Carta abierta Al doctor Mireles, a Hipólito y a Estanislao

Compañeros queridos:

 

Lamento mucho que hayan tenido que levantarse. Nadie toma las armas si no es porque un agravio inmenso y sistemático se cierne sobre él y la nación entera. Como el doctor Mireles ha narrado en sus entrevistas, la lucha de ustedes es la consecuencia de una ausencia atroz del estado de derecho, de un vasto deterioro de la cultura política y de serias complicidades de funcionarios públicos y de partidos con el crimen organizado.

Lamento mucho igualmente que las abstracciones políticas e ideológicas no los hayan comprendido y los miren con sospecha. Unas y otras olvidan que México no es Colombia y que Michoacán no es Chiapas. Su historia es distinta. Está hecha de un pasado religioso profundo que sólo unos cuantos han tenido el valor de historiar; está hecha también de propietarios rurales que han sabido convivir con los pueblos indios que desde “Tata” Vasco han conservado la dignidad y la autonomía. Aunque pocos parecen considerar su inmenso dolor, las entrañas quemantes de su coraje y la esperanza anidada en su corazón, ustedes son –como ayer el EZLN y el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD)–  una expresión pública de la dignidad y de la reserva moral del país.

Ciertamente no soy partidario de las armas. Me he opuesto ellas, al lado del MPJD, con todo mi corazón. A eso, entre otras cosas, fuimos, hace poco más de un año, a Estados Unidos. Ese país, que vende armas sin control, no ha dejado de armar al crimen y al Estado, y de propiciar esta guerra. Pero soy más enemigo de la indefensión. Quien no defiende a su familia y no es capaz de dar la cara por el prójimo, se vuelve cómplice de la ausencia de Estado y del crimen.

Hace ya casi tres años, hacia el final de la segunda caravana que recorrió el sur del país, después de los diálogos que sostuvimos con los poderes, y mirando la ceguera del gobierno y los partidos para asumir con seriedad la emergencia y la tragedia humanitaria, dijimos que seríamos el último movimiento no-violento que habría en el país. Las palabras resultaron, por desgracia, ciertas. Ustedes son esas palabras. Su lucha se concentra en lo que está en el fondo de los seis puntos del pacto promovido por el MPJD, en el fondo también de la lucha zapatista y de los Acuerdos de San Andrés: la reconstrucción de un verdadero estado de derecho donde todos, en paz, podamos florecer y ser respetados en lo que somos: un común con muchos rostros.

En este sentido, su clamor, a pesar de concentrarse en Michoacán, sigue siendo el mismo de toda la nación. Ese clamor no será aplacado con golpes mediáticos ni a través de reformas estructurales hechas al vapor que, en su búsqueda de entregar todo a la lógica de los capitales, auspician el desgarramiento del tejido social allí donde el crimen florece. Sólo se aplacará cuando el Estado y los partidos sean capaces de sanar su degradación política y puedan recuperar su vocación de servidores de la paz y de la justicia de la gente. Por eso, como muchos, comprendo su firme determinación de no entregar las armas mientras eso no suceda. Ustedes están jugándose la vida y, si el Estado no responde, quedarán indefensos ante el infierno. Ustedes, como nosotros, como los zapatistas, los pueblos purépechas y las policías comunitarias de Guerrero, no somos enemigos del Estado, sino de su corrupción, de su ausencia y de su incapacidad para garantizar la vida de todos.

Sé que hay un grave peligro en su forma de lucha. En el lodazal que es México no sólo corren el riesgo de ser, como ahora, incomprendidos, sino penetrados por grupos criminales que operan dentro y fuera del Estado. Sin embargo, cuando se defiende lo más sagrado, la vida misma y la dignidad, uno de sus atributos más valiosos, esos peligros –ustedes son la prueba– se vencen, y nosotros sabremos reconocerlos cada vez que hablen claro y sus actos tengan el mismo peso que sus palabras; cada vez que no ejerzan una violencia que sea mayor a la de los criminales, cada vez que el odio, en medio de la lucha, no obnubile su corazón y conviertan la justicia en venganza.

¿Cómo, sin embargo, y para no dejarlos solos ante esos peligros, podemos juntos reconvertir a un Estado que renunció a la más cara de sus atribuciones: cuidar la paz de los ciudadanos y garantizar sus más preciadas libertades? ¿Cómo podemos caminar de nuevo para volver a latir al unísono con el corazón de la nación? Ustedes, en Michoacán, al igual que los zapatistas lo fueron en Chiapas, que las policías comunitarias en Guerrero, son hoy, como digo, el foco de la dignidad. De manera semejante a ellos, conocen sus comunidades y el ritmo de las mismas. El país entero debe aprender a escucharlos, al igual que ustedes aprendieron de los purépechas y ellos, como el MPJD, del zapatismo. Así, unos y otros podemos ir reconociéndonos y uniéndonos de nuevo para cambiar la vida derruida del Estado.

Esto es lo que tenía que decirles, queridos compañeros. No podemos perder la reserva moral del país; no podemos dejar a nadie en la indefensión y la angustia, no podemos mantenernos en luchas aisladas. La nación requiere que, juntos, dejemos un día de vivir esta tragedia.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.