(Teatralización y mexicanización de
Free Radicals, en Too Much Happiness, 2009, un cuento de Alice Munro,
Premio Nobel 2013.)
Personajes: Nita (62 años), Raúl (27 años), Policía (43 años).
Sala-comedor y cocina en la casa de una vieja “privada” de la colonia Condesa frente a San Miguel Chapultepec. Son las nueve de la mañana. Noviembre de 2013.
Nita (habla por teléfono): No te preocupes. El doctor me dice que de momento mi cáncer ha remitido. De algo sirvió la radioterapia. Poco a poco me adapto a la viudez. Lo que dejo siempre para mañana es revisar las cosas de Luis y deshacerme de su ropa. No sabes lo impresionante que es ver sus pantalones y sus sacos vacíos… Pero en fin, no debo quejarme. Con su pensión y la mía alcanza para los pocos gastos que tengo. Lo que si… ¿Bueno?… ¿Me escuchas?… Ya se cortó otra vez, como siempre. Espero que Emma vuelva a llamarme. No sé dónde diablos tengo mi libreta de teléfonos.
Se escucha un ligero golpe a la puerta. Nita acude a abrir y se sorprende al encontrar a un joven con una caja de herramientas.
Raúl: No quería asustarla. Estaba buscando un timbre o algo. Soy de la Compañía de Luz y tengo que revisar su caja de fusibles. Estamos instalando un nuevo transformador y a lo mejor se queda sin corriente todo el día. Dígame por favor dónde está la caja.
Nita: En el garash. Pase usted. (Le abre una puerta y permanece en la cocina, incapaz de hacer nada. Raúl vuelve.)
Raúl: Todo está bien, no hay problema. (Se sienta a la mesa de la cocina.) De casualidad ¿no podría darme algo para desayunar? Soy diabético. Si me da hambre tengo que comer, si no me pongo muy mal. ¿Tiene café?
Nita: Sólo té.
Raúl: Bueno…
Nita: ¿Le parecen bien unos huevos revueltos con catsup?
Raúl: Y tuésteme unas rebanadas de pan.
Nita prepara los huevos y tuesta el pan. Pone en la mesa un plato y cubiertos. Se da la vuelta para seguir cocinando.
Raúl: Qué bonito plato. (Toma el plato y lo estrella contra el suelo.) Ay, Dios mío, mire lo que he hecho, se me zafó de la mano.
Nita: No pasa nada. (Saca otro plato y sirve los huevos y pone junto dos rebanadas de pan.)
Raúl se agacha para recoger los trozos de loza. Toma uno afilado y se corta ligeramente el antebrazo. Brota un hilito de sangre.
Raúl: Es una broma. Si hubiera querido hacerlo en serio no necesitaríamos cátsup ¿verdad?
Nita se da la vuelta para tomar la escoba. Raúl se levanta y la agarra por un brazo.
Raúl: Usted siéntese y quédese aquí mientras como. (Se hace un sandwich con los huevos y el pan y lo devora de unas cuantas mordidas. Mastica con la boca abierta.) No se mueva. No quiero que se acerque al agua hirviendo. (Se levanta y se sirve el té.) Sabe a pasto. ¿No hay nada más?
Nita: No, lo siento.
Raúl: Deje de decir que lo siente. Si no tiene otra cosa no tiene otra cosa. No se ha creído que vine a ver los fusibles ¿verdad?
Nita: Pues sí.
Raúl: Pues ahora ya no. ¿Está asustada?
Nita: No sé. Creo que estoy más sorprendida que asustada.
Raúl: No tenga miedo. No voy a violarla.
Nita: No se me había ocurrido.
Raúl: Nunca se sabe. No crea que por ser vieja está a salvo. Hay por ahí gente que se lo hace a bebés, perros, gatos, viejos y viejas. Pero a mí sólo me interesa lo normal, acostarme con una joven que me guste y a quien le guste. O sea, quédese tranquila.
Nita: Lo estoy pero gracias por decírmelo.
Raúl: ¿Es suyo el coche que está allá afuera?
Nita: De mi marido.
Raúl: ¿Dónde está?
Nita: Acaba de morir. Yo no sé manejar. Quiero venderlo.
Raúl: Por un momento pensé que iba a engañarme con el cuento de que su esposo estaba a punto de llegar. Pero yo huelo cuando una mujer está sola. Lo sé apenas me abre la puerta… ¿Tiene las llaves?
