Durante dos años el periodista estadunidense Richard Stengel se le pegó a Nelson Mandela, grabó sus conversaciones y llenó cientos de libretas de apuntes. El resultado fue El camino de Mandela –del cual se reproducen aquí algunos fragmentos–, libro en el que se desnuda el alma del primer presidente negro de Sudáfrica, fallecido el pasado jueves. Es la historia de un hombre que sacó de la mediocridad la palabra “líder” y quien, aun cuando descendía de una familia real, supo hacerse a un lado para darle paso a la democracia.
PARÍS.- Sudáfrica se siente huérfana y el mundo está de luto. El jueves 5 falleció Nelson Mandela.
Durante más de medio siglo Mandela simbolizó la fuerza de la dignidad humana y su triunfo, primero sobre el apartheid y luego sobre la tentación de venganza de los millones de víctimas del régimen racista.
Universalmente celebrado, Mandela desconfiaba del culto que inspiraba. Le parecía a la vez intrascendente y peligroso ser calificado de “profeta”, “ídolo”, “ícono”, “santo”, “leyenda viva” o “mesías”. En realidad sólo se reivindicó como líder.
Pero su concepto de liderazgo era sumamente complejo, a la vez pragmático y profundamente arraigado en su cultura africana, explica Richard Stengel en su libro Mandela’s Way. Fifteen Lessons on Life, Love and Courage (El camino de Mandela. Quince lecciones de vida, amor y valentía). Director del semanario Time desde 2006, Stengel colaboró con Mandela en la redacción de su autobiografía, El largo camino a la libertad, publicado en 1994.
Stengel convivió casi dos años con Madiba (como lo llamaban en el clan xhosa al cual pertenecía), de finales de 1992 a mediados de 1994, durante los cuales grabó 70 horas de entrevistas con él y llenó cientos de cuadernos.
En 2010 Stengel se sumergió en sus apuntes y escribió El camino de Mandela, un libro de apenas 200 páginas de lectura agradable y estilo ameno donde dibuja un fino retrato psicológico de Madiba.
“Ser líder significó distintas cosas para Mandela”, dice Stengel. A veces tomó la expresión al pie de la letra.
“Un ejemplo: decidió encabezar al grupo de presos condenados junto con él cuando llegó por primera vez a la isla de Robben en 1962. Quería ser el primero en enfrentar las miradas y los escarnios de los guardias y enseñar a sus compañeros que la mejor manera de actuar era imponerse desde el principio frente a los carceleros. (…) Por supuesto ser líder para Mandela implicaba también tomar iniciativas atrevidas e inclusive que iban a contracorriente.”
Larga es la lista de las iniciativas cruciales de Madiba.
En 1951 se lanzó a la conquista de la dirección de la Liga de la Juventud del Congreso Nacional Africano (CNA), sacudiendo con su radicalismo a la vieja guardia de la organización. Un año más tarde, en 1952, encabezó la campaña de desobediencia civil contra los salvoconductos impuestos por el régimen sudafricano a la población negra para limitar su libertad de movimiento en el país e incluso dentro de las ciudades.
La sangrienta represión a ese movimiento de resistencia no violenta dio a conocer internacionalmente la lucha contra el apartheid y convenció a Mandela de la necesidad de renunciar a la filosofía gandhiana que permeaba al CNA.
Le costó mucho trabajo persuadir al CNA de que urgía recurrir a la violencia y crear una organización clandestina de sabotaje. Lo logró. En 1961 fundó y dirigió Umkhonto we Swize (brazo armado del Congreso Nacional Africano).
También se mostró temerario durante el Juicio de Rivonia en 1964.
Explica Stengel:
“Mandela se declaró culpable ante la Corte. Se declaró culpable de luchar a favor de los derechos humanos y de la libertad, de combatir las leyes injustas y de defender a su pueblo oprimido. Reconoció que había planeado y organizado acciones de sabotaje contra el gobierno. Hubiera podido fácilmente declararse inocente, pero según sus criterios esa actitud significaba no comportarse como líder. Sabía que corría el riesgo de ser condenado a muerte, pero no buscó evitar esa sentencia.”
