo caso para ser objeto del análisis inteligente y multidisciplinario que supo imprimir a su obra ensayística. Sin embargo, la tradición taurina de su país fue una de las realidades culturales que, por extrañas razones, apenas atraparon la curiosidad del prolífico escritor.

 

Fugaz aproximación

 

En la revista Letras Libres de abril de 2012, el escritor Guillermo Sheridan refiere que su amigo el investigador Felipe Gálvez le obsequió una nota que da cuenta de un casi desconocido encuentro entre Octavio Paz y El Faraón de Texcoco, Silverio Pérez, en la revista Así (número 47, del 4 de octubre de 1941, con la fotografía de ambos charlando afablemente, como si hubiera habido otra forma de hacerlo con el Compadre), dirigida por el periodista Gregorio Ortega, y donde el poeta colaboraba.

Sheridan afirma: “Porque a Paz le gustaban los toros. De niño vio torear a Sánchez Mejías en Puebla, como cuenta en su ‘Saludo a Rafael Alberti’ (1990), poeta de la fiesta grande, como García Lorca y Miguel Hernández. Más que gusto, Paz tuvo por los toros una simpatía que alza el testuz aquí y allá en las praderas de su obra. Por ejemplo, en un poema de 1939, ‘Los viejos’, mira a los ‘toros ciegos y violentos / de huracanado luto rodeados’”.

El autor de Poeta con paisaje agrega: “En Al vuelo de la página. Diario 1990-2000, libro admirable y nutritivo que acaba de publicar, Juan Malpartida cuenta una visita a Paz en 1994. Hablando de su amor a la fiesta, le contó que todavía frecuentaba la plaza a principios de los años cincuenta, pero ciertas opiniones de no sé quién –un escritor francés– le hicieron abandonar la afición, y luego de su estancia en la India ya le fue imposible ver el sacrificio… En 1966 (sic), en La búsqueda del comienzo (escritos sobre el surrealismo), escribe Paz: ‘En el toreo el peligro alcanza la dignidad de la forma y ésta la veracidad de la muerte. El torero se encierra en una forma que se abre hacia el riesgo de morir. Es lo que en español llamamos temple: arrojo y afinación musical, dureza y flexibilidad’”. Y concluye Sheridan: “En todo caso, por 1972 y por lo menos en público, Paz se ha salido de la plaza: Odio ese espectáculo infame”.

Sin embargo, luego de aquel encuentro fortuito de 1941 hubo otro aún menos conocido pero más revelador entre el poeta y El Faraón, cuando éste, retirado de los ruedos y durante uno de los tres periodos en que ocupó la presidencia municipal de Texcoco, a mediados de los años sesenta, fue invitado a una comida que Antonio Ariza ofreció en su rancho San Antonio y a la que también asistió Octavio Paz.

“Ya encarrerados”, al término de la comida algunos de los comensales, incluido Paz y otras personalidades, se dirigieron a Texcoco a una popular cantina llamada El Turista, donde siguieron turisteando frente a copiosos neutles. En determinado momento, el autor de Libertad bajo palabra preguntó a Silverio: “¿Cuánto cobrabas por una corrida”. Al escuchar la respuesta, el poeta y ensayista volvió a inquirir: “¿Sabes cuántos libros tengo que vender para reunir esa cantidad?”.

Sin esperar la cifra, con aquel humor que lo caracterizó, el Monarca del trincherazo le propuso entonces: “¡Pues a torear, maestro!”.

Ahora bien, ¿qué razones o sentimientos pudieron influir en esta notoria indiferencia de Paz hacia la tauromaquia como original expresión de los dos pueblos que más amó y rito milenario en otras civilizaciones que conoció y admiró?

¿Tal vez su paso temprano por colegios americanos y franceses? ¿Su estadía infantil en Los Ángeles? ¿Un probable antitaurinismo de su madre, Josefina Lozano, hija de emigrantes gaditanos? ¿Acaso su obsesión por la vanguardia, su odio por la sangre o una modernidad culturalmente correcta, incluso antes de la obtención del Nobel? ¿Consideró que lo taurino daba poco para lo intelectual o le chocaron la literatura y la música existentes? ¿O privó un prurito diferenciador frente a Ortega y Gasset, Lorca, Bergamín o Alberti, que con tanta fortuna se ocuparon del tema?

¿Lo marcó quizá la taurofobia de su cosmopolita maestro el saltillense Julio Torri, escandalizado con la precoz fama y estimable fortuna de su iletrado paisano Armillita; el fantasma de Jorge Cuesta o la aversión de Juan Ramón Jiménez y otros autores por las corridas? ¿De plano lo predispuso el taurinismo del padre zapatista y bronco, Octavio Paz Solórzano, “Atado al potro del alcohol”, y al que a regañadientes acompañaba al Toreo de la Condesa o al de la ciudad de Puebla?

Situación probable

 

Imaginemos escenas posibles: domingo 12 de abril de 1925. El futuro poeta acaba de cumplir 11 años y para festejarlo su padre le regala asistir a la despedida del ídolo taurino de México, Rodolfo Gaona, cuando en realidad el niño quería revisar un libro de estampas femeninas en la vieja biblioteca de su abuelo Ireneo.

Romería desde temprano para abordar el tranvía que los acerca de Mixcoac a la plaza. Al llegar a ésta el gentío se multiplica y para el introvertido “festejado” el ruido se hace insoportable. Con otros amigos del carismático padre comen en una fonda de los alrededores, donde comienzan los brindis por El Indio Grande. Entre el destripadero de caballos aún sin peto, la apoteosis y más tragos, se desarrolla el festejo. Triunfan Gaona y las expectativas del público, que excitado sale a continuar la fiesta en las mismas fondas.

Más bien aburrido y cansado de insistirle al padre que se retiren, el chiquillo regresa a su casa solo. En el trayecto, al fondo del tranvía semivacío, aquel niño hipersensible e inteligente empieza a detestar esa afición de su progenitor y mirando la oscuridad se promete acudir a otros clásicos que no sean toreros y a otras luces que no sean las de los ternos. Quizá ahí nació el hombre de letras y se esfumó el analista taurino en potencia.

Con el paso del tiempo y en su afán por adoptar una actitud original hacia la fiesta de toros, Paz resultará idéntico a la gran mayoría de los intelectuales mexicanos, es decir, ataurino, sin mostrar mayor interés por el asunto. Observador de una tradición “culta”, el ilustre escritor no evitará caer en el lugar común de desdeñar una expresión identitaria hace años en decadencia, entre otras causas por la falta de plumas con capacidad para observar, analizar, cuestionar y crear en torno al malhadado tema de la tauromaquia de México, manoseado, incomprendido y a la vez esencial en la apreciación de la idiosincrasia de no pocos de sus habitantes y de una tauromaquia distintiva, por lo menos desde la época de Gaona.

En cualquier caso y dadas las lamentables circunstancias que en décadas recientes acusa la fiesta de los toros en México, el silencio de Octavio Paz en torno a ésta podría decirse que resultó “casi” justificado. Pero hubo otras épocas, la de Silverio y los demás, por ejemplo, en las que, parafraseando al poeta, el arte mexicano de torear no fue una receta, sino una hermosa, perturbadora pregunta, que aquél pudo haber enriquecido con una mirada más atenta.