Nita: Sé dónde están.
Raúl: Perfecto. (Empuja la silla y golpea un trozo de loza. Se levanta, sacude la cabeza como sorprendido y vuelve a sentarse.) Tengo que sentarme. Estoy hecho polvo. Creí que me sentiría mejor comiendo. Lo de la diabetes me lo inventé. (Nita empuja su silla y Raúl se levanta de un salto.) Quédese donde está. No estoy tan hecho polvo como para dejarla escapar.
Nita: Iba por las llaves.
Raúl: Usted se espera hasta que yo le diga… ¿Quiere que le cuente una historia?
Nita: A lo mejor preferiría que se fuera.
Raúl: Me iré pero antes voy a contarle una cosa. ¿Le gustaría ver unas fotos? (Saca el celular.) Mire… Son mi padre y mi madre. La de la silla de ruedas es mi hermana Malena. Nació enferma. Los médicos no pudieron hacer nada. Siempre nos odiamos. Era cinco años mayor que yo y me hacía la vida imposible. Me tiraba todo lo que tenía a mano, me pegaba y me echaba encima la puta silla. Usted perdone. Mi padre trabajó en los autobuses hasta que estuvo demasiado enfermo. Me voy a morir, me dijo. La casa está pagada y es tuya. Pero sólo hay trato si firmas los papeles para ocuparte de tu hermana mientras viva. También es su casa. Yo siempre había pensado que cuando él se muriera, la casa iba a ser mía y a Malena yo la iba a mandar a un asilo. El domingo fui a cenar con ellos. Les dije: “siéntense en la sala. Les tomaré una foto con mi celular.” Es ésta. Y mientras esperaban a ver cómo habían salido, saqué mi pistola y pim, pum, pas, me los eché. Fui a la cocina, comí un poco y me regresé. (Cambia la imagen en el celular.) Así que mire: antes y después. ¿Ve? Mi padre cayó de lado, mi madre hacia atrás y Malena hacia adelante, de modo que no se le ve la cara sólo las rodillotas envueltas en tela floreada… El té es asqueroso. ¿No tiene nada más fuerte?
Nita: A lo mejor hay vino. No sé. Ya no bebo. Mi marido y yo tomábamos una copita de vino tinto a diario porque se supone que es bueno para el corazón. (Se levanta temblorosa.)
Raúl: Corté el teléfono antes de entrar. (Nita encuentra un vino de Rioja.) Este es bueno. ¿Habrá por ahí un sacacorchos? (Nita va hacia un cajón pero Raúl se levanta de un salto y la aparta sin mucha brusquedad.) No, no, yo lo tomo. Usted ni se acerque. Vaya, ¡qué cantidad de cosas buenas hay aquí!
Nita: Sólo iba a sacar unas copas.
Raúl: Nada de cristal. ¿No habrá de plástico?… Entonces, tazas. (Toma los cuchillos y dos tazas. Deja los cuchillos en el suelo. Abre la botella con el sacacorchos.)
Nita: Para mí sólo un poquito.
Raúl: Para mí también. Tengo que manejar.
Nita: Los radicales libres…
Raúl: ¿Qué es eso?
Nita: Algo del vino tinto. O los destruye porque son malos o los refuerza porque son buenos.
Raúl: No sabía.
Nita: Cuidado con los cuchillos.
Raúl: No se burle de mí. ¿Cree que soy pendejo? ¿Piensa que estoy nervioso?
Nita: No, sólo me parece que usted nunca había hecho una cosa así.
Raúl: Claro que no. ¿Supone que soy un asesino? Bueno, sí, los maté pero no soy un asesino.
Nita: Es distinto. Sé lo que significa librarse de alguien que nos ha ofendido… He hecho lo mismo que usted.
Raúl: ¿Cómo?
Nita: Con veneno.
Raúl: ¿Le dio este pinche té?
Nita: No. Un veneno vegetal indetectable. Era una de esas muchachitas de minifalda y suéter pegadísimo. Mi esposo era profesor de matemáticas. Tenía 65 años y estaba a punto de jubilarse. Después de 40 años de matrimonio me iba a echar a patadas por esa secretaria de la universidad. No tuvimos hijos porque no quiso. Trabajé para él toda la vida y ahora esa putita iba a quedarse con todo. ¿Le parece justo?
