En la soledad política

Artífice de la transición de España a la democracia, Adolfo Suárez murió el domingo 23. La clase política y los medios españoles se deshicieron en elogios hacia su figura pero pasaron por alto que varias veces lo atacaron y abandonaron. Ello sucedió, por ejemplo, en vísperas del intento del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuando los partidos políticos maniobraron para derribar su gobierno y el propio rey Juan Carlos le retiró su apoyo. “Esa es una actitud muy española: somos muy generosos en los obituarios, pero muy avaros en la vida”, dice José Antonio Zarzalejos, escritor y periodista que investigó la vida y obra del expresidente.

MADRID.- “España tardó demasiado en reconocer y homenajear los méritos de Adolfo Suárez como una pieza clave para que el país transitara del Estado dictatorial a la democracia constitucional. Y sus últimos años, antes de perder la conciencia por el Alzhei­mer, los vivió en la más absoluta soledad política”, refiere el escritor y periodista José Antonio Zarzalejos.

Esto contrastó con el interés que tuvieron la clase política y los medios por enaltecer la figura de quien fue primer presidente de la democracia española, desde el momento en que su hijo, Adolfo Suárez Illana, dio a conocer el viernes 21 que la muerte de su padre era “inminente”. El pronóstico se cumplió. Iniciada la tarde del domingo 23 murió por un “deterioro neurológico severo”.

Para Zarzalejos, exdirector del diario ABC y autor de varios libros, “Suárez se fue con el cariño y reconocimiento de la opinión pública que comprendió sus méritos y entendió que no fue un hombre comprendido”, como se pudo ver en los miles de españoles que acudieron a despedirlo a la capilla ardiente instalada en el Congreso de los Diputados y “en el trayecto del cortejo fúnebre por las principales calles de Madrid y de Ávila”, donde fueron depositados sus restos, con aplausos y gritos de reconocimiento.

“Pero también su partida sacó a la superficie la mala conciencia de los que fueron sus compañeros de política y que lo abandonaron –dice–, igual que muchos de sus adversarios políticos, que lo atacaron de forma inmisericorde hasta derribarlo (de la Presidencia). Cayeron en el elogio hiperbólico, excesivo, exorbitante.

“No había necesidad de tantos calificativos para enaltecer a Suárez: ‘El mito’, ‘El forjador’, ‘El padre de la patria’, decían. Pero eso pasa con la mala conciencia, lleva a desorbitar los calificativos de un elogio que se convierte en desmesurado, hipócrita. Esa es una actitud muy española, somos muy generosos en los obituarios, pero muy avaros en la vida”, afirma en entrevista.

 

El episodio del 23-F

 

En su opinión “la imagen que sintetiza la historia de Adolfo Suárez” es la del presidente sentado en su escaño el 23 de febrero de 1981, mientras el hemiciclo del Congreso de los Diputados es tomado por guardias civiles rebeldes que añoran las reglas de la dictadura, irrumpiendo y disparando al techo.

Zarzalejos recurre al libro Anatomía de un instante (Random House, 2009) para afirmar, tal como desmenuza el autor Javier Cercas en su ensayo periodístico, que esa “es la imagen que quedará para la historia de Adolfo Suárez, sentado en su escaño, como también pasó con (el líder comunista) Santiago Carrillo y el vicepresidente, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, enfrentándose a los golpistas.

“Es la imagen de la soledad y de la dignidad de un presidente del gobierno ante el grupo de sublevados”, dice.

Como resumen de esa confabulación para derrocar a Suárez, Cercas dice en su libro:

“Es verdad que durante el otoño y el invierno de 1980 la clase dirigente española se ha entregado a una serie de extrañas maniobras políticas con el objetivo de derribar del gobierno a Adolfo Suárez, pero sólo es verdad en parte que el asalto al Congreso y el golpe militar sean el resultado de esa confabulación universal. En el golpe del 23 de febrero se engarzan dos cosas distintas: una es una serie de operaciones políticas contra Adolfo Suárez, pero no contra la democracia, o no en principio; otra es una operación militar contra Adolfo Suárez y también contra la democracia. Ambas cosas no son del todo independientes, pero tampoco son del todo solidarias: las operaciones políticas fueron el contexto que propició la operación militar; fueron la placenta del golpe, no el golpe: el matiz es capital para entender el golpe.”

En su artículo publicado el martes 25 (“La coalición negativa que derribó a Suárez se refugia en el obituario”, diario digital El Confidencial), Zarzalejos recordaba la publicación en 2007, siendo director de ABC, de una entrevista que Josefina Martínez del Álamo le hizo a Suárez en 1980, dos meses antes de su dimisión, “una entrevista tan sincera y desgarradora que los colaboradores del expresidente vetaron su publicación”.

En ella Suárez decía: “La clase política le estamos dando un espectáculo terrible al pueblo español” y agregaba que “nadie intenta hacer crítica objetiva de las actuaciones políticas con independencia de los partidos. (…) Yo no tengo vocación de estar en la Historia. Además, creo que ya estaré, aunque ocupe una línea, pero eso no compensa”.

Suárez criticaba que “los políticos están cada día más separados del pueblo… porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña”.

Y sobre él decía en un tono de abatimiento: “Soy un hombre absolutamente desprestigiado… yo sólo digo que me juzguen por mis obras, que no son todas deleznables”.

