Los efectos de la revolución ucraniana apenas empiezan a hacerse sentir: el reacomodo geopolítico de esa estratégica república exsoviética podría provocar una escalada bélica y, cuando menos, reviviría la Guerra Fría. En el fondo del problema está la necesidad de Moscú de proteger su frontera con Europa (no en balde ya empezó un gran despliegue militar) y de conservar a toda costa la península de Crimea, base de su flota del Mar Negro… por otro lado está el movimiento Euromaidan, el cual desea occidentalizarse e incorporar su país a la Unión Europea.
BUENOS AIRES.- En su primera reacción frente a la caída del presidente Víctor Yanukovich, Moscú anunció ejercicios militares en la frontera con Ucrania y acogió al fugitivo exmandatario, mientras en Crimea el Parlamento votó por la realización de un referéndum para decidir su posible anexión a Rusia. Las tres medidas indican que como cualquier hecho nuevo que sacude la arena mundial, el terremoto de Kiev apenas empieza a mostrar sus efectos.
La primera revolución postsoviética destruyó el orden político vigente desde 1991 en la que fuera la segunda república de la Unión Soviética. A juzgar por la reacción moscovita no se trata de un hecho meramente local sino del golpe inicial de un proceso que afectará directamente a Rusia y a las repúblicas del antiguo imperio. Moscú sin Kiev es un nuevo hecho político, y la disputa por quién controlará al segundo país de Europa, con sus casi 50 millones de habitantes, ya ha puesto en alerta roja a los centros de poder.
Las manifestaciones contra el gobierno de Yanukovich, quien suspendió la firma del tratado de amistad con la Unión Europea el pasado noviembre, pusieron fin a la maltrecha construcción política montada sobre los escombros de la Unión Soviética: una situación económica calamitosa, una industria obsoleta, una dependencia cada vez mayor de la energía rusa y una deuda externa creciente, una cleptocracia de magnates millonarios que privatizaron hasta el palacio presidencial y que se alternaban en el gobierno, los unos más europeos, los otros más rusos, pero todos provenientes de la vieja burocracia comunista.
Euromaidan arrasó con todo. El símbolo de ese movimiento de protesta antigubernamental fue el derribo masivo de las estatuas de Lenin en todo el país: la leninopad o “caída en masa de Lenines”.
La lujosa residencia presidencial de Mezhigorie, que había sido privatizada, fue reestatizada y convertida en paseo popular; los opositores ocuparon todas las oficinas públicas; la Berkut, la policía de seguridad culpable de las cien muertes en Kiev, fue disuelta y en Leópolis, capital de Ucrania Occidental, sus miembros pidieron perdón de rodillas. Ante la ausencia de fuerzas del orden, grupos armados, con distintas ideologías, controlan los edificios públicos.
Ante la fuerza de la movilización popular el presidente en funciones, Oleksandr Turchinov tuvo que presentar su nuevo gabinete ante los manifestantes antes de que el Parlamento se lo autorizara. El primer ministro Arseni Yatseniuk (del partido Patria, liderado por Yulia Timoshenko) tiene la misión de sortear la tormenta hasta las elecciones presidenciales del 25 de mayo, en las cuales participarán las principales fuerzas de la oposición: el partido Udar, de Vitali Klitchko; Patria y el nacionalista Svoboda, de Oleg Tiahnibok, junto con el Partido de las Regiones al cual pertenecía Yanukovich.
Pero los líderes opositores tienen poca autoridad frente a los jóvenes de la Plaza Maidan, quienes decidieron seguir allí para controlar los actos del nuevo gobierno.
Derrota de Putin
En su primera respuesta ante la revolución en Kiev, el Kremlin ordenó ejercicios militares en el occidente de Rusia y la puesta en alerta de las fuerzas armadas.
Para Vladimir Putin, quien celebraba el éxito de los atletas rusos en los Juegos Olímpicos de Invierno, los acontecimientos de Maidan son una derrota personal.
“Moscú menos Kiev es un cambio del sistema global, es el aumento del riesgo de la desintegración no sólo de Ucrania. Es un problema para toda la región que Rusia considera suya. Y la facilidad con la cual fue liberado el trono de Kiev puede traer efectos completamente inesperados”, escribió Akram Murtazaev, fundador del periódico Novaya Gazeta, en el sitio web Rabkor. Para el analista, el terremoto en Ucrania demuestra que “el sistema de la Unión Soviética sólo ahora se empieza a desintegrar” porque “Moscú ya no tiene fuerzas morales ni financieras para mantener la zona de sus intereses geopolíticos”.
El analista Fiodor Lukianov escribió el 27 de febrero en la revista Global Affairs que los hechos de Kiev se debieron, entre otras cosas, a “la excitación deportiva de sus vecinos, Rusia y la Unión Europea, que ven Ucrania como un jugoso trofeo para confirmar su propia influencia geopolítica”.
Pero no sólo se trata del ingreso de Ucrania a la Unión Europea, hasta ahora inadmisible para Moscú, sino que éste traerá consigo, inevitablemente, los tanques de la OTAN en un país donde Rusia tiene una de sus principales bases navales y donde se fabrican buena parte de sus aviones y cohetes.
“Cualquier intento del nuevo gobierno de deshacerse de la flota rusa y de plantear el ingreso de Ucrania a la OTAN desatará una muy fuerte y negativa reacción en Moscú y provocará una grave rivalidad geopolítica, lo cual podría llevar a Rusia a considerar todas las posibilidades, en particular, la de estrechar contactos con las partes orientales de Ucrania y darle apoyo a la secesión”, comenta Lukianov.