Raúl: ¿Cómo se consigue veneno?
Nita: No tuve que buscarlo. En el jardincito de atrás tenía ruibarbos. Los tallos son lo que nos comemos, pero en las nervaduras encarnadas y finitas de sus hojas hay veneno más que suficiente. Tuve suerte. Mi marido estaba en un simposio en Monterrey. Pudo habérsela llevado, claro, pero eran las vacaciones del verano y la muy cerda tuvo que quedarse a cargo de la oficina. Ella no sabía lo que yo y me consideraba una amiga. Nos llevábamos bien pero queriendo o no, la muy cabrona nos había envenenado la vida, así que yo tenía que envenenar la suya. Fui a la universidad. Compré unos pastelitos y dos cafés y le dije que había ido a verla pensado en que estaba sola. Yo también me sentía sola con mi esposo en Monterrey. Estuvo de lo más encantadora, muy agradecida. Se comió tres pastelitos con el café. Me fui al instante. El edificio estaba vacío y nadie me vio entrar ni salir. La pobre se sintió tan mal que no tuvo tiempo ni de llamar a Emergencias para que le hicieran un lavado de estómago. Murió sin saber que yo la había envenenado. Lo siento, pero era necesario. Salvé mi matrimonio. Cuando menos durante el poco tiempo que mi marido vivió. Él comprendió que su relación con la putita no tenía ningún futuro.
Raúl: Más le vale que no haya envenenado los huevos revueltos. Si lo hizo se va a arrepentir.
Nita: No, cómo cree. Sólo una vez lo he hecho en la vida.
Raúl se levanta con tal violencia que derriba la silla en que se sentaba.
Raúl: Necesito las llaves del coche.
Nita: Usted es la única persona que sabe lo que le he contado.
Raúl: Tampoco nadie sabe todavía lo que hice con mi familia.
Nita: Las llaves están en el jarrón azul.
Raúl: ¿Dónde está el puto jarrón?
Nita: Encima del trinchador. Se le rompió la tapa y lo usábamos para guardar cosas.
Raúl: Cállese o la dejo bien callada. (Intenta meter la mano en el jarrón. Grita, golpea el jarrón contra el trinchador y caen al suelo las llaves del coche, las de la casa, monedas y un fajo de billetes antiguos que ya no circulan.)
Nita: Son las que tienen el llavero con el escudo de la universidad.
Raúl: ¿Y qué va a decir del coche? Diga que se lo vendió a un desconocido.
Nita: G-r-a-cias.
Raúl: No me dé las gracias todavía. Tengo muy buena memoria. Ese desconocido no se parecerá en nada a mí. No querrá que se pongan a desenterrar cadáveres. Acuérdese: como suelte algo lo suelto yo.
Nita, sin moverse ni hablar, sigue mirando al suelo. Raúl sale, cierra la puerta. Nita escucha que el motor arranca y después se apaga. Esto sucede una y otra vez. Al fin Raúl logra que el coche camine, hace chirriar las llantas y parte a toda velocidad. Nita se siente terriblemente cansada y se deja caer en el sofá. Se adormece. La sobresalta un golpe en la puerta, se levanta y abre.
Policía: Buenos días, señora. Perdone: ¿me puede decir dónde está su coche?
Nita (mirando hacia la calle): Estaba allí y ya no está.¡Desapareció!
Policía: ¿No sabe que se lo robaron? ¿Cuándo fue la última vez que se asomó y lo vio?
Nita: Creo que anoche.
Policía: ¿Estaban las llaves dentro?
Nita: Me imagino. Es que yo no manejo y mi esposo, que era quien lo usaba, murió hace poco.
Policía: Debo decirle que su coche tuvo un gran accidente. El conductor rompió la valla del Circuito Interior, cayó y lo destrozó. Y eso no es todo: buscaban al hombre por el triple asesinato de su familia en Ecatepec. Tuvo mucha suerte de no tropezarse con él.
Nita: ¿Está herido?
Policía: Murió instantáneamente. Se lo merecía, vaya que si se lo merecía… Señora, una mujer que vive sola debe tomar muchas precauciones. Además, es imperdonable dejar las llaves en el coche. En los días que vivimos en México nunca se sabe.
Nita: Sí, nunca se sabe.
(JEP)








