La carta, enmarcada, protegida por un cristal, está a la vista de la acogedora, cómoda, bien surtida y muy visitada biblioteca del Colegio Williams, donde Octavio Paz concluyó su primaria en los años 20.
Proceso recorre el magnífico edificio bajo la conducción de su director académico, el licenciado Juan Williams Muldoon, y por la directora de Difusión Cultural, Oralia Castillo Nájera. Era la casa de campo del ministro de Hacienda de Porfirio Díaz, José Ives-Limantour. En 1899 se fundó la escuela.
Como Paz no escribió una biografía, Guillermo Sheridan y Gustavo Suárez Jiménez hicieron un montaje en base a recuerdos del poeta que publicaron en 1994, titulado “Octavio Paz por él mismo. 1014-1924”. Ahí se lee:
“Una tarde, al salir corriendo del colegio, me detuve de pronto; me sentí en el centro del mundo. Alcé los ojos y vi, entre dos nubes, un cielo azul abierto, indescifrable, infinito. No supe qué decir: conocí el entusiasmo y, tal vez, la poesía.”
El 12 de marzo de 2003, a cinco años del fallecimiento de Paz, su viuda Marie-José, como consignó Columba Vértiz en Proceso, fue invitada por la escuela en un homenaje para el cual los alumnos participaron en un concurso donde le dedicaron poemas. Incluso se instauró una beca con el nombre del poeta. Ahí la señora Tramini contó que el niño Paz no pudo seguir en la secundaria Williams debido a la falta de recursos.
En 1995, el exalumno, ya de 81 años, había sido invitado para una ocasión similar, pero no pudo asistir. El 20 de septiembre envió entonces la carta que los directivos enseñan con orgullo, membretada en su parte superior con su dirección, Paseo de la Reforma 169-104, 06500, México, D.F.:
A los alumnos del Colegio Williams
Queridos amigos:
Una repentina indisposición me impide estar con ustedes este día. Lo siento muchísimo. ¡Cómo me hubiera gustado recorrer con ustedes y sus profesores los salones de clase y los campos deportivos de mí viejo y amado Colegio Williams!
Sus cartas y sus mensajes me han conmovido. Vienen de muy lejos, de mi niñez y de mi adolescencia… y vienen de muy cerca, del edificio del Colegio Williams, que no ha cambiado de sitio desde hace más de medio siglo. Allá estudié, como ustedes ahora, la aritmética, la geometría, la gramática, la historia de México y la del mundo. También aprendí a jugar footbol y basquetbol. Recuerdo con emoción a mis maestros, al profesor De la Mora, al profesor Saucedo; también al de inglés, el señor Vega y al más popular de todos, Charley Williams, nuestro iniciador no sólo en el saber de los libros sino en el de los deportes. También recuerdo a nuestro querido Director Johnny Williams, una persona que supo hacerse estimar y que logró algo aún más difícil: hacerse querer. En el Colegio Williams aprendimos a adiestrar nuestras mentes y nuestros cuerpos. Aprendimos asimismo algo más precioso: a cultivar al alma y fortificar el carácter. Así comenzamos, como ustedes ahora, ese largo aprendizaje que no termina nunca: el de ser hombres y mujeres cabales.
Con estas líneas les envío un abrazo y mis mejores augurios,
Octavio Paz