Tres décadas después, en 1995, Mandela lanzó dos nuevos desafíos que causaron asombro. Tenía apenas un año de haber sido electo presidente en los primeros comicios democráticos de la historia de Sudáfrica, cuando aseguró que se limitaría a un solo mandato presidencial.
“En 1999 cumpliré 81 años. Un octogenario ya no tiene por qué meterse en política”, comentó en varias oportunidades.
Hubiera podido ser presidente vitalicio. Pero el poder por el poder no le interesaba. Sólo le importaba encaminar a su país hacia la democracia y pasar luego la estafeta.
Y fue precisamente para proteger esa transición democrática de la violencia que sacudía al país que Mandela y Desmond Tutu, arzobispo anglicano y siempre opositor del apartheid, concibieron la Comisión para la Verdad y la Reconciliación.
Pedir a los verdugos que reconocieran públicamente sus excesos y sobre todo a las víctimas que los perdonaran fue un acto de inmensa valentía y una apuesta arriesgada de Mandela y Tutu.
Llovieron críticas, se multiplicaron protestas, hubo mucha resistencia pero Mandela no retrocedió.
Creada a finales de diciembre de 1995 la Comisión empezó sus labores los primeros días de 1996. Durante dos años recogió 20 mil testimonios de víctimas en todo el país y generó una inmensa catarsis nacional. No sanó todas les heridas, pero evitó un baño de sangre en el convulsionado periodo posterior al apartheid.
Negociaciones secretas
Para Stengel, sin embargo, fue a mediados de los ochenta cuando Mandela tomó la iniciativa más arrojada de toda su vida:
“Ninguna de las acciones de Mandela implicó tantos riesgos y peligros como su decisión de emprender negociaciones secretas con el gobierno en 1986, mientras seguía encarcelado”, enfatiza Stengel.
“Semejante iniciativa violaba todos los principios de su organización e iba contra las propias declaraciones públicas que él mismo había reiterado durante décadas. Hubiera podido convertirse en paria en su propio movimiento, hubiera podido precipitar al país en una guerra civil total. Pero Mandela sabía que debía tomar la iniciativa.”
Mandela confió a Stengel:
“Es absolutamente necesario que de vez en cuando el líder actúe en forma independiente, sin consultar a nadie, y sólo después exponga su decisión a los miembros de su organización.
“El líder les debe decir: ‘Habrá situaciones en las cuales los pondré ante el hecho consumado; entonces la única interrogante que deberán plantear será la de saber si lo que hice fue útil o no al movimiento’. Quiero decir que si hubiera discutido de las negociaciones con mis compañeros antes de hablar con el gobierno, todos hubieran rechazado mi idea, y a la hora en que estamos hablando las pláticas aún no hubieran empezado.”
Pero al mismo tiempo que revindicaba el derecho de tomar decisiones determinantes secreta y unilateralmente, Mandela reiteraba su apego a la tradición africana de jefe de clan.
Su modelo era Jongitaba Dalindyebo, rey del pueblo thembu, de la etnia xhosa de la provincia de Transkei. A la muerte de su padre, también de origen real pero que vivía en Qunu, Rolihlahla –nombre africano de Mandela–, fue adoptado por el soberano thembu y se trasladó al pueblo de Mqekezweni. Tenía nueve años.
Los aposentos reales eran modestos pero –cuenta Mandela en el diario que escribió en la cárcel– lo que más le impresionó fue observar cómo ejercía el poder el rey.
