“Gloria”

La carrera del chileno Sebastián Lelio (1974) progresa a paso seguro y firme; su trabajo no se apoya en señas ni muecas exageradas pese a tratar temas tan agobiantes como el terremoto de 2010 en Chile (El año del tigre). Perteneciente a una generación nacida después del golpe de 1973, los personajes de sus películas se muestran ansiosos por encontrar un lugar que los defina, un sentido y una entidad de país con la cual identificarse; a Chile no le es aún fácil lidiar con su historia reciente, y la familia puede ser una trampa sin salida.

Gloria (Chile-España, 2013) apenas roza estos temas, manifestaciones en la televisión, comentarios en alguna reunión social; Gloria (Paulina García) es una exuberante divorciada de 58 años que vive el momento, tiene un buen trabajo, buen nivel económico, y habita sola en un departamento; mantiene una buena relación con sus hijos, un tanto distanciada porque ellos, que se ocupan de sus propios asuntos, poco necesitan ya a la madre. A Gloria le gusta bailar en reuniones y discos para gente madura; está abierta a una relación o incluso a una aventura de paso.

Embelesada por su risa, con ojos que observan y paladean lo que la rodea a través de grandes lentes, la cámara no se despega del rostro y del cuerpo de Gloria; Rodolfo (Sergio Hernández), otro divorciado con quien intenta una relación, le pregunta con admiración si siempre es así de feliz. El público, acostumbrado a que le digan cómo piensa el protagonista y qué le pasa por la cabeza, quisiera saber más; pero la cámara de Lelio, que capta a Gloria hasta en detalles tan íntimos como depilarse, tampoco sabe más de lo que ve; el espectador tendrá que aprender a conocerla a través de sus reacciones, de la música setentera que escucha y baila, o de uno que otro comentario a Rodolfo o a sus hijos.

Gloria se va revelando como una mujer que es feliz porque ha decidido serlo, que tiene ya una edad en la que, como dice el escritor Michel Houllebecq, se sabe que nada es para siempre. Por eso, bajo el riesgo de parecer intransigente, no tiene tiempo que perder chapoteando en los pantanos de los otros, como el de Sergio, encadenado al chantaje de la exesposa y las hijas. El retrato que ofrece Sebastián Lelio es el de una mujer auténticamente liberada, sin demasiadas ideas, que rehúsa que le impongan roles y la metan en negruras. Para Gloria las cosas tienen que ser claras, no hay tiempo que perder; las metáforas son simples, incluso irrisorias, como la del títere de calavera que baila rock and roll.

Sebastián Lelio rompe con un tabú mostrando abiertamente la sexualidad entre gente más que madura; sin concesiones, de manera intensa y realista pero nunca grotesca. En el título la película festeja a John Cassavettes (Gloria, 1980); el carisma que logra Paulina García (premio a la mejor actriz en el Festival de Berlín) bien recuerda a la Gloria de Gina Rowlands; sólo que aquí la sangre es pintura verde, las armas son de juguete y, como dice el novio sexagenario con pasado confusamente militarista, a los hombres les gusta jugar a la guerra. Pero esta Gloria también es de armas tomar.