Guadalajara en un llano…

El lunes 17 fueron trasladados a la Rotonda los restos de Jorge Matute Remus (1912-2002), quien ocupó puestos de responsabilidad política y administrativa. Su historial reporta que siempre calificó su ejercicio con notas aprobatorias y estrellita en la frente. De 1949 a 1953 fue rector de la UdeG, cuando todavía ocupaban dicho puesto intelectuales con al menos dos dedos de frente; y de 1953 a 1955, alcalde de la otrora perla tapatía.

Su hazaña mejor conocida es la de haber movido 13 metros, con rodillos y rieles, enterito, el edificio de la telefónica central. Dicho inmueble todavía está en pie, aunque borneado de su orientación original. Aún puede admirarse al deambular por la avenida Juárez. Su placa alusiva reza: “Teléfonos de México le hace un reconocimiento a Jorge Matute Remus por el desplazamiento del edificio de la central Juárez, efectuado del 24 al 28 de octubre de 1950, sin interrumpir el servicio telefónico a los usuarios, ni las labores del personal del inmueble; y lo felicita por su valiosa aportación técnica, social y urbana a Guadalajara, así como a la ingeniería mexicana”.

La comuna tapatía rinde pues homenaje a uno de sus hombres esclarecidos. De su aljaba pueden dispararse más saetas sorprendentes. Don Jorge fue garbanzo de a libra. Pero para desgracia de la ciudad, su ejemplo no ha cundido mucho ni ha hecho surco. Visto de cerca, resalta como luminaria brillante por el fondo de negrura que le rodea. Él mismo confrontó en vida el rechazo cuando en 1982 elaboró un sistema de transporte para la ciudad, basado en rutas ortogonales. El pulpo camionero se encargó de reventárselo en menos de una semana.

Los guadalajarólogos se desviven por encontrar notas y datos retumbantes para colgárselos como medalla a la ciudad. Viven afanosos de resaltarle sus detalles como sorprendentes y exquisitos. Escarban por igual en la literatura que en el entramado consuetudinario; bien resaltan la belleza de sus hembras, bien apuestan a la valentía de sus charros o a la resistencia de sus briagos. Pero la verdad es que, en un relato objetivo de los avatares de este rincón del país, las notas negativas pueden fácilmente llevarse las palmas.

Quedándose tan sólo en la obra física, que define la personalidad de la ciudad, para sostener la tesitura de lo hecho por Matute, los arquitectos y urbanistas locales nos deben una carta descriptiva de la ciudad colonial destruida por la picota, al ampliar los ejes de las calles de Alcalde-16 de Septiembre y la de Juárez. La demolición de tantos edificios para armar la cruz de las plazas que flanquean la catedral no tiene justificación.

Se ha aplaudido siempre lo hecho pero poco se habla del valor de lo perdido. Está más fresca en la memoria, por ser más reciente, la destrucción del eje de las calles Moro-Escobedo para construir la avenida del Federalismo, en la primera mitad de los setenta. Tampoco hubo mucho respeto por el perfil arquitectónico, por no hurgar en las transas y cochupos que se hicieron con indemnizaciones y avalúos amañados en contra de los propietarios afectados.

A principios de los ochenta, se construyó la Plaza Tapatía, proclamada entonces como epítome del remozamiento y la modernización del centro citadino. Lo ponían a la altura de los núcleos urbanos más sofisticados del planeta: Londres, París, Madrid… Mera justificación racionalizadora, para hacer tragar a los tapatíos la amarga píldora de unas horrorosas edificaciones que nunca han dado el ancho. Atrás de la maqueta novedosa quedó el allanamiento de la vieja ciudad, sus vecindades, sus calles antañonas, el coso taurino de El Progreso, las arcaicas boticas, los estanquillos, sus pulquerías, sus cantinas, sus fondas, una barriada viva, cargada de historia.

El 22 de abril de 1992 voló por los aires la calle de Gante. El barrio de Analco sufrió un tajo mortal del que no ha podido recuperarse. Silvia Gómez Partida recoge la memoria de esta tragedia en su libro: Ecos del 22 de abril, editado por La Casa del Mago en 2003. Jorge Gómez Naredo hace lo propio en su exquisito ejercicio literario titulado: Con mil heridas llegó. Se lo publicó la misma casa editorial en 2012. Enrique Dau Flores era el alcalde cuando estos acontecimientos, en los que se contabilizó la pérdida de por lo menos 200 paisanos. Ahora funge como titular de la Consejería del Ejecutivo Estatal. Refiriéndose a esta problemática, sostiene que es “alarmante” la situación del despoblamiento que sufre la ciudad.

Afirma que un promedio de 15 familias por día abandonan Guadalajara. Cada año emigran 5 mil familias. Según datos de la Coplaur (Comisión de Planeación Urbana), entre 1990 y 2010 han dejado de residir en la capital del estado 156 mil 71 habitantes (9.5%). Hay zonas donde este problema se agrava. En el barrio de Analco, tras las explosiones del 22 de abril, la población se ha reducido en 20%. Tres de cada 10 viviendas del barrio se encuentran abandonadas (La Jornada Jalisco, 14 de febrero de 2014).

Igual suerte está sufriendo el barrio del Santuario, céntrico y señero, que conserva aún la estampa tapatía por encima de todas las vicisitudes y a despecho de todos los embates. De tres lustros a la fecha está invadido por mercaderes de medicamentos. Es penoso transitar por sus calles. Muchos de sus moradores han decidido poner los pies en polvorosa. De ser sólo medicamentos sería tolerable la cuestión. Pero es secreto a voces que ahí fluyen drogas, que se trafican influencias, trinquetes y todo lo que tenga que ver con el mercado negro y las actividades ilícitas.

Los camioneros han tomado a saco el centro histórico para convertirlo en terminal de sus unidades, que se disparan a todos los vientos. Desapareció la tranquilidad del barrio de San Francisco, de las Nueve Esquinas, del Parque Revolución, del Mercado Corona y otra vez del Santuario. Es fenómeno que deriva de la desenfrenada voracidad de los dueños de las líneas, aprobada por las autoridades en turno, de hacer llegar sus unidades sólo al centro para obligar a los pasajeros a pagar otro boleto si continúan su traslado. Los antes tranquilos y limpios barrios están convertidos en un mercado persa.

Hace apenas un lustro, so pretexto de levantar la villa deportiva en la zona del parque Morelos para albergar a los atletas de los Juegos Panamericanos, las autoridades desataron tan dura especulación por los terrenos del área que los vecinos terminaron despojados de sus viviendas. No hubo tal construcción. Ahora luce toda la zona desolada y en ruinas. El turno toca, por los días que corren, a la zona rosa de Chapultepec, ya sin pretexto alguno, sólo por el mero placer de especular. Ni aunque volviera a nacer Matute Remus podría meter orden otra vez en este cochinero.