RÍO DE JANEIRO.- “Estás muy ocupado pero tengo un material que te interesa mucho. Antes de mandarte más información necesitas instalar un programa para cifrar datos.”
Tal fue el enigmático correo electrónico enviado por un remitente anónimo en diciembre pasado a Glenn Greenwald, abogado y periodista especializado en temas de seguridad, privacidad y derechos civiles.
Greenwald no hizo caso de ese correo. Pero el remitente insistió: envió otro e-mail, y otro y otro…
“A cada rato recibo correos donde me prometen historias tremendas y casi nunca valen la pena”, comenta Greenwald.
Después supo que ese remitente anónimo era Edward Snowden, exanalista de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos (NSA, por sus siglas en inglés). Lo buscaba a él pues era seguidor de su blog y había leído sus textos. Además Snowden quería a alguien sin miedo y trabajando en una plataforma influyente. No deseaba que los documentos se guardaran en una redacción donde hubiera periodistas cercanos al poder.
Insistió. Mandaba varios correos por semana. Incluso envió a Greenwald un video de YouTube grabado por él con instrucciones, paso a paso, sobre cómo instalar un programa de encriptación, “¡como si yo fuera un idiota!”, recuerda el periodista.
Frustrado por no obtener respuesta, Snowden buscó a la cineasta estadunidense Laura Poitras, con quien Greenwald trabajaba y quien tenía instalado un programa de encriptación de datos.
“Poitras me dijo que tenía unos documentos increíbles y debíamos volar a Hong Kong”, recuerda Greenwald. “Pero yo no veía mucho sentido que un agente de la NSA, con acceso a secretos de Estado, se quisiera reunir conmigo en Hong Kong y no en Estados Unidos. Para volar hasta allá, le dije, primero me tendría que enviar parte de esos archivos para confirmar si había algo realmente importante. Y me mandó 20 documentos.
“No podía creer lo que estaba viendo”, rememora con una gran sonrisa. “Tenía en mis manos documentos del NSA, la agencia más secreta del mundo. Durante el viaje a Hong Kong estaba tan excitado que no conseguí dormir. Por fin iba a encontrarme con mi fuente”.
Snowden les dio instrucciones precisas para encontrarse con él: “Debíamos subir al tercer piso de un hotel en Hong Kong (el Mira, en el distrito Kowloon) y ahí preguntar al personal ‘¿a qué ahora cierra el restaurante?’ Esa era la señal de que todo iba bien. Él aparecería con un cubo de Rubik en la mano, así uno podría reconocerlo”.
Cuando Greenwald y su “garganta profunda” se vieron personalmente la sorpresa fue mayor. “Me había imaginado un hombre con canas, un viejo empleado de la Agencia dispuesto a pasar sus últimos años en la cárcel por revelar los secretos”, explica. “Pero apareció un chico delgado y pálido de tanto estar encerrado en el hotel. Un hombre de 29 años aparentando 23. Pensé que tal vez era el hijo de mi fuente o un asistente…”
Pero el desconcierto no gustó a Snowden, quien se irritó y terminó por llevar al periodista y a la cineasta a una habitación.
“Snowden estaba muy nervioso”, detalla Greenwald. No era para menos. Acababa de fugarse con miles de documentos que revelaban, entre otras cosas, el espionaje internacional a gran escala de Estados Unidos, así como la complicidad en esta actividad por parte de gobiernos y de grandes compañías de internet como Yahoo, Google, Microsoft y Facebook.
Los tres se sentaron en silencio en la cama de la habitación. El ambiente era tenso y trataron de llevar una charla frívola sobre el clima “porque era imposible tener una conversación normal”, reconoce Greenwald.
Durante aquellos minutos el periodista de The Guardian no sabía si estaba ante la historia que cambiaría su vida o ante un excéntrico y demacrado hombre el cual lo había hecho volar hasta Hong Kong para meterse en la habitación de un hotel.
Snowden colocó almohadas en las rendijas de la puerta y les pidió que sacaran las baterías de sus celulares. Al de Greenwald no se le puede quitar la batería… lo metió al refrigerador.
Después de algunos minutos de desconcierto Greenwald se atrevió a hacer la primera pregunta seria… “Y ya no paré durante seis horas”, reconoce. “Quería asegurarme que todo era cierto”.
Actualmente el periodista desde Río de Janeiro, y Snowden desde su asilo en Moscú, siguen en contacto. Ambos se tienen mucho respeto. “Espero que su coraje inspire otros a hacer lo mismo”, resume Greenwald.








