Siria en su laberinto

Hace un mes escribí en esta revista sobre la arrogancia e irresponsabilidad que conllevaba la decisión del presidente Obama de actuar militarmente en Siria. Al momento de elaborar ese artículo parecía que la decisión de lanzar ataques aéreos por parte de Estados Unidos en ese país estaba tomada. Se justificaba por la necesidad de cumplir el compromiso de Obama de actuar en caso de confirmar el uso de armas químicas por parte del gobierno de Bashar al-Assad. Poca importancia se daba al hecho de que no estuviesen resueltos los costos en términos de vidas de civiles inocentes, la profundización de la situación de caos en ese país y, lo que es peor, la imposibilidad de terminar de tal manera con la presencia de armas químicas y su potencial de destrucción.

Hoy las circunstancias han cambiado. En un acto de gran habilidad diplomática, Rusia, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, aprovechó un comentario casi casual del encargado de la diplomacia estadunidense, John Kerry, sobre la conveniencia de encabezar una negociación diplomática para tener control y eliminar las armas químicas existentes en Siria. Las pláticas que se iniciaron de inmediato en Ginebra permitieron encontrar, al menos a corto plazo, una opción distinta para Siria. El asunto terminó con el texto de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la eliminación de armas químicas en ese país, aprobada por unanimidad. Así, después de años en que el Consejo estuvo paralizado para actuar más decididamente en Siria, debido al uso del veto por parte de Rusia, la conducción ha regresado a las Naciones Unidas.

Esta historia tiene muchas lecturas, que tienen que ver con las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, con la responsabilidad de los países occidentales en asuntos de paz y seguridad en el Medio Oriente, con el papel de las Naciones Unidas y, finalmente, con el desesperante laberinto de violencia en Siria, la cual empeora sin encontrarse el camino de salida.

Sin duda las negociaciones ruso-estadunidenses fueron buena señal en una etapa en que las relaciones entre los dos países se encontraban en uno de sus peores momentos debido, entre muchas otras cosas, al asilo concedido por Rusia a Snowden. Con esos antecedentes, los acuerdos logrados para poner en marcha al Consejo de Seguridad son muy positivos. Sientan un buen precedente para los problemas más complejos que vienen en relación con el programa nuclear de Irán.

No todos coinciden, sin embargo, en ver con buenos ojos el entendimiento alcanzado. La portada de la revista The Economist  (21/09/2013) resume bien una visión crítica al presentar a los países occidentales como un león impotente que se detiene antes de cruzar las fronteras de Siria. Para los autores del artículo, Rusia sólo enmascara su apoyo a las dictaduras y su interés en mantener influencia en la zona. También opinan que el suspiro de alivio que han dado Obama, Cameron y Hollande refleja bien hasta dónde son conscientes del rechazo de la opinión pública en sus países a intervenir en los conflictos del Medio Oriente, y que los recuerdos negativos de Irak y Afganistán están todavía muy presentes. Quienes aspiran a la democracia en el mundo, concluyen, “se acordarán de Siria y no tendrán fe en Occidente”.

El mando se encuentra ahora en las Naciones Unidas. Cierto que la resolución mencionada pasó sin problemas en el Consejo de Seguridad. Lo difícil es ponerla en práctica y saber cómo se reaccionará si Al-Assad no cumple con la entrega, en su totalidad, de las armas químicas. Deshacerse de ellas no es tarea fácil. Requiere, primeramente, confiar plenamente en la información que ha proporcionado el gobierno sirio. Después, el trabajo de los inspectores de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas será localizarlas y destruirlas. Dado el escenario planteado por la violencia  de la guerra civil en Siria, los peligros son múltiples. Nunca se ha emprendido una operación de tal envergadura en medio de una guerra. Fallar tendría un alto costo para la confianza en las posibilidades de acción por parte de la ONU. De acuerdo con la resolución del Consejo, las mencionadas armas deberán estar eliminadas para 2014.

Queda pendiente la gran interrogante: ¿Cómo afecta lo anterior la guerra civil en Siria? ¿Cómo queda el mapa geopolítico del Medio Oriente?

La destrucción de las armas, de lograrse, no aminorará el conflicto en Siria. La división en las filas de la oposición es cada vez mayor. Así lo ponen en evidencia numerosos grupos rebeldes de la Coalición Siria de la Oposición, establecida en Turquía y la cual tiene el reconocimiento de varios países occidentales. Ese faccionalismo y la presencia de sectores del islamismo ligados a Al Qaeda auguran, por una parte, pocas posibilidades para una acción exitosa contra el todavía poderoso ejército del gobierno, y por la otra, aumenta el recelo sobre lo que puede surgir al final de esta guerra civil.

Por lo que toca a los sentimientos de la población ante el entendimiento entre Rusia y Estados Unidos, reportajes realizados entre diversos sectores  hablan de desencanto o indiferencia. Para grupos de la oposición se ha dado, simplemente, una oportunidad más a Al-Assad de seguir en el poder.

En resumen, la gravedad del conflicto en Siria no ha cambiado. Éste puede empeorar y prolongarse muchos años. Las armas siguen llegando. Lo que sí ha cambiado es la situación geopolítica en la región y la cercanía de una acción militar por parte de Estados Unidos. La presencia de Rusia se ha legitimado. Ambos son ahora un interlocutor inescapable para dialogar sobre los problemas del Medio Oriente. A su vez, el camino de la diplomacia, más cercano al estilo de Obama, tiene una oportunidad de alcances limitados, cierto, pero de menor riesgo.