Stengel, quien conversó largamente sobre el tema con Mandela, recalca:
“El rey ejercía el poder durante las asambleas de su corte. Llegaba todo el pueblo y cualquier persona que tuviera algo que decir podía tomar la palabra. Según lo exigía la tradición, el jefe tenía que escuchar el punto de vista de sus consejeros y de la comunidad antes de expresar su propia opinión. El rey siempre tenía un porte digno y altanero. Cuando tomaba la palabra al final de los debates solía resumir los puntos de vista y buscar un consenso. Nunca dejaba que su propia voluntad prevaleciera sobre la de la comunidad.”
Precisa: “Mandela decía que un buen líder no impone su opinión y tampoco exige de los demás que lo sigan. Un buen líder escucha, propone una síntesis y luego se esfuerza por elaborar líneas de conducta y llevar a la gente a actuar. Es así como Mandela define la tradición africana del ejercicio del poder. Él considera a Occidente como el baluarte de las ambiciones personales. A su juicio los occidentales sólo luchan para ser los primeros en llegar y vencer a los demás. En cambio el liderazgo, como Mandela lo concibe, se basa en el ubuntu. Ese humanismo africano considera que el poder emana de los demás y que el individuo sólo puede mejorarse en una interacción no egoísta con el prójimo”.
En el prefacio al libro de Stengel, Mandela escribió:
“Existe en África el concepto del ubuntu. Es el sentimiento profundo de que sólo somos humanos si reconocemos y respetamos la humanidad en el prójimo. Es también el sentimiento de que si nos toca realizar algo en este mundo tendremos que compartir el mérito a partes iguales con los demás por su trabajo y eficacia.”
Y fue porque millones de negros sudafricanos siguen profundamente impregnados por el ubuntu que Mandela y Tutu pudieron echar a andar la Comisión para la Verdad y la Reconciliación.
Armonizar conceptos de liderazgo tan contradictorios no planteó el menor problema a Mandela.
Stengel insiste:
“Mandela es un ser complejo, un nudo de contradicciones. Tiene el cuero duro, pero es fácil herirlo. Se muestra sensible a lo que sienten los demás, pero a menudo se olvida de sus seres más cercanos. No es avaro, pero cuenta cada centavo cuando deja una propina. Tiene mucha cercanía con el pueblo y le gusta codearse con gente famosa. (…) Quiere ser amado, quiere ser admirado. Nunca quiere desilusionar y eso le cuesta mucha energía. Pero no le asusta decir ‘no’ en forma tajante a quien sea. No le gustan los honores, pero se las arregla para insinuar cuándo le conviene ser homenajeado.”
Mandela siempre reconoció que nada lo predestinaba a liderar el proceso de liberación de los negros sudafricanos.
Fue al llegar a Johannesburgo en 1941 cuando sufrió en carne propia la violencia de la discriminación racial. Tanto en su pueblo natal de Qunu como durante sus estudios primarios en Mqekezweni, secundarios en el internado del Instituto Clarkebury de Engcobo y superiores en la Universidad de Fort Hare, reservada a los hijos de la élite negra, Mandela vivió apartado de los blancos y, por lo tanto, relativamente protegido del racismo.
Se capacitaba para convertirse en sabio asesor del rey de los thembu. Estaba orgulloso de sus orígenes y de su cultura, consciente de su rango, seguro de sí mismo, y tenía un sentido agudo de la dignidad de su etnia y de la suya propia.
Dos incidentes cambiaron su destino. El primero fue una huelga en la que participó en la universidad para exigir mejores comidas. El movimiento de protesta desembocó en un enredo administrativo. Mandela se enfrentó con el rector, se salió de Fort Hare y abandonó sus estudios.
El segundo fue la decisión de su tutor, el rey Jongitaba Dalindyebo, de casarlo con una joven aristócrata thembu. El respeto que le inspiraban a Mandela las tradiciones ancestrales tenía límites. Uno de ellos era su rechazo a los matrimonios arreglados. Mandela huyó de Mqekezweni y se fue a Johannesburgo.
