El aburrimiento vació la México

El duopolio taurino trastocó el amor por la fiesta brava con su incapacidad para desarrollar el negocio. Sin sentido ético ni estético a la hora de armar los carteles y gestionar el espectáculo, lleva ya 20 años apostándole a la chiripa. Así, no sorprende que la mayor plaza de América llene sólo 10 por ciento de sus tendidos.

Renuente a equilibrar tradición y modernidad, emociones y negocio, rito y mercadotecnia, el autorregulado duopolio taurino de México que hace dos décadas conforman los Baillères y los Alemán –con operadores de bajo perfil apoyados por las autoridades en turno y la crítica especializada– no muestra rigor ni congruencia de operación entre inversiones y utilidades, como si sus afanes taurinos no debieran parecerse al resto de sus exitosos afanes empresariales.

Tan extraña paradoja, que podría resultar más o menos irrelevante, causa alarma frente al descenso del espectáculo taurino en relación con el resto de los espectáculos, en tanto que las inversiones realizadas por ambos grupos en rubros como minería, seguros, tiendas departamentales, finanzas o aerolíneas “de alta eficiencia”, entre otros, muestran notable crecimiento, reflejo de una planeada organización y cuidada gestión.

“De los 20 años que llevamos al frente de la Plaza (México), quiero decirles que en 17 de ellos hemos sufrido pérdidas; en dos años salimos tablas y en este 2012-2013 es probable que tengamos ganancias… Pero todo ello lo hemos soportado por amor a la fiesta”, declaró el año pasado el promotor del coso, Miguel Alemán Magnani, también presidente ejecutivo de la exitosa línea aérea Interjet. Esta opacidad en el manejo de lo taurino mantiene sin respuesta la pregunta de hace décadas: ¿Quiénes se benefician de que las cosas taurinas de México no cambien si a los directamente involucrados no les interesa que cambien?

Un hecho es incuestionable: Esta tradición mexicana de siglos (1526), que en las últimas décadas devino negocio de élites partidarias de la desigual relación con España a costa de la producción de toreros nacionales (especie de TLC taurino), no cuenta con gremios comprometidos en preservarla ni con autoridades que observen y hagan observar el reglamento ni con una crítica cuestionadora ni con un público aficionado capaz de exigir otra oferta de espectáculo, como no sea ausentándose de las plazas. Sin embargo, tener los tendidos semivacíos no preocupa a los promotores multimillonarios del país, habida cuenta de que su división taurina es manejada “por amor” y no con el profesionalismo de sus demás negocios. Mucho menos aun con un sentido de empresa social y culturalmente responsable.

Este doble distanciamiento (gobierno-fiesta de toros y fiesta de toros-sociedad) tiene su origen en la deliberada indiferencia de las autoridades hacia el toreo, considerado por ciertas jerarquías política y culturalmente incorrecto; en la pobre convicción de los promotores taurinos; en un menguado manejo mediático y en la falta de información de los públicos, lo que trajo como consecuencia un espectáculo autorregulado en exceso, con una negligente conducción empresarial y una mediocre oferta de espec­táculo de espaldas a la mejor tradición, al toro con edad y trapío y a la afición.

Se trata pues de una fiesta poco atractiva, sin un desempeño empresarial eficiente; sin planeación ni motivación; sin respeto por la dignidad del toro de lidia, sino imponiendo el novillón pasador con kilos; sin rodaje estratégico de toreros y sin publicidad imaginativa ni mercadotecnia incluyente. Sólo existe una propuesta desentendida de la historia, la sociedad, la cultura, el reglamento taurino, las expectativas del público, la pasión y la grandeza, que ha reducido la fiesta a espectáculo predecible y a frivolidad de aniversarios.

El aire fresco y esperanzador que han traído jóvenes toreros mexicanos de la estatura ética de Joselito Adame, Arturo Saldívar, Diego Silveti, Juan Pablo Sánchez y Sergio Flores refleja cierta apertura del cerrado sistema español, que al cuarto para las doce se acordó del concepto reciprocidad –sobre todo para abrirse más puertas mexicanas ante su crisis– y ha permitido la maduración tanto de novilleros como de matadores hasta su dignísima comparecencia en la Plaza de Las Ventas de Madrid.

En cualquier caso –y en penoso contraste con los dependientes métodos del duopolio taurino de México–, los diestros citados se consolidaron profesionalmente en España. Falta ver si regresan en mejores condiciones, si continúan haciendo más méritos o si se quedan aquí a jugar al toro y a la competencia, con riesgo de entorpecer su probada capacidad.

