“El gran maestro”

HONG KONG.- Finalmente se exhibe en México El gran maestro (China-Hong Kong-EU, 2012), la última cinta de Wong Kar-wai que le llevó varios años de preparación, tres de rodaje, incluyendo, entre otras complicaciones, dos brazos rotos de su actor fetiche Tony Leung Chui-wai, quien tuvo que aprender kung fu a los 47 años de edad.

La historia se centra en la vida de Ip Man (Tony Leung), experto del Wing chun, una rama esotérica y contemplativa (a golpes y patadas) del kung fu. Ip Man provenía de una familia acaudalada de Foshan, posteriormente arruinada por la invasión japonesa; para sobrevivir tuvo que emigrar a Hong Kong, donde fundó una escuela de arte marciales que tuvo como alumno estrella al futuro Bruce Lee.

Mientras Wong se debatía para componer su sinfonía de imágenes de combates entre los grandes maestros de kung fu, acoplando la vida interior de sus personajes con los cataclismos  históricos, aquí en Hong Kong se exhibieron tres películas sobre la vida de Ip Man; en la medida que la identidad de este puerto fragante (como dice su nombre) amenaza con disolverse ante la avalancha del poderío económico chino, se agranda la personalidad de sus héroes más ad hoc, Ip Man y Bruce Lee. El combate entre las dos escuelas de kung fu, la del norte contra la de sur, junto con el fracaso de unirlas, expresa la visión del director respecto a la evanescencia de la cultura china hoy en día.

El gran maestro, sin embargo, no es propiamente una biografía (biopic); para un director de cine como Wong Kar-wai que cambia cada día el guion y la composición de sus escenas durante los rodajes, sería imposible ceñirse a género alguno, su estilo permanece tan oblicuo y elusivo como en sus primeras cintas; este Ip Man no es un hombre de carne y hueso sino la sustancia de un mito que fluye a través de las imágenes en arcos del blanco, negro y gris de la fotografía de Philippe Le Sourd, las alucinantes coreografías de kung fu son de Yuen Woo Ping y música de Shigeryu Umebayashi.

La narrativa gira entre presente, pasado y futuro; esta vez, el acento emotivo no está a cargo de Tony Leug (Deseando amar), sino de su antagonista Gong Er (Zhang Ziyi), hija del maestro del norte. Parte de la crítica se exaspera por la inconsistencia de la línea biográfica, por las elipsis nunca explicadas o, peor aún, por esos personajes totalmente yuxtapuestos como el Navaja (Chen Chang), enigmático personaje que pelea de forma espectacular y con quien Er se topa una sola vez. Se olvida que éste es un rasgo fundamental en la poética del director compuesta de contrastes imposibles y agujeros negros.

Wong Kar-wai pertenece a un selecto grupo de artistas que ha logrado desarticular el tiempo en el cine. Inspirado en Toro salvaje de Scorsese, en las cadencias del kung fu se reflejan los estados psíquicos de los combatientes, estados donde también cabe el amor. Espectacular secuencia la de Zhang Ziyi peleando contra el malvado (Cung Le) ataviada con un abrigo como el Marlene Dietrich en Shanghai Express; el combate, que habría durado horas, ocurre sólo mientras pasa un tren; bella ofrenda al cine de Josef von Sternberg.

Peor para los detractores de Wong Kar-wai, y aunque los combates se realizaron sin trucos y sin alambres, la cinta tampoco es una película de kung fu, sino una sobre la filosofía del kung fu. Los temas son los de siempre, el exilio, la soledad, el dolor de la separación, el amor que llega demasiado pronto o demasiado tarde.