Trabajó en una mina. Vivió en una zona miserable. Se topó con la crudeza del apartheid y tomó conciencia del abismo que separaba a los blancos de los negros. Reinició sus estudios de derecho en la efervescente Universidad de Witterstrand.
La transición fue brutal. Descubrió un mundo en el cual nadie lo veía como hijo respetable de un jefe de clan, sino como un pobre campesino torpe. El choque entre el racismo que padeció y la confianza que tenía en su valor y su autoestima quedó grabado para siempre en su memoria.
Confesó en su autobiografía:
“A pesar de que la universidad era bastante liberal, nunca me sentí muy a gusto en ella. No me resultó muy agradable ser siempre el único africano negro aparte del personal de servicio, o ser considerado en el mejor de los casos una curiosidad, y en el peor, un intruso.”
¿Cuándo decidió lanzarse de lleno en la política?
“Soy incapaz de decir en qué momento me politicé”, aseguró en El largo camino a la libertad. “No viví ningún momento excepcional, ninguna revelación, ningún instante fulgurante de verdad, pero mi coraje, mi espíritu de rebeldía, mi deseo de combatir el sistema que oprimía a mi pueblo nacieron de la acumulación permanente de miles de ofensas y humillaciones. No hubo un día particular en el que me dije: ‘A partir de ahora me voy a dedicar a la liberación de mi pueblo’. En realidad me encontré haciéndolo y sin poder hacer otra cosa.”
Clandestino
En 1951 Mandela abrió un bufete de abogados junto con Oliver Tambo, su compañero de lucha y estudios. Fue un acontecimiento: eran los dos primeros abogados negros de Johannesburgo. Le entusiasmó su profesión, pero no tardó en dejar de ejercerla. La política lo obligó. En 1961 asumió la dirección militar de Umkhonto we Swize y pasó a la clandestinidad.
“Nunca había sido soldado, nunca había combatido, nunca había disparado un tiro y me tocó la tarea de organizar un ejército”, le comentó irónico a Stengel.
Umkhonto we Swize necesitaba dinero, armas y entrenamiento militar. A principios de 1962 Mandela salió clandestinamente de Sudáfrica para reunirse con revolucionarios argelinos y de otros países africanos. Estuvo también en Londres, donde se habían exiliado miembros del CNA. La policía lo detuvo poco después de su regreso al país. El CNA siempre afirmó que la CIA había informado a sus homólogos sudafricanos de su paradero.
El 7 de noviembre de 1962 Mandela fue condenado a cinco años de prisión y encarcelado en la isla de Robben. Un año más tarde, el 9 de octubre de 1963, fue trasladado a Pretoria para ser de nuevo enjuiciado, esta vez junto con nueve compañeros suyos de la dirección de Umkhonto we Swize detenidos en el pueblo de Rivonia.
El Juicio de Rivonia tuvo eco planetario. Inmensa fue la solidaridad internacional con Mandela y sus compañeros. La ONU exigió la suspensión del proceso y la liberación de los detenidos. En vano. El 12 de junio se dio el veredicto: cadena perpetua para Mandela y cinco de sus coacusados. Todos fueron internados en la isla de Robben.
Mandela subrayó en El largo camino a la libertad:
“La cárcel y las autoridades conspiran para despojar al preso de su dignidad. Eso fue precisamente lo que me permitió sobrevivir: cualquier hombre o cualquier institución que busca despojarme de mi dignidad la lleva perdida (…) Nunca pensé seriamente que no saldría de la cárcel. Nunca pensé que cadena perpetua significaba para mí estar encarcelado toda mi vida y morir detrás de las rejas. Quizá negaba esa posibilidad porque era demasiado difícil de soportar. Soy fundamentalmente optimista. No sé si eso se debe a mi naturaleza o a mi cultura.”
En El camino de Mandela, Stengel analiza una de las manifestaciones más sutiles del optimismo de Madiba: su capacidad de percibir el bien en cada ser humano.