Sobre las figuras españolas en nuestro país, Alcalino, crítico del diario La Jornada de Oriente, observa: “El Juli presentó en rueda de prensa un proyecto de campaña que supera los 20 festejos; Morante hasta decidió que lo apodere la empresa Baillères, que controla los cosos más importantes del interior; Talavante torea incluso vestido de charro y Padilla llena los tendidos de parches, banderas piratas y públicos entusiastas. Agreguemos que ni las taquillas se han movido lo que se esperaba ni los importados están dejando mucha huella: Morante va de desastre en desastre, El Juli se pasó ocho o 10 fechas sin tocar pelo y Talavante pasa por horas bajas, pese a sus triunfos en Guadalajara y Monterrey. También anduvo por aquí, sin tocar la capital, Iván Fandiño, cuyo serio concepto casa mal con el devaluado medio toro. A Manzanares y Castella simplemente no les interesó sumarse a la caravana, aunque sí al francés Juan Bautista, que indultó en Monterrey”.

 

Carteles desalmados

 

Manejar la Plaza México los últimos 20 años únicamente “por amor” ha tenido consecuencias nada amorosas, sobre todo en relación con el espectáculo, el toro y el público. Por esto, en las tres corridas más recientes de la actual temporada “grande”, la bravura siguió brillando por su ausencia, con excepción del encierro de De Haro y dos bureles de Rancho Seco, y a esas combinaciones armadas exclusivamente con toreros modestos –ignorando la clásica fórmula de poner una figura, otro en vías de serlo y un novel con cualidades– correspondió un público aficionado a dos o tres apellidos, no a la tauromaquia, con entradas que no llegaron ni a 10 por ciento del aforo del coso (42 mil localidades).

A la décima corrida vino un encierro de Rancho Seco para los mexicanos Israel Téllez y Angelino de Arriaga y el salmantino Eduardo Gallo, quien cortó una oreja a su primero, con transmisión y clase, si bien en una faena de tandas breves para su recorrido. Con su segundo, Gallo volvió a estar bien, aunque al final embarullándose por acortar innecesariamente las distancias, y lo que debió ser otra oreja quedó en aviso y vuelta entre división de opiniones. Téllez mostró disposición ante el lote malo, y Angelino de Arriaga sigue anteponiendo el posturismo a la estructuración. Accidentado fue el segundo tercio al caer un banderillero en la cara del toro y ser prendido en las tablas otro.

En el undécimo festejo se ofreció otra desalmada combinación hecha para toreros de poco rodaje: el capitalino Federico Pizarro (nueve corridas), el moreliano Pepe López (sólo tres tardes) y el colombiano avecindado en México Ricardo Rivera (cuatro), que confirmó su alternativa. Lidiaron un encierro de la ganadería tlaxcalteca de De Haro, con edad y trapío, sin exceso de cuerna ni de kilos. Sus toros cárdenos fueron al caballo dos y hasta tres ocasiones y mostraron una bravura con calidad –tauridad– que exigió mucho mando, valor auténtico y mentalidad torera.

En plena madurez, con refinado estilo y una sólida tauromaquia, Pizarro realizó con el encastado Gonzalero la otra gran faena de la temporada, en el rango de la de Joselito Adame a Curioso, de Barralva. Tras ser prendido en un doblón y sin mirarse la ropa, Federico estructuró una faena mandona, emocionante y sobria por ambos lados, con tandas muy bien rematadas y adornos de buen gusto, coronada con un volapié en todo lo alto, para recibir una oreja que valió por varios de los rabos concedidos en esta plaza. ¿Por qué las figuras y no pocas empresas rehúyen este ganado emotivo? Porque exige ética y convicción. Afanosos y faltos de sitio anduvieron López y Rivera, e incluso regalaron sendos toros. El michoacano cortó una apurada oreja.

En la doceava tarde la empresa anunció por enésima vez un encierro de Carranco, hierro caracterizado por su reiterada debilidad y mansedumbre, características que corroboró. El cartel lo conformaron los mexicanos Jerónimo y Mario Aguilar y el español Leandro Marcos. En la cuerda silveriana, un inspirado Jerónimo se encontró con un manso voluntarioso sin mayores posibilidades, al que con cabeza torera, solvencia y sentimiento compensó la falta de transmisión. Sin molestarse ni molestar al astado aprovechó cabalmente la cansina embestida, y sereno y expresivo fue construyendo una faena que se antojaba imposible. Con asombrosa lentitud se fue tras la espada y dejó un estoconazo en todo lo alto. La merecida oreja hace abrigar el resurgimiento de este torero de privilegiado sello. Mario Aguilar, con unas cualidades inversamente proporcionales a su administración, toreó muy bien con el capote y de lujo con la muleta, perdiendo la oreja de su primero por estocada defectuosa. Y Marcos, con técnica, calidad y porte, no logró compensar la sosería de los tres que lidió.