La fabulosa colección de l’Orangerie, al Dolores Olmedo

PARÍS.- Muy de novela es la historia del Museo de l’Orangerie que acoge la exposición Frida Kahlo/Diego Rivera. L’art en fusion desde el pasado 8 de octubre y hasta el próximo 13 de enero.

Construido en 1852, este largo edificio era el elegante pero muy austero naranjal del Palacio de las Tullerias. A partir de los años setenta del siglo XVIII su destino se tornó caótico: Fue sucesivamente bodega, albergue para soldados a punto de ir a la guerra, sede de ferias caninas o industriales y sala de espectáculos. De vez en cuando hospedaba exposiciones de pintura.

En 1921 la administración de Bellas Artes heredó esa nave errante. L’Orangerie recobró su dignidad al transformarse en anexo del Museo de Luxemburgo, en esa época la única institución cultural dedicada al arte moderno. Y muy pronto el flamante recinto fue seleccionado para acoger las Nympheas, obra maestra de Claude Monet.

El pintor no aspiraba a vender sus espléndidas obras murales a pesar de numerosas solicitudes de adinerados coleccionistas. Monet sólo soñaba con obsequiarlas al público, pero exigía a cambio un lugar espacioso y digno de ellas.

El artista se involucró de lleno en la concepción y en la realización de la sala ovalada que hasta hoy las alberga. Cuidó cada detalle y luchó sin tregua contra la letargia y la incomprensión de las autoridades culturales de la época.

El artista dedicó los últimos años de su vida a ese gran proyecto, el más transcendental de su carrera, y murió un año antes de la inauguración oficial de “su” sala, el 17 de mayo de 1927.

Por muy paradójico que parezca, las Nympheas, que hoy atraen cada año a una multitud de visitantes franceses y extranjeros, no llamaron la atención del público de la primera parte del siglo XX. Fue sólo en los años setenta que ese tesoro empezó a ser valorado.

En cambio fueron las exposiciones temporales que se sucedieron en l’Orangerie las que asentaron su fama. El museo no tardó en ser considerado como uno de los epicentros culturales parisinos.

Entre 1959 y 1963 el Estado francés tramitó en condiciones complejas la adquisición de la colección Walter Guillaume de arte moderno, estimada entonces como una de las más importantes de Europa. La historia de su llegada también es novelesca y sigue teniendo su parte de misterio.

Paul Guillaume era sin duda un personaje fuera de lo común. Nacido en una familia humilde, vivió su adolescencia en el muy bohemio barrio de Montmartre, en el que se codeaban pintores, poetas y escultores del mundo entero.

Guillaume trabajaba en un taller mecánico cuando, según su propia narración, descubrió esculturas africanas misteriosamente empacadas en una caja de repuestos de hule. Se fascinó y las expuso de inmediato en la vitrina del taller. Algunos días más tarde el poeta Guillaume Apollinaire, pilar de la bohemia vanguardista de Montmartre, se encontró con ellas. Estupefacto, entró en el taller. Fue el principio de una larga amistad. Apollinaire inició al joven mecánico en el mundo del arte, le presentó amigos, le abrió horizontes y se convirtió en su mentor.

Inteligente, emprendedor, dotado de un sentido agudo de los negocios y de una sensibilidad artística asombrosa, Paul Guillaume dejó la mecánica y empezó a desempeñarse como corredor de arte.

No tardó en conquistar la amistad de Pablo Picasso, Marie Laurencin, Francis Picabia, Amadeo Modigliani, Giorgio de Chirico, entre muchos otros artistas, y abrió su primera galería en 1914.

Le fue tan bien que decidió “lanzarse al mundo”. Empezó a colaborar con el famoso galerista neoyorquino Alfred Stieglitz. Floreció su negocio. Pero fue sobre todo después de la Primera Guerra Mundial que Paul Guillaume se impuso en el medio artístico francés. Su nueva galería, ubicada en la muy exclusiva calle de la Boetie, atraía tanto a coleccionistas internacionales como a políticos, sin hablar de la crema y nata de la sociedad parisina.

Entre “sus” principales artistas contaba con De Chirico, Modigliani, Derain, Matisse y Picasso.

Su actividad de galerista no le bastaba. Creó entonces una revista artística, Las artes de París. Organizó grandes muestras de pintura entre las que destacó una de los pintores rusos Michel Larionov y Natalia Goncharova, y otras, sucesivamente, de Derain, Matisse, Picasso, Van Dongen. Montó happenings: exhibición de pinturas metafísicas de Giorgio de Chirico en el teatro del Vieux Colombier; una conferencia de Guillaume Apollinaire seguida por una creación musical de Eric Satie, sin hablar de los espectáculos inspirados por bailes africanos.

De hecho, Paul Guillaume era también uno de los principales corredores de arte africano cuyas máscaras y esculturas inspiraron tantas obras a los artistas de principios del siglo XX. Su papel como defensor y promotor del arte moderno fue esencial. Su dinamismo, su audacia, su convivencia con artistas hoy consagrados, pero de quienes sus contemporáneos se burlaban y marginaban, le permitieron escribir páginas notables de la historia del arte.

Amadeo Modigilani fue uno de esos artistas ninguneados que Guillaume apoyó; lo llamaba nuevo piloto, en alusión tanto a su talento para descubrir nuevos artistas como a su manera atrevida de sacudir la escena cultural francesa.

Con el filo del tiempo Guillaume fue ampliando también su colección personal, que comprendía obras de Auguste Renoir, Paul Cézanne, André Derain, Maurice Utrillo, Marie Laurencin, El Aduanero Rousseau, y numerosas pinturas más de “sus” artistas. Influido por Albert Barnes, cliente suyo y famoso coleccionista estadunidense multimillonario fascinado por Chaim Soutine, Paul Guillaume compró además obras del atormentado pintor que había huido de Bielorrusia para refugiarse en París.

