El TLC sacó al cine de cartelera

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) “sacó al cine mexicano de cartelera”, denuncia el cineasta Alan Coton con juicio inflexible:

“Esto es un hecho”.

Justo ahora que la industria del cine nacional goza de un momento de producción mayor, el director de Sofía (2000), Soba (2004), Nesio (2008), Una frontera todas las fronteras (2010) y Polos (2013) subraya a este semanario que “con el TLC se ha vivido una masacre perpetrada contra uno de nuestros baluartes más representativos: en 20 años cosechamos la destrucción de la industria cinematográfica mexicana”.

Vocal del Comité de Fiscalización y Vigilancia de la Sociedad Mexicana de Directores-Realizadores de Obras Audiovisuales, Coton critica que uno de los principales argumentos para aquellos que hicieron y defienden el TLC es que se abrieron opciones para los consumidores de arte, pero “esto es completamente falso” en el caso de nuestro cine:

“¡Nunca como ahora se han visto tan reducidas las opciones de los espectadores, quienes en complejos de ocho salas, seis tienen la misma película. Será 2D, 3D, 4D, doblada, subtitulada, a 48 cuadros o con sonido macro XE, pero es la misma película en seis de las ocho salas. ¿Cuáles opciones…?

“El monopolio estadunidense ha tomado carta de naturalización y ante el menoscabo de nuestra dignidad y el abuso a nuestra paciencia, los connacionales hemos optado por el silencio y el levantamiento de hombros como respuesta. Los mexicanos nos hemos quedado casi ciegos. Sólo vemos para un lado, al norte, hacia Hollywood y punto.

“Hemos perdido casi por completo nuestra identidad cinematográfica al grado que hoy sólo se aprecian aquellas producciones que más se parecen a las gringas y, sin reparos, estallamos en júbilo y locura casi demencial cuando nuestros mejores artistas emigran y dejan de hacer cine mexicano, ¡para hacer bodrios estadunidenses apantallapendejos!”

Pocos valoran o han visto aquellas producciones que sí nos representan en el imaginario mundial, “pues según opina el idiotizado medio son lentas y de pobres”, detalla el creador:

“Antes veíamos en salas prácticamente el 50% de cine nacional y hoy no llegamos ni al un 5%. El TLC con sus costos en taquilla también echó para afuera al 80% de los espectadores que ya no pueden pagar la entrada a las salas y son, curiosamente, aquellos que más aprecian el cine mexicano: la clase trabajadora.”

Durante 20 años, además de un negocio de millones de dólares, “perdimos la oportunidad de concretar un circuito de creación, producción y circulación de bienes simbólicos”. Nunca existieron las condiciones para un intercambio igualitario de productos culturales, y la proporción en el caso del cine es completamente asimétrica, insiste Coton:

“Es un hecho que nadie va al cine a ver buenas películas, eso es una falacia, la gente va al cine llevada de la mano de la publicidad y de un modelo que ha venido aprendiendo. Las películas mexicanas no pueden competir contra la marejada de publicidad que acompaña cada estreno hollywoodense y ciertas prácticas desleales de los distribuidores estadunidenses.”

A decir suyo, los neoliberales políticos de entonces no comprendieron el valor y la trascendencia económica de las industrias culturales ni mucho menos estimaron los terribles efectos que acarrearía dinamitar los mecanismos de estructuración social y de intercambio entre sujetos y colectividades que se tejen con la cinematografía.

Francia o Canadá, ejemplifica, “son países que con su excepción cultural han protegido su cine de los tratados comerciales con Estados Unidos; se protegieron ante la amenaza de un país que intenta constantemente imponer modelos simbólicos y visiones agringadas del mundo, e impone un discurso que tiende a homogeneizar y a estandarizar todos los lenguajes. Pero la cultura nacional es clave para la configuración del Estado nacional”.

México dejó fuera a la cultura del TLC “bajo el supuesto de que no necesitaba ser protegida o promovida, abandonados a merced de las fuerzas del mercado donde siempre el pez grande se ha comido al chico”, dice, y manifiesta extrañeza que haya sucedido “pese a la recomendación que Canadá le hiciera (a México) de cuidarse”. Preocupado, Coton suma:

“Debemos exigir a nuestros legisladores que abran el TLC para renegociar el sector cultural. Hay muchos números y estudios que comprueban la competencia desleal, el dumping, el monopolio y la dominancia que padecemos en nuestro país con el cine, y espero pronto podamos revertir el terrible mal que le han causado.”