El otro serio problema es político: si los ucranianos pudieron deshacerse de Yanukovich, en el marco de la caída de la economía rusa, muchos rusos pueden encontrar inspiradoras las lecciones de Euromaidan contra sus propios líderes políticos.
Bancarrota y división
Ucrania está en quiebra. Este año deberá pagar 16.3% de los más de 60 mil millones de dólares de deuda, en medio de una caída de las reservas y una fuerte devaluación de su moneda, la grivna.
Y uno de sus principales problemas estructurales es la dependencia del gas ruso: Ucrania le debe a Gazprom mil 600 millones de dólares, lo cual ha llevado a la empresa local Naftogas a recortar la distribución de gas a las regiones en deuda; Rusia, que en diciembre había aceptado bajar 30% el precio del energético, ahora no será tan generosa.
“Ucrania necesita urgentemente 35 mil millones de dólares”, dice a Proceso desde Berlín Carl Cullas, durante muchos años corresponsal de la Deutsche Welle en Kiev. “Pero la Unión Europea, que apenas ha sacado la cabeza de la crisis, está concentrada en ayudar a sus propios miembros, como Grecia o España”, agrega.
El fantasma de la división flamea en el horizonte: la decisión de la Rada (Parlamento) de prohibir el ruso como segunda lengua fue rechazada incluso por los círculos intelectuales y universitarios de Leópolis en el occidente. En Jarkov, donde la mayoría de la población es rusoparlante, se hicieron cordones humanos para defender las estatuas de Lenin, mientras a pocos metros de allí, en el edificio de la municipalidad, los activistas pro Maidan ocupaban el edificio con autodefensas exigiendo el nombramiento de un nuevo gobierno.
Guenadi Kernes, alcalde de Jarkov y uno de los principales soportes de Yanukovich, reconoció al nuevo gobierno; con el sentido práctico de los negocios el oligarca Rinat Ajmetov, socio de Yanukovich y hombre fuerte en la región del Donetsk, se acomodó a los nuevos acontecimientos dando su apoyo a Maidan.
La manzana de la discordia
Aunque los riesgos de una fractura se puedan aplazar, el enfrentamiento con Rusia por Crimea parece inevitable. El jueves, grupos armados rusos tomaron el parlamento de la República Autónoma en Simferópol, la capital, para exigir la convocatoria a un referéndum sobre el futuro de la península, mientras que tanques militares aparecían en las carreteras y se armaban piquetes para impedir el ingreso de partidarios de Kiev, al tiempo que se provocaban los primeros enfrentamientos con la minoría tártara de la península.
Crimea perteneció durante más de 200 años a Rusia, desde que los zares la conquistaron. El 60% de sus 2 millones de habitantes es ruso, apenas un cuarto es ucraniano y cerca de 15% pertenece a la minoría tártara, que fue obligada por Stalin a emigrar en 1944, por su supuesta colaboración con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y que volvió a la península después de la disolución de la Unión Soviética en 1991.
En 1954 Nikita Jrushev cedió Crimea a Ucrania, pero Moscú mantuvo el control sobre Sebastopol, la ciudad donde se encuentra la base de la Flota del Mar Negro. Al conquistar su independencia y la soberanía sobre la ciudad, Ucrania cedió en alquiler la base naval hasta 2042. Esta semana las autoridades locales se negaron a reconocer al nuevo gobierno ucraniano y nombraron un alcalde de nacionalidad rusa que anunció su negativa a transferir los impuestos locales a Kiev y reclamó autoridad sobre la policía de la ciudad.
Los peligros de ahora en adelante son enormes. Un observador de Moscú, quien comenta sus impresiones con este semanario, señala la discrepancia entre “combates callejeros, autoorganización, carpas, centros de información, como en una verdadera revolución, pero con los colores de todo tipo de sectas de ultraderecha”.
El analista ruso Boris Kagarlitsky alerta sobre las tendencias derechistas y nacionalistas del partido Svoboda, cuyo líder, Tiagnibok, denuncia una conspiración “judío-rusa”, y del Sector de Derecha, “un conglomerado de grupos de ultraderecha, desde hinchas de futbol hasta neonazis, que aparece como un actor decidido y consecuente” frente a las vacilaciones de los demás dirigentes opositores.
Esto contrasta con las aspiraciones de los ciudadanos comunes, atraídos a Maidan para luchar contra la lamentable situación económica, la corrupción y las arbitrariedades de Yanukovich. “La esencia de las exigencias de Maidan es establecer un nuevo orden, en el cual nosotros, los ciudadanos, tengamos una libertad de palabra real, echar del poder a todos los funcionarios corruptos”, comenta a Proceso el abogado Valeriy Makeev, de la ciudad de Cherkassi, a 150 kilómetros de Kiev.
“No tenemos ningún problema con el pueblo ruso, es una pena que los medios de Moscú estén mostrando esa imagen falsa de la situación en Ucrania. También es falso que haya un ataque a quienes hablan ruso, pues casi todos lo hablamos, y para eso no necesitamos la defensa de ningún otro país”, agrega.
Contra estas aspiraciones están los intereses de las potencias mundiales, que pueden convertir a Ucrania en un nuevo dolor de cabeza para Europa y el mundo.
“Ucrania simboliza un punto de inflexión con dos posibles finales. O Rusia, la Unión Europea y Estados Unidos trabajan juntos para deshacer los nudos de la historia europea de los cuales el nudo ucraniano es uno de los más difíciles de desatar, o una nueva guerra fría estallará en Europa otra vez, comenzando con un Estado dividido.”








