Once mil islamistas extranjeros han ingresado a territorio de Siria para combatir contra el régimen de Bashar al Assad. Muchos de ellos vienen de Europa, Australia, Canadá y Estados Unidos. Se consideran mujaidines que atienden el “llamado de Dios” para realizar “la guerra santa”. Son reclutados a través de internet por las organizaciones Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS) y Jabhat al Nusra, ambas pertenecientes a la red Al Qaeda. Los servicios de inteligencia occidentales advierten sobre el riesgo que implica este flujo de combatientes, no sólo porque influyen en el devenir de la guerra en Siria, sino porque regresarán con una postura más radical a sus países de origen y con conocimientos en el uso de armas y explosivos.
REYHANLI /FRONTERA SIRIO-TURCA.- Seis tiendas de cacería, establecidas para satisfacer las necesidades de los campesinos de la provincia turca de Hatay, se convirtieron en un pequeño centro comercial para los combatientes que llegan a Antakya desde Medio Oriente, Europa, Canadá y Estados Unidos con el propósito de cruzar a Siria y sumarse a las milicias que están llevando a cabo la Yihad, la guerra santa islámica.
Un informe del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización, adscrito al instituto King’s College de Londres, difundido el pasado 17 de diciembre, estima que el número de combatientes extranjeros en la oposición siria puede elevarse hasta 11 mil, incluidos mil 900 europeos, 206 australianos, un centenar de canadienses y alrededor de 60 estadunidenses.
La mayoría de ellos, indica el reporte, lucha en las filas de las organizaciones Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS) y Jabhat al Nusra, ambas pertenecientes a la red Al Qaeda. Su objetivo inmediato es establecer en Irak y en Sham (la expresión árabe para la región del Levante, que incluye Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Israel) un califato basado en una interpretación extremadamente estricta de la Sharia, la ley islámica.
En el largo plazo, Al Qaeda pretende unificar bajo un solo mandato religioso todos los territorios por los que se extiende la Umma (comunidad o nación del Islam) a través de la Yihad global.
En los callejones y avenidas de Antakya es difícil identificar a los aspirantes a convertirse en mujaidines (combatientes de Dios). Muchos utilizan las mismas ropas que en sus hogares de Londres, Chicago o Madrid. Los indicios están en los detalles: es el estilo, los colores, la calidad de las prendas e incluso la manera de usarlas lo que revela su procedencia foránea. Y de todas maneras se parecen a cualquier turista en una ciudad que es muy visitada por sus antiquísimos monumentos, con sitios de peregrinaje como la caverna, donde por primera ocasión se celebró el culto cristiano hace 2 mil años.
Lo que parece delatar a algunos potenciales yihadistas es que bajan del avión luciendo las primeras señales del look rebelde: barba crecida, una boina o una jafía, el pañuelo con colores blanco y negro que hizo famoso Yasser Arafat, la cual, a pesar de que se ve con frecuencia en todas las ciudades árabes, no se utiliza en Antakya, ciudad que pertenece a Turquía sólo desde 1938 y es mayoritariamente árabe.
Son los propios comerciantes quienes descubren a los extranjeros que se dirigen a Siria. En una tienda, escogida por el reportero al azar, se venden máscaras antigás, generadores solares de energía, ropa de camuflaje y telescopios, así como banderolas y parafernalia de los principales grupos armados rebeldes.
“No me interesa saber de dónde eres ni qué haces aquí; estoy a tu servicio”, dice Amar, dueño de uno de los negocios, al reportero, a quien considera un cliente que busca surtirse de aditamentos de guerra antes de entrar a Siria.
“Ésos no te interesan, ¿verdad?”, comenta en referencia a unas gorras de colores verde y caqui que portan emblemas del Ejército Sirio Libre (ESL), organización rebelde de tendencia moderada. “Tendré que tirarlas o algo, ya nadie se las lleva”, añade.
“Sin duda, prefieres algo así”, dice después señalando piezas de tela negra con el logotipo de la organización Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS), la más poderosa de las dos milicias afiliadas a Al Qaeda.