Ese rasgo de su personalidad fascinó al periodista y le dedicó un capítulo entero de su libro. Habló horas con Mandela sobre su convicción de que el ser humano es fundamentalmente bueno y sobre su empeño en prender chispas de humanidad en los seres más oscuros.
Poco después de su llegada a la isla de Robben, Mandela empezó a aprender afrikaans para poder comunicarse con los guardias y los directivos de la prisión, todos afrikaners. Estudió su idioma, su cultura, su historia. Y dialogó y entabló relaciones con ellos. Los conoció a fondo y logró que lo respetaran. Esa percepción directa de la psicología de los afrikaners le fue sumamente útil años más tarde, cuando negoció secretamente con el gobierno.
Enfatiza Stengel:
“Mandela ve el bien en el prójimo porque así es por naturaleza pero también porque es su interés. (…) Un día me confió: ‘Es bueno actuar partiendo de la idea de que los demás son íntegros y dignos. Ver de esa forma a las personas con las que se trabaja genera integridad y dignidad. De eso estoy persuadido.”
La transición
Madiba fue recluido en distintas prisiones a lo largo de sus casi tres décadas de encarcelamiento. Pasó primero 18 años en la isla de Robben. En marzo de 1982 junto con sus compañeros del CNA encarcelados con él, fue trasladado al reclusorio de Pollsmoor, a 50 kilómetros de El Cabo.
En 1985 fue hospitalizado. Una vez controlado su problema de próstata, fue devuelto a Pollsmoor, pero a una celda aislada. Perdió el contacto con sus compañeros.
Entendió que no se trataba de represalias sino de una señal: el gobierno le manifestaba su disposición a iniciar pláticas secretas. En 1986 fue trasladado al centro penitenciario de Paarl, en la provincia del Cabo Occidental, mientras sus compañeros quedaron en Pollsmoor. Las autoridades pusieron a su disposición una casa relativamente cómoda, con jardín y piscina, donde su familia podía visitarlo cuando quisiera. Empezaron las discusiones preliminares para sentar las bases de las negociaciones entre el poder y el CNA. Se prologaron cuatro años.
Finalmente el 11 de febrero de 1990 Mandela salió de la cárcel. La noticia dio la vuelta al mundo.
En su autobiografía, el relato que hizo de sus primeras horas en libertad suena apocalíptico:
“Cuando llegamos a los alrededores de El Cabo vi que todo el mundo se dirigía hacia el centro. El comité de recepción había organizado un mitin en la plaza de la Grand Parade frente al ayuntamiento. Yo debía tomar la palabra desde uno de los balcones del ayuntamiento.
“Cuando nos acercamos a la plaza nos dimos cuenta de que estaba invadida por una multitud inmensa. El chofer hubiera debido doblar a la derecha para evitarla, pero se equivocó y se metió en la marea humana. Inmediatamente la multitud se acercó y rodeó el coche. Seguimos avanzando muy despacio. Pero la presión de los cuerpos nos obligó a parar. La gente empezó a golpear las ventanas del coche, luego el techo y el capó. Algunas personas estaban tan excitadas que se pusieron a brincar sobre el coche. A otras les dio por sacudirlo. En ese momento empecé a preocuparme. Tuve la impresión de que la multitud podía matarnos con todo ese amor.”
Mandela y su esposa Winnie quedaron atrapados muchísimo tiempo. Finalmente llegó la policía. El chofer arrancó como loco. Mandela le pidió llevarlo a casa de un amigo para recobrar el ánimo. Pronto lo llamó Tutu.
“Nelson, si no regresas de inmediato a la plaza ya no respondo. Pienso que la multitud se puede amotinar”, le dijo.
A Mandela le costó trabajo convencer al chofer de que le urgía ir de nuevo a la plaza. Llegó al ayuntamiento:
“Me asomé al balcón. Había un mar infinito de gente que gritaba, agitaba banderas y banderolas, aplaudía y reía. Levanté el puño y la multitud me contestó con un inmenso clamor (…) Cuando se tranquilizó un poco saqué mi discurso y busqué mis lentes. Me di cuenta de que los había olvidado. Sabía que Winnie tenía los mismos, se los pedí prestados.”
