Pegaso y “Tambor”: Historia de dos caballos
Guillermo Tovar de Teresa, el cronista de la ciudad, murió el domingo 10 a los 57 años, cuando de él podíamos esperar aún muchas obras fundamentales para nuestra memoria colectiva, como las que inició literalmente en su infancia.
Sin exageración se puede decir que Tovar de Teresa murió de pie en la trinchera tan precozmente elegida. Al desaparecer, encabezaba el movimiento en contra de la restauración barbárica de El Caballito. Así, en un acto de protesta y una parodia anticolonialista y antimonárquica, llamaron desde un principio los habitantes de esta ciudad a una de las cinco mejores esculturas ecuestres del mundo.
Tan grande arquitecto como escultor, Manuel Tolsá representó como el César Augusto del ya inexistente Sacro Imperio Romano a un rey lamentable, sólo superado en pobrediablismo por su grotesco hijo Fernando VII. El monumento se convirtió sin querer en la alabanza del caballo, no cualquier equino sino el célebre Tambor, ejemplo magno de los corceles que se daban en el Bajío, específicamente en Guanajuato.
Tambor es un charger, un caballo de guerra, término que en español se traduce como “bridón”. Nuestra ignorancia muchas veces nos lleva, al cantar el Himno Nacional, a convertir “bridón” en bribón. Del mismo modo transformamos en “centros” los antros. Francisco González Bocanegra escribió: “Y retiemble en sus antros la Tierra”, palabra que cambió varias veces de significado y originalmente quería decir “caverna subterránea.”
La sangre de Medusa
y el vuelo de Pegaso
En su mejor ensayo literario, Tovar de Teresa vio en el Pegaso el emblema de la Nueva España, recién formada entidad histórica nacida de la tierra que fecundó la sangre de Medusa (Coatlicue), a quien decapitó el acero de Perseo (Cortés y sus soldados). Por eso una fuente que corona Pegaso está en el centro del antiguo palacio de los virreyes. El gran geógrafo Enrico Martínez situó en la constelación de Pegaso la correspondencia de la Nueva España con el mundo de las estrellas.
El hambre y los desastres naturales provocaron la rebelión de 1624 que concluyó con la caída del virrey y la casi destrucción del palacio. Al llegar al gobierno el marqués de Serralvo restauró el edificio e instaló el Pegaso, símbolo de una identidad común (india, criolla y mestiza) y referencia a la constelación que domina el país.
Carlos de Sigüenza y Góngora encontró en el Pegaso un signo para exaltar su mexicanidad y su propia vocación científica. Sor Juana compartió con De Sigüenza el sentimiento criollo y la devoción por Pegaso. A partir del siglo XVIII la astronomía y la física desterraron el hermetismo, es decir la visión mágica del universo derivada de la alquimia, la astrología y otras ciencias ocultas que la Nueva España del siglo anterior había vivido intensamente.
Entonces Pegaso fue sustituido por un corcel de guerra al que montaba un rey tonto y débil; sin embargo, la popularidad de El Caballito sugiere la persistencia de esta imagen en la memoria colectiva. Pegaso –El Caballito– fue símbolo de nuestra nacionalidad en los últimos siglos de la Colonia. Atentar contra él es un agravio al pueblo mexicano y a su maltrecha memoria.
Descolonización de la Colonia
Poco antes de su muerte, Guillermo Tovar de Teresa tuvo la satisfacción de leer el Bosquejo biobibliográfico, de Xavier Guzmán Urbiola (DGE/Equilibrista). El libro da mucho más de lo que promete. Es una concentrada biografía y reproduce las cubiertas de sus libros:
Pintura y escultura del Renacimiento en México.
México Barroco.
La Ciudad de México y la utopía en el siglo XVI.
Bibliografía novohispana de arte, siglos XVI, XVII y XVIII (2 vols.).
La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido (2 tomos ilustrados).
Un rescate de la fantasía: el arte de los Lagarto, iluminadores novohispanos de los siglos XVI y XVII.
Catedral de México: Retablo de los Reyes.
Historia y restauración (con Jaime Ortiz Lajous).
Índice de documentos relativos a Juan Correa, maestro pintor, existentes en el Archivo de Notarías de la Ciudad de México, precedido por Consideraciones sobre retablos, gremios y artífices de la Nueva España en los siglos XVII y XVIII.