Cuando el reportero saca la cámara para tomar algunas fotos, se arma un gran revuelo. Varios hombres empiezan a gritar y el mayor de ellos, un tipo sesentón, exige revisar las imágenes. Descubre en ellas el río Orontes, una señal de tráfico, mezquitas antiguas… nada incriminatorio. De todos modos, los comerciantes expulsan al reportero y a otros cinco jóvenes de apariencia anglosajona. Son “sospechosos” de ser informantes de la policía turca, la cual, en general, se hace de la vista gorda ante el flujo constante de nuevos yihadistas y sólo acude a hostigar a los comerciantes cuando le informan que hay algún periodista husmeando en sus tiendas.
Amar deja de ser amable con el reportero. “No vuelvas… ¡Y quítate esa jafía, fanático!”, le suelta.
“El llamado de Dios”
El 11 de mayo último un atentado con coches bomba en la localidad de Reyhanli –ubicada en la frontera con Siria– provocó 51 muertos y 140 heridos. La población culpa de ello a las milicias ligadas a Al Qaeda. Las autoridades sostienen que fueron los servicios de inteligencia sirios y detuvieron a siete turcos que supuestamente trabajaban como agentes del gobierno de Bashar al Assad.
Sin embargo, el soldado turco Utku Kalı fue arrestado el 24 de mayo por haber fotocopiado y entregado a la prensa documentos secretos de la inteligencia turca que adjudican la autoría del atentado a la organización islamista Jabhat al Nusra.
A sólo cinco kilómetros de la frontera siria, Reyhanli es uno de los primeros sitios en Turquía donde se sienten los vientos de la guerra cercana. Sus 62 mil 300 habitantes, según el letrero en la carretera a la entrada de la localidad, han crecido hasta más de 100 mil, de acuerdo con estimaciones del ayuntamiento.
La mayor parte de este salto demográfico se debe al flujo de refugiados que escapan de la violencia y del hambre que azotan a Siria. Mucho más pequeño es el número de quienes van en sentido contrario: hacia el combate. Jabhat al Nusra y EIIS concentran a sus nuevos reclutas extranjeros en casas de seguridad de esta población y de Antakya.
Si algunos de ellos ya eran yihadistas de internet que quieren pasar a la acción, otros siguen siendo muchachos de hermosa sonrisa que creen que van a hacer la obra de Dios…y, al parecer, piensan que ello es como asistir a un campamento juvenil.
Donde la avenida Atatürk se encuentra con la Cumhuriyet hay una pequeña rotonda triangular, con un falso tronco de árbol que marca el centro de Reyhanlı. Cruzando la calle, unos albañiles están terminando los cimientos de un edificio nuevo que va a reemplazar al que destruyeron los dos coches bomba de mayo. En otro inmueble más, de color verde, que también fue dañado, obreros se aferran a los andamios. Le dan los últimos toques para que parezca nuevo.
Ahí, en el centro de Reyhanli, un joven rubio de unos 18 años espera su turno para entrar a territorio de Siria. Afirma ser sirio y llamarse Mohamed, aunque no habla árabe y de hecho se expresa en inglés con acento estadunidense. Está convencido de que el reportero viene a hacer la guerra santa. “Yo sé que Dios te puso aquí porque también has escuchado la llamada, hermano. Lo veo en tus ojos. No te avergüences de sus sabias decisiones”, le dice.
Mohamed piensa que todo es parte de un plan de Dios: “Él promueve encuentros que definen tu vida y por eso nos ha puesto aquí, para que tracemos nuestros caminos hacia la purificación”, explica.
Parece no darse cuenta de que va a una guerra. Todo lo que hace falta, sostiene, no es traer un fusil o un chaleco antibalas, sino…un iPad.
Mohamed es uno de los cinco extranjeros que, junto con el reportero, fueron echados de la tienda de Antakya. No se aflige porque, afirma, no hay nada que le falte. Tenía la intención de llevar consigo algo de material porque “es bueno colaborar con los hermanos, y si Dios te ha dado la capacidad para adquirir equipo debes hacerlo, pero si no es así, los hermanos tienen todo lo que necesitas: hay armas de alto poder, hay casas de descanso con piscinas y manjares, todo es halal (alimentos que cumplen los requisitos religiosos), hay entrenamiento y, hermano, hay mujeres para que tengas un buen matrimonio, no una kafir (infiel) que es una sucia, sino buenas mujeres que te darán el amor y los cuidados que necesitas y procrearán muchos hijos… Es una yihad cinco estrellas, por gracia de Dios”.
