Durante los últimos meses, la actividad diplomática del presidente y el canciller ha sido intensa. Más que en otras ocasiones, la mirada se ha dirigido al sur. En un intervalo corto, el mandatario ha estado en Cuba, Ecuador, Chile, Honduras y Panamá; por su parte, el titular de la SRE ha realizado una gira muy completa por el Caribe, incluyendo Venezuela, en anticipación a la reunión de la Asociación de Estados del Caribe y México que se celebrará en territorio mexicano a finales del presente mes; también ha visitado Perú.
Para julio se espera un encuentro aquí entre los mandatarios de los países de la Alianza del Pacífico: Chile, Perú, Colombia, México, al que muy posiblemente se una Panamá, con el que se acaba de firmar un Tratado de Libre Comercio. Falta el acercamiento a las naciones de la Costa Atlántica –Brasil desde luego–, pero es comprensible que esto no ocurra antes de la Copa Mundial de Futbol.
Sin duda, hay elementos novedosos en la relación con América Latina. Lo más notorio se da en el caso de Centroamérica. Existe un fideicomiso que permite vincular cooperación y financiamiento para proyectos específicos. No es mucho, y no se han dado detalles sobre cómo se utiliza; sin embargo, es un paso adelante hacia programas más acabados para la cooperación con los vecinos del sur.
Ahora bien, el acto más significativo para mejorar la relación con Centroamérica, en particular con los países cuyos nacionales atraviesan el territorio mexicano para dirigirse a Estados Unidos, fue el tono y el contenido de las declaraciones durante la visita del presidente Peña Nieto a Honduras.
Una de las espinas en el corazón de la relación de México con Centroamérica es el maltrato a los transmigrantes, no sólo por parte de autoridades mexicanas sino, sobre todo, por parte de criminales que los agreden, secuestran, extorsionan y, en numerosos casos, los matan. San Fernando es una tragedia que no es fácil olvidar.
Por ello es bienvenido el lugar que dio Peña Nieto en Honduras al compromiso de crear mecanismos para la protección y defensa de los derechos humanos de los hondureños en su paso por México rumbo a Estados Unidos. Su discurso estableció un contraste notable con la manera como se enfrentó el problema en época de Calderón. En aquel entonces, con motivo de los acontecimientos de San Fernando, se envío a un subsecretario que –al menos así se percibió en los medios– fue a reclamar la falta de responsabilidad de los centroamericanos sobre los movimientos migratorios(!).
Esta vez se ha hablado de corresponsabilidad, pero de otra forma. Ahora se trata de sumar esfuerzos con las autoridades locales de ambos países, particularmente con los gobiernos estatales de México. Honduras, a su vez, abrirá cuatro consulados más en lugares neurálgicos para el paso de migrantes, como son, entre otros, Tenosique en Tabasco o Acayucan en Veracruz.
Falta ver cómo se implementan tales compromisos y lo eficientes que puedan ser. Por lo pronto, el cambio de enfoque es positivo; el impacto político sobre la relación con Honduras pavimenta el camino para atender mejor uno de los problemas más complejos de la relación de México con Centroamérica.
Con Sudamérica los temas son otros. La Alianza del Pacífico se consagra como el proyecto más acabado del actual gobierno para identificar socios estratégicos y definir agendas en América Latina. El libre comercio sigue siendo caballo de batalla para México, lo cual presenta peligros por verse, irremediablemente, como mensaje subordinado a Estados Unidos y como elemento de división frente al Mercosur.
En ese contexto, son interesantes las acciones que pueden equilibrar, como es la visita a Ecuador y la decisión de no tomar liderazgo respecto al tema de los derechos humanos y la democracia en Venezuela. Ante lo que allí ocurre, pleno de matices de gris, lo conveniente es seguir los vientos que soplen en la mayoría de los países latinoamericanos que, a nivel de gobiernos, han optado por mantener distancia.
Vista en su conjunto, la mayor actividad hacia el sur deja impresiones ambivalentes. Sin duda, hay elementos positivos, pero no se percibe la estrategia para dejar huellas de largo plazo en la región. Se advierten dos ausencias muy evidentes: una son las acciones para el ejercicio del “poder suave” de México. No se conoce el paquete para la presencia cultural de éste en América Latina, que podría ser producto de una buena coordinación con Conaculta. ¿Existe?
Hubiera sido deseable, por ejemplo, que, como señaló hace poco en un programa radiofónico Genaro Lozano, los homenajes a Octavio Paz se generalizasen en todas las naciones de habla española. Al parecer no ha ocurrido así. De hecho, muchas propuestas que han circulado para la mayor presencia de México, como sería un canal de televisión, no han sido tomadas en cuenta. Tampoco existe una buena evaluación de lo que se efectúa en materia de intercambios académicos o proyectos en ciencia y tecnología.
La siguiente ausencia es la de una agenda para las visitas que refleje los retos principales en las relaciones internacionales de México. En los comunicados oficiales no se destacan los aspectos relativos a la política en materia de energía; no están bien identificados los temas globales que se tratan en foros multilaterales, donde la coordinación debiera ser mayor; no se habla de las coincidencias y diferencias en la relación con Estados Unidos; no se establecen posiciones ante las negociaciones del TPP. En resumen, hay una agenda de visitas más abultada, pero sigue resintiéndose la falta de un proyecto más preciso y a más largo plazo.