El galerista vivía rodeado por su colección en un lujoso departamento de la avenida Foch, la más cotizada de la ciudad. En 1929 la galería Bernheim-Jeune expuso gran parte de ese acervo. Su enorme éxito acabó por convencerlo de que debía mostrarla en forma permanente. Llevaba años soñando con un hotel-museo. Su modelo en realidad era la fundación creada por Albert Barnes en Lower Merion, cerca de Filadelfia. Su meta era la de siempre: promover el arte moderno, que asustaba a las instituciones, y volverlo accesible a un amplio público.

Ese sueño quedó en el limbo…

 

Una historia tormentosa

 

Paul Guillaume murió en 1934 derribado por una peritonitis. Acababa de cumplir 43 años. Con su fallecimiento empezó el segundo capítulo de la tormentosa historia de la colección Walter Guillaume.

El galerista estaba casado con una mujer de origen modesto como él. Se llamaba Juliette Léonie Lacaze, quien no era particularmente guapa pero embrujaba a los hombres. Guillaume cayó rendido ante su extraño encanto. Se casaron en 1920.

Juliette cambió su nombre por Domenica, y Domenica no tardó en imponerse en el Tout Paris. Participó con entusiasmo en las actividades artísticas de Paul Guillaume, gastó fortunas en vestuario, joyas, viajes y fiestas, multiplicó amantes… En 1932 empezó una relación intensa con Jacques Walter, un arquitecto que se volvió millonario tras haber heredado minas en Marruecos.

El ménage à trois de Guillaume, Domenica y Walter entró a la leyenda mundana del París de “los años locos”. Pierre Georgel, quien dirigió el Museo de l’Orangerie entre 1993 y 2008, afirma que Paul Guillaume había manifestado por escrito su deseo de legar la colección al Museo de Arte Moderno de Luxemburgo, y que su esposa inventó una estratagema perversa para impedir esa donación.

Domenica se proclamó embarazada a la muerte de Guillaume y dio a luz a un niño, Jean Pierre, el 30 de noviembre de 1934. Décadas más tarde se supo que había comprado el bebé a una traficante de infantes. La aparición del recién nacido canceló el legado al Estado.

Seis años después la viuda de Paul Guillaume y Jacques Walter se casaron. Domenica se lanzó de lleno a la reorganización del acervo Guillaume. Vendió varios cuadros de Picasso que no le gustaban, compró obras de Monet y Cézanne. Y siguió coleccionado amantes.

En 1957 enviudó de nuevo: al salir de un restaurante, Jacques Walter fue atropellado por un coche y murió unas horas después en el hospital. Domenica heredó su fortuna colosal.

En 1958 estalló un escándalo que apasionó a Francia: Jean Pierre, el hijo ficticio de Domenica, denunció un complot para matarlo. Tenía 24 años y podía reclamar parte de la herencia de Paul Guillaume. Las investigaciones judiciales evidenciaron el fracasado intento de asesinato montado por el amante de Domenica, un médico que fue detenido por la policía, pero que recobró pronto su libertad.

Poco tiempo más tarde Jean Pierre fue víctima de un nuevo complot: se enamoró de una hermosa muchacha que pretendía trabajar en una peluquería. En realidad se trataba de una prostituta que acusó al desafortunado hijo ficticio de ser su proxeneta. El derecho francés es drástico: un proxeneta no puede heredar…

Las investigaciones policiacas y judiciales revelaron que el hermano de Domenica había contratado a la prostituta. La prensa reseñó con lujo de detalles esa historia sórdida que involucraba a una de las mujeres más famosas y ricas del Tout Paris.

Extrañamente, fue en medio de todos estos escándalos que Domenica negoció con el Ministerio de la Cultura, encabezado por el escritor André Malraux, la cesión del acervo Guillaume al Estado francés. Estas pláticas empezaron en 1957 y se aceleraron en 1959. Se firmaron dos contratos, uno en 1959 y otro en 1963. Domenica se quedó con el usufructo de la colección hasta su muerte en 1977, a los 79 años, y convivió tranquilamente con sus 140 “obras tan queridas”: 29 Derain, 24 Renoir, 22 Soutine, 15 Cézanne, 12 Picasso, 10 Matisse, para citar unos cuantos.

¿Prometió André Malraux la cancelación de las investigaciones judiciales contra Domenica y sus secuaces a cambio de la cesión de semejante tesoro?

El misterio sigue sin ser elucidado.

La colección Walter Simon se integró a l’Orangerie en 1984, después de siete años de restructuración del museo.

Son 30 obras de esa famosísima colección las que serán expuestas a partir del 17 de octubre en el Museo Dolores Olmedo de la Ciudad de México, en el marco de un intercambio con l’Orangerie.

Según confió a la reportera Marie-Paule Vial, directora del museo francés y curadora general de la muestra Frida Kahlo/Diego Rivera. L’art en fusion, el público mexicano podrá admirar cuatro telas de Amadeo Modigliani, entre las cuales se encuentra un hermoso retrato de Paul Guillaume; dos naturalezas muertas de André Derain y su famoso Arlequín; cuatro estupendas obras de Chaim Soutine, entre las que sobresalen Arbre couché (Arbol acostado) y Le petit patissier (El joven pastelero); un paisaje de Claude Monet, Argenteuil; dos cuadros de Rousseau; cuatro pinturas de Henri Matisse, entre elllas Las tres hermanas; Notre Dame de Maurice Utrillo; dos Picasso; cuatro Cézanne; un sereno Paysage de Paul Gauguin; cuatro Renoir…