Zarzalejos sostiene que esta entrevista, que tardó 17 años en ser publicada, “es buena muestra del estado de ánimo en el que se encontraba en 1980. Por eso queda claro que con su muerte se pone de manifiesto que hay una historia pendiente de contar, que es la historia de las traiciones a Adolfo Suarez”.

Sin embargo, para Zarzalejos, pese al estado de ánimo de Suárez, hay una anécdota poco conocida que relata: “En algún momento de la toma del Congreso los guardias civiles rebeldes se llevan a Suárez a unas dependencias situadas al lado del hemiciclo y ahí se ven las caras el presidente del gobierno y Tejero, y haciendo uso de sus facultades de gobierno Suárez le ordena imperativamente a Tejero: ‘¡Cuádrese! ¡Ante mí, cuádrese!’. Esta reacción confunde a Tejero, que aunque no se cuadra, opta por irse del sitio.

“Es una anécdota muy importante porque Adolfo Suárez no pierde de vista nunca su condición de presidente del gobierno. Y se comporta como tal, con todos los riesgos que eso implicaba. Si bien es un hecho del que no hay imagen, sí es una anécdota que lo enaltece”, sostiene.

El entrevistado recuerda que Suárez anunció su dimisión el 29 de enero de ese año, menos de un mes antes del golpe, día en que iba a ser elegido su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo.

La dimisión, explica, se suscita porque había “una coalición negativa” contra él, pero no solo desde fuera de UCD sino dentro del propio partido. De ahí se identifican varias figuras que lo abandonan, como Landelino Villa (ministro de Justicia y presidente del Congreso); Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Marcelino y Jaime Mayor Oreja, entre otros. Antes había “roto con su amigo y socio político, Fernando Abril Martorell, una ruptura que le dolió mucho”.

A eso se añadió una medida de “cálculo político” del rey, que le retira la confianza.

“El monarca se da cuenta que en un determinado momento Adolfo Suarez pierde el control y el orden dentro de su propio partido, pero también cree que la monarquía necesita una legitimación de ejercicio, no sólo la jurídico constitucional, sino que necesita una legitimación de ejercicio y esa legitimación se producía con un hecho absolutamente inédito, que un rey que tiene un origen de legitimación franquista ostente la jefatura del Estado con un gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de tradición republicana. Y efectivamente esto se produce en la elección de 1982, cuando Felipe González y el PSOE consiguen una mayoría absoluta histórica y se obtienen 202 de los 305 escaños de la cámara baja del Congreso. Desde ese año y hasta 1996, el rey mantiene una relación estrecha con Felipe González”.

Apunta: “El tiempo demostró que Adolfo Suárez fue un hombre instrumental del rey, pero absolutamente indispensable, además que fue un hombre honesto y honrado desde el punto de vista político y personal”.

En sus cinco años de gobierno (1976-1981), explica, Suárez hizo unas elecciones en 1977, en 1978 se aprobó la nueva Constitución, y volvió a convocar nuevas elecciones. Y ahí agotó todo su capital político.

Pero además tomó tres decisiones “que provocaron muchos problemas con sectores de la sociedad que estaban muy próximas con el final del franquismo. Primero fue la ley de Amnistía Política de 1977, que sacó mucha gente de la cárcel pensando que eso iba a extirpar el terrorismo de ETA y de GRAPO. Pero no fue así, aunque sí sirvió para que algunos sectores de la banda terrorista ETA dejaran las armas”.

Otra medida fundamental fue la legalización del Partido Comunista, en abril de 1977 y la tercera, la restauración por decreto de la Generalitat de Cataluña en octubre del mismo año, reponiendo la presidencia al que era el presidente en el exilio desde 1954, Josep Tarradellas.

“Creo que estas tres decisiones fueron verdaderamente críticas por parte de Adolfo Suárez, sin las cuales probablemente no hubiese podido rodar la negociación de la Constitución y su puesta en marcha”, sostiene.

 

“España llega tarde”

 

Zarzalejos asegura que el distanciamiento institucional del rey –lo que fue detonante de su salida del gobierno– no obstaculizó que mantuvieran una relación amistosa. “Y Suárez nunca hizo explícito su disgusto, era de una fidelidad absoluta. El rey también mantuvo la cercanía y su preocupación por la enfermedad del expresidente”.

El entrevistado sostiene que si bien el rey lo hizo duque de Suárez, que implica tener Grandeza de España, que es el máximo grado de nobleza que otorga el rey, también por parte de la Casa Real hubo tardanza en el reconocimiento a Suárez.

“Pasaron 14 largos años para que en 1996 se le diera el premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Fue muy tarde. Él abandonó la vida política en 1991. En 2003 se empezó a manifestar su enfermedad al grado de desconocer que había sido presidente.

“En 2007 el rey le otorgó el Toisón de Oro, que es la máxima condecoración que él entrega personalmente, cuando ya no era capaz de darse cuenta por estar muy afectado por el Alzheimer”. La entrega se hizo en julio de 2008, cuando los monarcas visitaron al expresidente en su domicilio, que su hijo Suárez Illana inmortalizó con una fotografía del rey y su padre caminando por los jardines de la casa familiar.

“Antes de que perdiera la memoria, permanece en el olvido. Nadie le llama para que forme parte de un consejo de administración de alguna empresa ni para una asesoría económica o para que presida un órgano como el Consejo de Estado, que podría ser un puesto para un expresidente como él. Es terrible”, dice Zarzalejos. Y remacha: “Es claro que España ha llegado tarde al homenaje y al reconocimiento a Adolfo Suarez”.