Palacio Nacional (con Carlos Fuentes).
Jerónimo de Balbás en la Catedral de México.
La utopía mexicana del siglo XVI. Lo bello, lo verdadero y lo bueno (con Miguel León Portilla y Silvio Zavala. Presentación de Octavio Paz).
Cartas a Mariano Otero (tomo 1, 1829-1845) con Marcia Patrocinio Jiménez Lavín.
Repertorio de artistas en México (3 vols. con Javier Guzmán, Gabriel Breñas y Fernando García Correa, prólogo de Paz).
Ciudades de luz, fotos de México a mediados del siglo XIX por Desiré Charnai.
Bordados y bordadores, con Virginia Armella de Aspe y Juan Diego Gutiérrez Cortina.
Miguel Cabrera, pintor de cámara de la Reina Celestial, 1995.
Los escultores mestizos del barroco novohispano: Tomás Xuarez y Salvador de Ocampo (1673-1724), con un texto de Julián Meza.
El Pegaso o el mundo barroco novohispano en el siglo XVII, con introducciones de Jacques Laffaye, José Pascual Buxó y David Brading.
Crónica de una familia entre dos mundos: los Ribadeneira en México y España. Enlaces y sucesiones.
La primera gran revolución del siglo XX.
México 1910-1921, Censura y Revolución: libros prohibidos por la Inquisición de México (1790-1819).
México peregrino: diez santuarios procesionales, con Luis Mario Schneider.
Esta enumeración, aunque parece excesiva, sólo da una idea aproximada de la variedad de intereses y saberes que -demostró Tovar de Teresa. Muchos de estos libros son de difícil o imposible acceso, ya que fueron publicados por bancos e instituciones carentes de un sistema comercial. Varios de ellos deben alcanzar un público más amplio.
Todo lo que perdimos
y seguimos perdiendo
Es urgente la reedición de por lo menos La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido que Vuelta -publicó en 1990 con textos introductorios de Enrique Krauze y José Iturriaga. Federico Campbell le hizo ver a Tovar de Teresa la necesidad de profundizar en la -recopilación de datos y fotografías. Armando Ponce y Juan Miranda lo acompañaron en recorridos para cotejar las viejas fotos con lo desaparecido y lo poco que aún seguía en pie. Víctor Flores Olea lo animó a concluir el libro, una de las lecturas más dolorosas que pueda hacer quien ha nacido y vivido en la -capital mexicana.
Veintitrés años como veintitrés siglos han pasado desde que salió el libro. Si -bien nadie puede negar la labor de salvación y restauración, lo cierto es que la ciudad ha continuado su proceso autodestructivo y es cada día más la pista y el estacionamiento de los automóviles que, siempre en aumento, firmaron desde hace 100 años la sentencia de muerte para la Ciudad de México.
Resulta una utopía al revés, pero de todos modos imaginemos un sitio que en lugar de seguir la tradición de la pirámide prehispánica (hacer lo nuevo sobre lo antiguo en vez de escoger otra ubicación) hubiera conservado lo que valía la pena preservar. Imaginemos para -deprimirnos lo que sería tener, con sus lagos y sus canales, una ciudad azteca; una ciudad -barroca (destruida por el “buen gusto” del gran Tolsá); una ciudad neoclásica; una ciudad romántica construida en gran parte por Lorenzo de la Hidalga, de la cual no queda piedra sobre piedra; una ciudad porfiriana; una ciudad posrevolucionaria, y una ciudad moderna en el sentido del siglo XX. Hasta el México de 1990 es casi una Pompeya para los habitantes de este 2013.
La lección del maestro
Al igual que Antonio Alatorre, tan sabio como él aunque en otros temas, Guillermo Tovar de Teresa se negó a tener un título universitario, pero su trabajo, más que una obra solitaria, parece labor de varios equipos e instituciones académicas. Su afán fue reunir el mayor conocimiento posible para uso de quienes desearan acercarse a él, continuarlo y mejorarlo críticamente. Si no tenemos la conciencia de esos ayeres, nuestros mañanas serán aún más violentos y oscuros que nuestro desolado y amenazador presente.
(JEP)