Después de la euforia imperó el caos. Mandela, el presidente Frederik de Klerk y sus equipos de trabajo se sentaron a la mesa de negociaciones para elaborar una nueva Constitución y fijar fecha para las elecciones democráticas. Pero el sector más recalcitrante de los afrikaners multiplicó las provocaciones y matanzas al tiempo que el ala radical de los opositores al apartheid consideraba que Mandela hacía demasiadas concesiones a los blancos.
Entre ellos destacaba Chris Hani, quien había encabezado Umkhonto we Swize antes de exiliarse y dirigía el Partido Comunista de Sudáfrica desde su regreso al país en 1991.
Sudáfrica estuvo a punto de caer en la guerra civil varias veces entre 1990 y 1994. El asesinato de Hani en 1993 casi prendió la mecha.
Mandela y De Klerk evitaron lo peor. Mandela más que De Klerk. Pero ambos fueron galardonados con el Premio Nobel de la Paz en 1993.
Comentó Mandela en su autobiografía:
“Muy a menudo la gente me pregunta cómo pude aceptar compartir una recompensa con Frederik de Klerk después de haberlo criticado tan severamente. (…) Pero para hacer la paz con un enemigo es preciso trabajar con él, entonces ese enemigo se convierte en socio.”
Asumir el poder absorbió todo su tiempo. En Conversaciones conmigo mismo –recopilación de parte de la correspondencia y los diarios de Mandela, de grabaciones de sus entrevistas con Stengel y otros documentos, publicada en 2010– aflora de vez en cuando cierta nostalgia.
Mandela parecía añorar el ritmo de vida que tenía en su casa-cárcel de Paarl. En ese entonces tenía tiempo para leer, estudiar, meditar, escribir, recordaba. Nada que ver con la agitación de su función presidencial y sus giras internacionales.
La Presidencia fue su nueva prisión. Se quejaba de no poder caminar solo por las calles y solía presentar a sus colaboradores como sus nuevos carceleros.
Divorciarse de Winnie ensombreció también sus primeros años de libertad. Pese a múltiples intentos, Stengel nunca pudo tocar ese tema a fondo con Mandela.
“Sus sentimientos para con Winnie siguen siendo mitigados y algo amargos. Siente nostalgia por los años idos y es realista en cuanto al presente. Llegaron a una especie de tregua. Depusieron las armas. Ya no se critican en público y se limitan a relaciones estrictamente formales”, se limitó a comentar.
El 18 de julio de 1998 Mandela festejó sus 80 años casándose con Graza Machel, viuda de Samora Machel, expresidente de Mozambique y apoyo incondicional del CNA, fallecido en un accidente de aviación en 1986.
Con ella y rodeado por sus hijos y sus numerosos nietos pasó los 15 últimos años de su vida. En 2001 se le declaró cáncer de próstata y su salud empezó a degradarse. Finalmente en 2004 anunció que se retiraba de la vida pública. Hizo una excepción para inaugurar el Mundial de Futbol en 2010. Luego fueron muy escasas las imágenes de Madiba difundidas por la televisión sudafricana.
¿Se enteró Mandela del escándalo nacional e internacional causado por la matanza de Marikana en agosto de 2012? ¿Supo que policías negros mataron a sangre fría a 34 mineros huelguistas en Lonmin? ¿Se dio cuenta de que Cyril Ramaphosa, uno de los dirigentes del CNA con quien tenía estrechas relaciones, pertenecía al consejo de administración de Lonmin?
Lo más probable es que no. Frecuentes hospitalizaciones por graves problemas pulmonares –que acabaron con su vida– y achaques seniles lo aislaron del mundo.








