La revolución egipcia –cuyo tercer aniversario se cumplió el pasado 25 de enero– no fue celebrada por las organizaciones civiles que la iniciaron, sino por la cúpula militar que se apropió de ella. Más aún, el general Abdelfatá al Sisi –quien encabezó el golpe contra el presidente islamista Mohamed Morsi– se apresta a legalizar su poder: impulsa reformas para ser candidato a la presidencia y se dispone a aprovechar que las elecciones presidenciales se antepondrán a las legislativas para influir en la formación del Parlamento.EL CAIRO.- En la plaza Tahrir de El Cairo –corazón del movimiento revolucionario egipcio– se efectuaba, el pasado 25 de enero, una verbena para festejar el tercer aniversario del inicio de la gesta que hizo caer al dictador Hosni Mubarak.
A cinco cuadras de ahí la policía disparaba gas lacrimógeno y armas de fuego contra jóvenes que intentaban acercarse a la plaza. Eran los protagonistas de la revolución a quienes el gobierno quería mantener muy lejos de Tahrir, pues la fiesta la ofrecía para quienes hace tres años parecían los derrotados: los seguidores del régimen militar.
Ese 25 de enero los manifestantes se empezaron a reunir desde antes de las dos de la tarde frente al Sindicato de Periodistas, un gran edificio decorado con columnas faraónicas, construido en la época de Mubarak. Durante casi una hora cantaron consignas contra el régimen militar y contra la organización Hermanos Musulmanes (HM).
A raíz del golpe de Estado perpetrado por el ejército el 3 de julio de 2013 –que depuso al presidente Mohamed Morsi, líder de los HM–, la sociedad de este país ha quedado atrapada entre dos fuerzas extremas: por un lado, los Hermanos Musulmanes, quienes han sufrido los embates represivos del ejército y la policía, y, por el otro, las autoridades golpistas encabezadas por el general Abdelfatá al Sisi, entre cuyos seguidores destaca la élite política de los tiempos de Mubarak.
Para ésta, quien no los apoye está con los “terroristas”, como el gobierno definió oficialmente a HM el pasado diciembre.
Los jóvenes de la revolución se resisten a dejarse atrapar en esa dicotomía. Acusan a HM de haberse aliado con el ejército para llegar al poder en junio de 2012, cuando Morsi ganó las elecciones. Pero al mismo tiempo rechazan que el ejército y sus seguidores se hayan apoderado de la narrativa de la revolución, al punto de celebrarla como si se hubiera hecho para ellos y no contra ellos.
En pos de Tahrir
Para reivindicar el simbolismo de Tahrir –la plaza desde la cual en 2011 actuaron durante 18 días hasta provocar la caída de Mubarak–, los jóvenes se propusieron marchar hacia esa plaza. No habían pasado 10 minutos desde su salida cuando fueron atacados con camionetas blindadas de la policía. Tales vehículos se han lanzado en otras ocasiones contra multitudes, asesinando a decenas de personas. Tienen una pequeña torreta desde la cual un agente se asoma para disparar con un fusil.
Los manifestantes avanzaron cuatro cuadras antes de que la policía los dispersara en pequeños grupos. Desde callejones se defendían con piedras. Varias personas fueron transportadas en brazos fuera del lugar, heridas o sofocándose por el gas lacrimógeno. Una de ellas ya no se levantó: Sayed Weza, de 20 años, militante del Movimiento 6 de Abril, organización que convocó a la primera protesta de 2011. El joven recibió dos tiros: uno en el pecho y otro en el estómago.
La cifra de muertos ese día fue de 49, según el Ministerio de Salud, o de 89, de acuerdo con el grupo independiente Wiki Thawra. En comparación, el 25 de enero de 2011 hubo cuatro decesos. En la refriega de este 25 de enero hubo 247 heridos.
“Si comparamos el número de muertos en nuestras protestas y el que hubo en las de los Hermanos Musulmanes, creo que la policía nos estaba dando una advertencia de que nos mataría si nos confrontábamos con ella”, reflexiona Tarik Chalabi, del grupo Socialistas Revolucionarios. “Tal parece que a los Hermanos no les advirtieron nada. Directamente los mataron”, señala.
