Libro, película y, después, “a buscar chamba”

ANNECY, FRANCIA.– A diferencia de la inmensa mayoría de la comunidad mexicana en Francia, que hasta hoy sigue siendo hostil a Florence Cassez, Fausto Ávila se interesó muy pronto en el caso de la exprisionera de Tepepan y formó su comité de apoyo en 2009.

Más asombroso aun, este mexicano de 36 años confía a la corresponsal que salió de su país hace 12 porque ya no aguantaba el clima de inseguridad. Su familia sufrió agresiones de delincuentes; él mismo fue víctima de un secuestro exprés del que, dice, salió vivo de milagro.

Su experiencia no lo predispuso contra Florence Cassez, comenta: “Conozco los métodos de la policía de mi país y las fallas de la justicia. Entendí muy rápido que Florence había caído en una trampa atroz. Sé que miles de mexicanos padecen lo que ella padeció”.

Ávila tiene la doble nacionalidad, francesa y mexicana, desde 2003. Vivió un tiempo en Italia antes de instalarse en Francia.

Estudió música en Cholula y contabilidad en el Distrito Federal. En Francia se especializó en la rama hotelera. Hoy dirige el servicio de restaurantes de un hotel internacional en Ginebra.

En junio de 2009 viajó a México para ver a su familia y aprovechó para visitar a Florence Cassez en la cárcel.

“Nació una gran amistad”, cuenta. “Fuimos muy buenos amigos antes de pensar en casarnos”.

En enero de 2013, justo después de la liberación de Florence Cassez, volvieron a verse. Poco a poco su amistad “se convirtió en algo más profundo”, comentan ambos mientras caminamos a orillas del lago de Annecy. Se ven felices.

“Fue en ese muellecito que pedí su mano”, dice Ávila al tiempo que señala un minúsculo embarcadero de madera. Se ríen los dos.

Al principio de la entrevista Florence Cassez se mostró muy tajante con la corresponsal. Exigió hablar de su historia, del combate que llevó durante sus siete años de cárcel y del que reinició apenas recuperó su libertad. Se tensaba cada vez que la reportera intentaba indagar sobre su estado de ánimo o sus primeros pasos como mujer libre.

A lo largo de la conversación se relajó. Cuenta que le tocó volver a aprender todo. Y se suelta:

“Tenía muchos problemas con el espacio. No me ubicaba en un apartamento. También me aterraba salir. Me perturbaba ser reconocida en la calle, aun si la gente se portaba muy bien conmigo. Me sentía vulnerable. Fausto me dio fuerza. Escribir mi libro también. Gracias a Fausto y a mi libro no me tocó hacer terapia.”

Fausto Ávila comenta divertido:

“Las cosas cotidianas más elementales la aterraban. Sentía pánico en un supermercado. Tuve que enseñarle muchas cosas, darle los códigos de su libertad. Me tocó inclusive corregir sus innumerables hispanismos. Aun ahora su francés deja que desear. Me gusta la idea de que un mexicano le esté enseñando a volver a vivir en Francia y a hablar francés después de todo lo que le pasó en México. Las vueltas que da la vida…”

La agenda de Florence Cassez está llenísima: entrevistas con la prensa a raíz de la publicación de su libro y del primer aniversario de su liberación; una gira por librerías en toda Francia para promoverlo; sesiones de trabajo con los guionistas que hacen ya la adaptación cinematográfica de su historia.

–¿Y después? –pregunta la corresponsal a Florence Cassez.

“Buscar chamba”, dice sin vacilar un segundo. “Necesito un trabajo estable para recobrar plenamente mi equilibrio”.