Jorge Sánchez, director del Instituto Mexicano de Cinematografía, quien formó parte toral del movimiento Los que no somos Hollywood junto con María Rojo (quien el 18 de marzo de 2000 renunció al Comité Bilateral del México-Estados Unidos para el Fomento de la Industria Fílmica “porque sólo importaban los beneficios” de este último país), expresa su actual posición ante el cine y el TLC, argumentando de manera personal:

“Afortunadamente siento que yo cambio a lo largo del tiempo y que no me traiciono a mí mismo ni a lo que veo como capacidad de futuro para mí, los que me rodean y lo que me interesa. Al tratado tenemos que encontrarle lo bueno y lo malo.”

Ganancias para empresas de EU

 

Por otro lado, Víctor Ugalde, el titular de la Sociedad Mexicana de Directores-Realizadores de Obras Audiovisuales, desglosa un balance menos alentador.

Y apunta que a los neoliberales que negociaron el TLC les encantan los datos macroeconómicos para demostrar el éxito de su trabajo, y abunda:

“Destacan que crecieron las exportaciones mexicanas, pero no detallan que la mayor parte de estas ganancias son de grandes empresas estadunidenses instaladas en México. Se habla de todo, pero poco o casi nada se ha mencionado de los resultados en las industrias culturales, donde pasamos de ser una gran nación creadora a ser una potencia consumidora con una visión unipolar de allende el norte.”

Narra que para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, entre el 2008 y el 2010, México es la primera nación exportadora de América Latina de economía creativa, con un monto de cinco millones 167 dólares y el PIB cultural equivalente en pesos mexicanos a menos de 400 mil millones.

“Son cifras para apantallar a cualquiera. Dentro de esto, le corresponde a la industria cultural cinematográfica en el 2003 haber obtenido 257 millones de espectadores, que asistieron a las cinco mil 535 pantallas que hay en la república mexicana, generando 11 mil 902 millones de pesos en la taquilla, más otro tanto de ingresos por concepto de publicidad y venta de golosinas. Este año el cine mexicano obtuvo un repunte entre los espectadores, contactándose el 12.7% de la asistencia total con sus 99 estrenos, de un total de 366 filmes (27.04%). El consumo de cine mexicano superó los un mil 213 millones de pesos.”

Orgullosamente se destaca que somos el cuarto país en consumo de boletos en el mundo, añade Ugalde y concuerda con Alan Coton:

“En materia de producción fílmica, en el 2013 se produjeron más de 90 filmes de los cuales 52 recibieron algún tipo de apoyo gubernamental, mientras que hace 20 años sólo se producían 49 largos de los que sólo 10 recibieron esos apoyos de gobierno. En 1993 asistían 103 millones de espectadores y existían un mil 415 salas cinematográficas que captaban unos ingresos totales en taquilla de 752 millones de pesos, correspondiendo 19.7 millones a películas mexicanas.”

Los resultados mostrados parecen refrendar la versión neoliberal triunfalista; sin embargo, Ugalde propone analizarlos con detenimiento para descubrir amargas verdades:

“En la lucha por las ideas generadas por los productos culturales fílmicos México resultó el gran perdedor. Se borró su gran comunicación con el público popular y ahora la mayor parte de la población de clase media nacional sólo consume cin estadunidense. Nuestras pantallas se cubrieron en el 2013 con sólo cinco cintas de Estados Unidos hasta en un 91.3%. El modelo neoliberal expulsó del consumo fílmico al 72% de la población.

“En estos 20 años México pasó de producir más de 82 largometrajes de cine y otro tanto de videohomes, y de tener más o menos la mitad de los espectadores de la nación, para conformarse con una producción anual de 42 filmes, 28 de los cuales reciben apoyo del gobierno. En los últimos seis años sólo un 7.4% del público asistente a los cines del país consumió cine mexicano.”

Víctor Ugalde lanza entonces su reflexión final, con una cadena de cuestionamientos inquietantes flotando en el aire:

“¿Qué tipo de ciudadanos estamos formando? ¿Qué tanto de este desastre fue producto de una mala negociación? ¿Qué tanto influyeron las nuevas tecnologías y qué tanto las prácticas contrarias al libre mercado? ¿Cómo se preparó y se desmanteló la industria fílmica mexicana para entregarla a las majors estadunidenses? ¿Quién ganó con el cambio del modelo popular de consumo al de clase media?”