“Las brujas de Zugarramurdi”

Después del atraco de una pareja a un negocio de compra-venta de oro frente a la Plaza del Sol, donde también participa el pequeño hijo de uno de ellos, los asaltantes secuestran a un taxista junto con su pasajero y huyen hacia Francia con la promesa de llevar al niño a la Disneylandia de París; pero para cachondeos no hay que ir tan lejos: al pasar por Zugarramurdi, población de Navarra, el grupo de machines es atrapado por un trío de brujas caníbales.

En el siglo XVII este poblado fue escenario de una aparatosa quema de brujas, según se menciona en la entrevista de Columba Vértiz al director Álex de la Iglesia (Proceso 1945). Las brujas de Zugarramurdi (Francia-España; 2013) revierte la historia, la bruja es temible y admirable; el abanico, como muestra la secuencia de imágenes de los créditos, va de los “Caprichos” de Goya a Frida Khalo y la señora Merkel. Y entre el terror y el arrobamiento hacia lo femenino, los tipos sufren todo tipo de torturas de estas devoradoras de hombres.

Más misántropo que misógino, De la Iglesia (El día de la Bestia, 1995) no deja efigie social en pie; en el mero centro de Madrid (Plaza del Sol) un soldado de plomo (Mario Casas) y un Cristo coronado de espinas (Hugo Silva) disparan con ametralladora; el pretexto son el paro y la persecución legal de la exesposa de Hugo. Entre policías y ladrones, viejos o jóvenes, no hay hombre a la altura de las circunstancias; la guerra entre los sexos es inevitable, el eterno femenino se hace cargo de lo importante de la vida, a la mujer no le queda otra más que hacerse bruja y usar la escoba como falo. El trío de brujas, abuela (Terele Pávez), hija (Carmen Maura) y nieta (Carolina Bang), habla de una cadena que se perpetúa por necesidad.

Más allá del discurso político y de la referencia a una cierta antropología cultural sobre ritos paganos, el culto a la Gran Diosa y a la Venus de Willendorf, Las brujas de Zugarramurdi organiza un carnaval donde se vale todo y la imaginación no escatima su vuelo. Comienza como una road picture, con persecuciones propias del cine estadunidense que evoluciona hacia la farsa, una muy negra con cajas de sorpresas, espejos y laberintos conceptuales; hablar de gran guiñol sale sobrando porque la tradición del barroco español da para esto y más.

Hay que hacer a un lado prejuicios y escrúpulos para acompañar al vasco Álex de la Iglesia por fantasías primitivas de laberintos de intestino grueso, excusados con ojo y mano que agarra el culo, dominadoras con escoba, madres descomunales que tragan por la boca y expulsan al bebé por el ano. Quizá el director no acaba por exorcizar su temor a la castración y a ser devorado por la mujer, pero sí que se arma un aquelarre fascinante.