De andares y miradas

De andares intransigentes y mirada singular, Guillermo Rodríguez Morales (Ciudad de México 1887-1974) recorrió durante décadas la geografía mexicana. Lo hizo por necesidad laboral y por una irrefrenable pasión; a veces se desplazaba solo, otras lo hacía con sus compañeros excursionistas del grupo Cuauhtli, luego rebautizado como Club Montañista México.

Solía vestir uniforme de explorador y siempre viajaba armado de su equipo de alpinismo. También llevaba su inseparable cámara estereoscópica Gaumont y otros aditamentos para retratar su entorno –cual coleccionista de instantes y fulgores– y congelar en su lente infinidad de historias mudas. Fue, la suya, una mirada intencionada. Dueño de su tiempo, supo captar como artista la tercera dimensión de las cosas –eso es la estereoscopía– y con un recurso poco usual en los artistas supo meterse en ese universo que él mismo recreó, dejando algunos autorretratos suyos donde aparece inmerso en las portentosas rocas o montañas que fotografió.

Rodríguez Morales combinó con naturalidad esas dos actividades: el montañismo y la fotografía y dejó de ellas una huella perenne en alrededor de 2 mil tomas en las cuales se observa su gusto por los paisajes, su reverencia por las cúpulas de iglesias y retablos centenarios, su sensibilidad ante la arquitectura y su admiración por las escarpadas montañas del Estado de México, Hidalgo, Puebla, Veracruz, Oaxaca y, por supuesto, la Ciudad de México donde nació, antaño famosa por sus palacios.

Tras su muerte, en 1974, todo ese acervo visual quedó entre sus cosas, sepultado durante varias décadas, hasta que su hijo Rafael Rodríguez Castañeda, director de Proceso, lo rescató del olvido y hoy, después de 39 años, nos las comparte en el espléndido libro En alas de la mirada. El México que el tiempo se llevó. Guillermo Rodríguez Morales. Explorador y fotógrafo, coeditado por Proceso y Grijalbo con el patrocinio de BBVA Bancomer, la UNAM y el Instituto Nacional de Bellas Artes.

El volumen, de 253 páginas, incluye 194 fotos, divididas en nueve ejes temáticos, titulados: En el techo del mundo; Misterios de las montañas; El silencio de las peñas; Al filo del agua; Visión de las entrañas; Caminos, pueblos, gente; Dios en la tierra; Las huellas del pasado, y La Ciudad de México. Lo complementan un prólogo de Guillermo Tovar de Teresa, un ensayo del propio Rodríguez Castañeda, un breve apunte de su hermano Roberto y un texto de José Raúl Pérez Alvarado, quien participó en la digitalización de las fotografías.

Rodríguez Morales  “vino al mundo cuando el mundo, para la familia en la que nació, era el centro de la Ciudad de México –escribe el director de Proceso–. En aquel rectángulo urbano se mezclaban los palacios con las vecindades y los potentados de la alta clase porfiriana con la plebe, como aquéllos denominaban a los más bajos estratos sociales. En sus restaurantes y cafés, poetas y novelistas del romanticismo mexicano daban refugio a sus desilusiones amorosas y se solazaban en reuniones bohemias. Los ojos infantiles y juveniles de Guillermo fueron testigos del amanecer del siglo XX, de la aparición de los primeros automotores, de la sustitución de los tranvías de mulitas por los tranvías eléctricos, de la vida pausada de una ciudad pretenciosamente  afrancesada en la que aún se respiraban aires pueblerinos”.

Después de trazar su itinerario como empleado de la legendaria ferretería Casa Boker y como vendedor de máquinas de coser Singer, Rodríguez Castañeda enfoca al fotógrafo:

“Por excepción –sostiene– colocaba la cámara sobre un tripié, componía la escena y encargaba a alguno de sus compañeros apretar el disparador para él mismo aparecer en la gráfica. En rigor, verdaderos autorretratos”. De ello dan muestra sobre todo las fotos de las páginas 7 y 90.

Más adelante añade: “Tal vez suene excesivo; el arte de Rodríguez Morales es esencialmente puro. No requiere de interpretaciones sociológicas”. Acaso lo sea. Lo cierto es que –paradojas del anacronismo– hoy esa historia congelada en imágenes, postergada, nos devuelve la mirada para que recreemos esos tiempos idos que, debe insistirse, sobreviven en el imaginario mexicano.

Y es precisamente ése el valor de las fotos; la herencia singular del fotógrafo y explorador Guillermo Rodríguez Morales, el “artista puro”, puesto que, como escribió José Saramago en sus Cuadernos de Lanzarote: “El arte no avanza, se mueve”. Y ahí sí, las fotos estereoscópicas que imprimió admiten infinidad de interpretaciones y re-visiones, paradojas –un nómada que congela quietudes estéticas–, recovecos y palimpsestos, incluida una vindicación del anacronismo, ¿por qué no?

Espléndida resulta la afirmación del prologuista Guillermo Tovar de Teresa, fallecido el pasado 10 de noviembre, cuando alude a la vida novohispana, a los tiempos en los cuales la mirada “se dirigía a un mundo fuera de este mundo y a un espacio fuera del espacio. No era una mirada –dice–, era una visión, limitada a imaginar un mundo de redención o condena”. En esos tiempos la vida real era suprimida, añade. Tuvieron que pasar décadas hasta que poco a poco, ya en el siglo XIX, se fueron imponiendo los actores sociales, laboriosos e insertos ya en el paisaje real.

Y fue en ese universo epocal que Rodríguez Morales realizó su trabajo, desde dentro de la realidad que le tocó vivir, y legarnos esa magnífica memoria de la tradición de nuestro paisaje, sus pueblos y su gente.

Más, como escribe Rafael Rodríguez Castañeda en su texto: “Sin la mirada, sin la virtud de descubrir con ella las maravillas del juego de luces y sombras que forman el mundo exterior, no es posible el arte fotográfico, más allá del valor intrínseco de rostros, escenas, paisajes. Este libro es una invitación a levantar el vuelo en alas de la mirada del hombre y a observar imágenes artísticas de un México que se ha ido o se está yendo con el tiempo…”