Durante ese día el grupo Alianza Antigolpe de Estado, cercano a HM, difundió crudas fotografías de la violencia contra las manifestaciones que ellos organizaron en todo el país. En algunos casos las heridas son tan graves –piernas cercenadas o enormes huecos en el tórax– que parecen provocadas por municiones de grueso calibre.
Sobre los manifestantes y los periodistas que se encontraban en el centro de El Cairo pendía un peligro más: civiles deseosos de apalearlos. Éstos responden a las consignas del gobierno, que acusa de “terroristas” a HM y sistemáticamente coloca a los periodistas como sospechosos de “traición” a Egipto.
Para ellos, transitar por las calles se ha vuelto muy riesgoso. De hecho la cadena árabe Al Jazeera fue expulsada de Egipto y cinco de sus reporteros están presos, aun sin cargos judiciales en su contra. Sólo ese 25 de enero fueron arrestados 12 informadores, incluido el fotógrafo colombiano Felipe Camacho, y otros fueron objeto de palizas, según un reporte del Sindicato de Periodistas.
“Hay personas que van por ahí buscando a supuestos opositores para atacarlos y entregarlos a la policía”, dice Chalabi.
Para atravesar los puntos en los que grupos de hombres estaban deteniendo y golpeando a manifestantes, este reportero se vio obligado a recurrir a un truco: portar un cartel con una fotografía de Al Sisi abusivamente retocada y en la cual aparenta unos 25 años, pese a que cumplirá 60.
La fiesta de Al Sisi
El cartel también ayudó al reportero a ingresar a Tahrir. Ahí el rostro del hombre fuerte del régimen aparecía multiplicado en camisetas, botones, postales, calcomanías y mantas colocadas donde hace tres años se hizo famosa una gran pieza de tela blanca en la que se leía: “El pueblo quiere la caída del régimen”.
Detrás había un escenario. Nada tenía que ver con los dos levantados en ese lugar en 2011, endeblemente fabricados con madera y cartón. Ahora se trataba de una producción profesional, con iluminación, enormes bocinas y faros buscadores para mostrarle a todo El Cairo que en Tahrir había fiesta.
La fiesta del aniversario de la revolución, anunciada por el presidente interino Adli Mansur, fue en realidad un acto masivo de precampaña en favor de Al Sisi, ministro de Defensa de Morsi, a quien traicionó: el 3 de julio de 2013 encabezó el golpe militar. Desde entonces Morsi está en prisión. Fue un acto de traición similar al que realizó en Chile Augusto Pinochet contra Salvador Allende (por cierto, ambos generales golpistas tienen otra cosa en común: la afición de ocultar la mirada detrás de gafas oscuras).
Durante “la fiesta” en Tahrir, helicópteros Apache y Chinook, comprados con parte de los mil 300 millones de dólares que Estados Unidos entrega anualmente al régimen egipcio por concepto de ayuda militar, volaban sobre la plaza levantando vítores y aplausos.
La seguridad era extrema: las calles de las entradas estaban protegidas con tanques y alambre de púas; en los dos accesos había detectores de metales y revisiones corporales. Al mismo tiempo, “cazaespías” autodesignados buscaban posibles opositores y hostigaban a los periodistas que podían descubrir, lo que producía de vez en cuando algún altercado.
No obstante, el ambiente era familiar y festivo. El sentimiento de comunidad hacía recordar por momentos los mejores días de la acampada en Tahrir en 2011, con la diferencia de que en aquel tiempo se trataba de jóvenes que se oponían al gobierno, y ahora el organizador era el mismo gobierno.
Las personas bailaban bajo enormes banderas nacionales, grupos de chicas producían un rumor de mil historias y los padres se mostraban orgullosos de sus hijos más pequeños, disfrazados de militares y con lentes oscuros.
No parecía importar que a unas cuadras la policía arremetiera contra los manifestantes y matara a algunos.
Cambio de ruta
En vísperas de la “fiesta”, el 24 de enero un auto-bomba estalló en el céntrico cuartel general de la policía; hubo cuatro muertos. El atentado fue atribuido a Ansar Bait al Maqdis, organización afín a Al Qaeda y la cual ya ha reivindicado otros atentados, incluido el del 24 de diciembre que mató a 16 policías en la ciudad de Mansura.