Los peligros del retorno
Varios factores explican la popularidad de la guerra santa en Siria. Uno de ellos es la facilidad de traslado y de integración.
Para pelear en las montañas de Afganistán, por contraste, un recluta debía hacer un largo, costoso y peligroso viaje en el que apenas se podía confiar en alguien debido a la cantidad de espías de distintos países y a la suspicacia de los habitantes. El recluta debía aprender los dialectos locales y habituarse a un complejo escenario de tribus y clanes enemistados, en los cuales nunca sería aceptado como igual. Y debería habituarse a la dura vida de las cordilleras más altas del mundo, inhóspitas y desoladas.
Siria es otro cuento. Por ejemplo, un alemán sólo necesita hacer un vuelo de dos horas a Estambul, pasar los controles turcos con sólo su tarjeta de identidad –sin visa ni pasaporte– y subirse a un avión de una aerolínea barata que por 50 dólares lo lleva a Antakya en una hora 15 minutos.
Ahí encontrará a otros extranjeros con los que, mientras aprenden árabe (los que quieran, no es indispensable), se podrá comunicar en inglés. Ellos serán sus compañeros de unidad.
Esta sensación de paraíso vacacional se acentúa con la campaña de reclutamiento que ha lanzado Al Qaeda a través de numerosos foros yihadistas en internet. La motivación religiosa –“tienes que cumplir con Dios” – se complementa con la indignación debido a la interminable serie de atrocidades cometidas por el régimen de Assad (los actos brutales de EIIS y Jabhat al Nusra son convenientemente ignorados).
El número de ciudadanos de países occidentales que van a hacer la yihad en Siria es mucho mayor que en todos los conflictos precedentes en naciones árabes. Los servicios secretos de varios países ya han dado la voz de alarma: 220 de origen alemán, según difundió el 13 de noviembre la Oficina Federal de Alemania para la Protección de la Constitución, la cual advirtió que el “número real puede ser mucho mayor”; unos 300 británicos, indicaron los servicios de inteligencia MI5; entre 200 y 400 franceses, de acuerdo con un reportaje que el diario Le Monde publicó el 16 de octubre, y aproximadamente 60 estadunidenses, según publicó el 12 de septiembre el periódico en línea The Daily Beast, de Estados Unidos. Ambos medios se basaron en fuentes de inteligencia de sus propios países.
El citado informe del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización –el segundo que se realiza– reúne todas las cifras conocidas y muestra que, desde el primer reporte, publicado en abril último, el número de extranjeros se ha duplicado.
Al participar en un seminario sobre el tema en la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña, Thomas Hegghammer, experto en Al Qaeda del instituto de investigación Norwegian Defence Research Establishment, explicó el 28 de noviembre que los “combatientes europeos en Siria pueden haber superado el número total de extranjeros islámicos en todos los conflictos en países árabes entre 1990 y 2010, y apenas llevamos dos años y medio de guerra en esa nación”.
Los expertos apuntan un peligro futuro: el regreso a sus países de esos combatientes. El simpático Mohamed que cree ir a una “yihad de cinco estrellas” difícilmente será el mismo con todo el adoctrinamiento que recibirá y después de haber aprendido a cortar cabezas en nombre de Dios. Habrá visto a sus amigos morir y, posiblemente, habrá cobrado brutales venganzas en soldados enemigos o en sospechosos civiles. Volverá con conocimientos en el manejo de armas y preparación de explosivos. Y junto con el peso del odio, tendrá experiencia de combate.
El pasado 8 de noviembre el sitio en línea Vice publicó un video en el que aparece un yihadista británico. Se encuentra en una zona de combate. Lo rodean sus compañeros europeos. Están armados y encapuchados. El yihadista británico exige a sus compatriotas alzarse contra su gobierno si no quieren ser castigados junto con éste por “sus crímenes”.
Y anuncia: “Restableceremos el honor del Islam hasta Palestina. Y Gran Bretaña será la siguiente; Gran Bretaña quedará, si Dios lo quiere, en el mundo islámico”.








