Agradezco al profesor John M. Ackerman la relativa civilidad de su respuesta. Lo que no le agradezco tanto es su lección de historia. Y es que (sin el solemne tono oficial que utiliza) casi todo lo que dice sobre Morelos, Zapata, el sentido social de los artículos 27º y 123º de la Constitución, está tratado en Siglo de Caudillos y Biografía del Poder, donde además me refiero a la Expropiación Petrolera como una reivindicación no sólo económica sino moral.
Lo que nos separa no es la historia sino el significado de la historia en el presente. Él cree que todas las claves de nuestro futuro están en nuestro pasado. Yo creo que nuestro pasado contiene lecciones perdurables (en particular, en el ámbito social) pero definitivamente no creo que, en pleno siglo XXI, todas las respuestas a nuestros grandes problemas nacionales estén en el texto original de una constitución que ha sufrido incontables modificaciones y de la cual Ackerman habla no como una legislación hecha por los hombres sino como un código intocable y sagrado.
Basado en ese esencialismo histórico, Ackerman cree más: cree en la excepcionalidad mexicana, como si las prácticas económicas del mundo entero no fuesen aplicables, por principio, a nuestro peculiarísimo país. Yo en cambio creo que México, con todas sus particularidades, puede y debe adaptarse a las realidades económicas del siglo XXI (tan distintas de los años treinta) y competir ventajosamente sin perder ni perderse en el camino.
Ni Ackerman ni yo somos expertos en petróleo, pero en este tema su texto parece sugerir que yo estoy empeñado en “cifrar nuestras esperanzas” en “Halliburton y Exxon-Mobil”. Él, en cambio, es un baluarte frente “al embate del empresariado global en contra de los vestigios del Estado de bienestar y del socialismo realmente existente”. No sé cuales sean esos “vestigios del socialismo realmente existente” que admira Ackerman pero sé que jamás he escrito una línea contra el Estado de bienestar. Y si favorezco en principio la participación privada en el sector energético, no es por una fe dogmática en el mercado sino porque creo que la participación mixta (como en Brasil o Noruega) es mejor para el país.
Mi adhesión razonada a la Reforma Energética no es doctrinaria ni absoluta. Menos aún se debe a una supuesta lealtad con el PRI, partido que combatí por tres décadas y cuyo regreso al poder lamenté públicamente. Mis reparos a la Reforma derivan sobre todo del temor a que se repita la borrachera petrolera de López Portillo. Ése era el sentido de la serie de cuestionamientos críticos que incluí en mi artículo y que Ackerman decidió no leer porque no cuadraban con su caracterización “neoliberal” de mis ideas. Pero las preguntas que planteé siguen en pie, y aún creo que constituyen una buena plataforma crítica para la oposición. De hecho, pienso que la Reforma abriría a la izquierda una posibilidad adicional y prometedora: colocar a uno de sus exponentes (Lázaro Cárdenas Batel, Marcelo Ebrard, Javier Jiménez Espriú) al frente de Pemex para mostrar lo que esa empresa (dotada para entonces de la necesaria autonomía de gestión y holgura financiera) puede lograr con una administración eficaz y honesta.
No deja de ser extraño que Ackerman atrase el reloj cultural de México ochenta años y nos lleve a los tiempos en que surgió el nacionalismo revolucionario, ideología que –según ha escrito Lorenzo Meyer– “devino instrumento de manipulación del régimen y expresión tan conmovedora como ridícula de ‘como México no hay dos’” (Nuestra tragedia persistente, Debate, 2013). Ahora Ackerman abraza esa ideología con pasión fundamentalista y, como ella, rechaza las “rebuscadas teorías” y los “autores extranjeros”. ¿Quién presidiría hoy el comité de salud pública que juzgase cuáles teorías son “rebuscadas” y cuáles no? Tal comité ¿permitiría la publicación de libros de Ackerman donde cita autores extranjeros? ¿Apoyaría la condena del presidente Díaz Ordaz a Oscar Lewis por haber publicado Los hijos de Sánchez? ¿Quién es, entonces, el “trasnochado”?
De una cosa estoy seguro: con el nacionalismo que predica, ni John Mill Ackerman Rose ni Enrique Krauze Kleinbort estaríamos debatiendo en este país. Y es que a su lección le falta la herencia que nos permite estar aquí: la herencia liberal.