El 27 de enero esa organización volvió a atacar: derribó un helicóptero militar en el Sinaí. Y un día después uno de sus comandos asesinó al viceministro del Interior, Mohamed Said.
Estos hechos no arredraron a Mansur. Al contrario, el terrorismo, que el ejército y el gobierno adjudican sin pruebas a HM, lo estimuló para seguir adelante en lo que, desde su perspectiva, es la ruta correcta de la revolución.
El festejo, dijo Mansur el 26 de enero, le había indicado que el pueblo quería a Al Sisi como presidente y que una ronda de consultas “con las mayores fuerzas políticas” se lo había confirmado.
Por ello decidió invertir el calendario de la transición política para que las elecciones presidenciales tuvieran lugar antes que las legislativas. Las primeras deberán realizarse antes de tres meses y las segundas, antes de seis.
Por si fuera poco, el 27 de enero el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que comanda Al Sisi, ascendió “sorpresivamente” a éste a mariscal de campo.
Tras el golpe militar de julio pasado, Al Sisi aseguró que no buscaría la presidencia y sólo aceptó añadir a su puesto el cargo de viceprimer ministro del gobierno formado bajo su tutela. El 27 de enero señaló que presentarse a elecciones era una decisión individual. Sin embargo, añadió, eso era “un mandato y una obligación”.
El 28 de enero, el vicepresidente de la Alta Corte Constitucional, Mohamed al Shennawi, precisó en una entrevista con el diario oficialista Al Ahram los cambios legales que servirán para desbrozarle el camino a Al Sisi: modificar la ley de derechos políticos de 1956 que impide a los militares en activo presentarse a elecciones; y reformar la ley de elecciones presidenciales de 2005, la cual impone a los candidatos el requisito de tener el respaldo mínimo de 20 parlamentarios.
La última modificación es clave, pues el Congreso fue disuelto durante el golpe de Estado y si los comicios legislativos se realizan después de los presidenciales, no habrá diputados para brindar ese apoyo.
Al Shennawi se manifestó además por que las decisiones de los organizadores del proceso electoral no puedan ser apeladas por los candidatos, pues “se podría proyectar una sombra de ilegitimidad”.
Y el régimen intenta ser visto como legítimo: elegir al presidente antes que al Parlamento le permitirá al nuevo titular del Ejecutivo influir en la conformación del Legislativo, lo cual será conveniente para Al Sisi, pero también considera importante que el último mandatario elegido por el pueblo, el derrocado Morsi –quien el 28 de enero fue presentado ante la Corte, en uno de los cuatro juicios montados en su contra, dentro de una jaula de vidrio para acallar su voz–, sea reemplazado ya por alguien ungido con el voto popular.
Por eso al régimen le molestan las denuncias que organizaciones internacionales realizan en su contra por la represión. El 23 de enero Amnistía Internacional publicó un informe en el cual asegura que, a partir del cuartelazo, “Egipto ha sido testigo de una serie de dañinos golpes contra los derechos humanos y de violencia gubernamental en una escala sin precedente”, con un resultado de al menos mil 400 muertos.
Ese mismo día Mansur rechazó las acusaciones. Afirmó que “el Estado policiaco en Egipto terminó” con el golpe militar.
La crítica incomoda al régimen, pero prefiere ignorarla. Amr al Chobaki, columnista afín a las autoridades, escribió el 28 de enero en Al Ahram:
“Sí (la nominación de Al Sisi) va a reforzar el argumento de HM y de los medios occidentales de que Al Sisi derrocó a Morsi en un golpe militar. Pero no deberíamos prestarle oídos a estos argumentos. Recordemos que si nos hubiéramos dejado presionar por estas fuerzas, no hubiésemos podido levantar los plantones terroristas de El Cairo y Giza”, señaló en referencia a los ataques militares del 14 de agosto de 2013 contra dos protestas pacíficas.
En dichos ataques murieron alrededor de mil civiles desarmados.








