Un año deplorable

Después de un año de gobierno, Enrique Peña Nieto, más allá de la aprobación de algunas reformas, todavía no puede arrogarse la concreción de sus promesas de campaña. De hecho los datos son negativos: la expectativa de crecimiento del PIB se redujo a menos de una tercera parte (de un pronóstico de 3.9% a 1.2%, aunque algunos analistas ya lo ubican debajo de esta cifra); pese a que las cifras oficiales hablan de una reducción en los homicidios perpetrados por la delincuencia organizada, también muestran el incremento de los secuestros y las extorsiones, así como la expansión de las llamadas autodefensas, que impactan directamente la gobernabilidad; asimismo, la protección de los derechos humanos (de acuerdo con Human Rights Watch) únicamente avanza en la retórica oficial, y según The Economist el éxito de la Presidencia de Peña Nieto depende, casi totalmente, de la reforma energética.

Como ha sucedido en los últimos cuatro sexenios, al concluir el primer año de gobierno los presidentes tienen nada o muy poco que presumir, como no sea el desencanto ciudadano ante la abismal brecha entre las expectativas y la realidad. Una brecha que, por las propuestas y acciones gubernamentales, hoy parece imposible de llenar.

The Economist, publicación inglesa abiertamente identificada con el neoliberalismo y muy cercana al sector empresarial (y dentro de éste al mundo financiero), al hacer el balance de un año de gobierno en la edición de la semana pasada, dejó muy claro el descontento del sector empresarial por lo que llama “una descuidada e improvisada mezcolanza de alzas impositivas”. También especificó que la propuesta de reforma energética de Peña Nieto, dada a conocer en agosto pasado, fue decepcionante, y que para asegurar su éxito requiere incorporar los contratos de producción compartida y las concesiones (si bien, para no provocar irritación popular, las puede llamar “licencias”) a particulares (sobre todo a las corporaciones petroleras internacionales).

Enfáticamente concluyó: “El señor Peña sabe que muchas de sus otras reformas llevarán años, tanto para ser implementadas como para detonar el crecimiento. Una reforma energética audaz puede ser el éxito de su Presidencia. Titubear demostraría que el Momento Mexicano fue fugaz”. No hay lugar a dudas, a juicio de The Economist, de que el éxito del gobierno de Peña Nieto depende de que retome la iniciativa panista y modifique algunos términos, sin cambiar para nada el sentido de la misma: total apertura al capital privado, nacional e internacional, en el sector energético mexicano, particularmente en la explotación de hidrocarburos.

Pero aun en el caso de que Peña Nieto lograra vencer las resistencias de sus correligionarios para aprobar una reforma energética más audaz y de que ésta detonara el crecimiento de la economía mexicana, tal hecho difícilmente contribuiría a abatir los niveles de inseguridad, ingobernabilidad, desigualdad y pobreza.

Hasta hoy la idea de Peña Nieto de apostar todo a la fortaleza de sus dos virtuales vicepresidentes: Miguel Ángel Osorio Chong, en lo político, y Luis Videgaray, en lo económico, es un rotundo fracaso. El primero rinde malas cuentas en prácticamente todas las áreas que le corresponden, pues hasta el Pacto por México se resquebrajó en la víspera del primer aniversario, y el segundo apenas logró escapar de la recesión económica.

Además, las acciones emblemáticas (la aprehensión de Elba Esther Gordillo, la implementación de la reforma educativa y la Cruzada contra el Hambre) no logran despegar y consolidarse. La defensa jurídica de la exlideresa magisterial recibe aliento cada vez que gana un amparo; el titular de Educación, Emilio Chuayffet, está prácticamente desaparecido; el INEGI incumple los tiempos del censo de escuelas y profesores, y la CNTE obstaculiza la implementación de la reforma educativa en varias entidades federativas; y, hasta hoy, el programa diseñado por la experredista Rosario Robles únicamente existe en el discurso oficial, pues no cuenta con suficiente presupuesto y sus esfuerzos se canalizaron a atender las emergencias provocadas por los fenómenos naturales de los meses pasados.

Dado lo ambicioso del paquete de reformas legislativas y las condiciones de inseguridad e ingobernabilidad que reinaban cuando Peña Nieto empezó su mandato, un año no parece tiempo suficiente para sacar adelante la tarea; pero lo preocupante es que hay muchos hilos sueltos y demasiados indicadores negativos.

Se avanzó en las reformas legislativas, pero las únicas tres (la laboral, lograda antes del inicio de su mandato, la educativa y la fiscal) que ya concluyeron dicho proceso enfrentan cuestionamientos y muestran malos números al inicio de su implementación. En el caso de la laboral, los datos dados a conocer al año de su promulgación revelan que no tuvo el impacto esperado en la generación de nuevas plazas de empleo formal (en 2012 se crearon 832 mil 73 plazas; y en este año, 590 mil 393), y la Coparmex ya pidió reformar la nueva legislación. A su vez, la educativa empezó a sumar atrasos y acuerdos de excepción para su implementación. Y en el caso de la fiscal, es un hecho unánimemente aceptado que no es definitiva.

En el resto de las reformas (financiera, de transparencia  –estas dos se aprobaron apenas la semana pasada–, telecomunicaciones y de competencia, política y energética), los legisladores todavía no concluyen su labor y los impactos reales de las mismas dependen fuertemente de dicha tarea, pero hasta hoy lo que se conoce o se ha operado no luce muy halagador, como es la conformación de los órganos de gobierno del Instituto Federal de Telecomunicaciones y de la Comisión Federal de Competencia, o el procedimiento de designación de los comisionados del Instituto Federal de Acceso a la Información.

Y, como ya se comentó en los párrafos precedentes, en los temas más acuciantes: inseguridad, desempeño económico, empleo, gobernabilidad y combate a la pobreza, entre otros, los números son devastadores.

Así, después de un año de gobierno, la Presidencia apuesta a que las expectativas optimistas que provocan, especialmente para el mundo empresarial, los avances legislativos (aunque, como bien señala The Economist, ello depende de que finalmente se apruebe una audaz reforma energética, que aplaque la furia empresarial por la reforma fiscal) compensen el desencanto que causan los datos negativos que arroja la decepcionante realidad.