Un grande, de la mano de Dios

A sus 43 años Mariano Rivera, lanzador panameño consagrado como el mejor relevista de todos los tiempos en Grandes Ligas, decidió retirarse. Sus méritos deportivos y personales son indiscutibles y se acrecientan. Nunca cedió a la tentación de los esteroides y otras sustancias prohibidas que causaron enormes daños al beisbol de las Mayores. De acuerdo con especialistas, “aún no nace” quien pueda superar el récord de este apagafuegos, cuya carrera es un ejemplo para las generaciones futuras.

La noche del 4 de noviembre de 2001, en pleno séptimo juego de la Serie Mundial, el bateador Luis González le devolvió la condición de humano a Mariano Rivera. La pelota en forma de recta cortada que salió del brazo derecho del relevista panameño clareó al short stop Derek Jeter y cayó “muerta” en el pedacito de pasto que, de tan cerca a la línea de tierra, estaba manchado de arcilla.

Con ese batazo descompuesto Rivera perdió el partido, el único en los 96 juegos de postemporada que ha disputado en 19 años de carrera. Los Yanquis de Nueva York cayeron 3-2 en ese juego de la Serie Mundial ante los Diamondbacks de Arizona.

El pitcher cerrador que hasta ese momento tenía récord de 23 partidos salvados en postemporada se desmoronó en la novena entrada: dos hits, un error en el tiro a segunda base, un hombre golpeado y saldo de dos carreras que le dieron la vuelta a la pizarra. Dejó escapar el cuarto título consecutivo de Serie Mundial para los Yanquis, el quinto en seis años.

“Siempre le pido a Dios que me ayude a hacer bien mi trabajo. Esta noche no pude, pero yo no le cuestiono nada a Dios”, le dijo a esta reportera en el vestidor del equipo visitante, unas dos horas después de que terminó el partido.

En el lugar ya sólo estaba Rivera, serenísimo, frente a su locker terminaba de recoger sus efectos personales. Había pasado todo ese tiempo atendiendo de pie, con buenos modos, en inglés y en español, al enjambre de reporteros. Todos tenían algo que preguntarle al lanzador que hasta antes del partido era considerado infalible.

El lanzador panameño le encontró sentido a la derrota ocho días después cuando el vuelo 587 de American Airlines se estrelló sobre el barrio de Queens apenas un minuto después de haber despegado del aeropuerto John F. Kennedy, según narra el periodista Buster Olney en el libro La última noche de la dinastía Yanqui.

Uno de sus compañeros, el infielder Enrique Wilson, tenía un boleto en ese vuelo que partiría la mañana del 12 de noviembre rumbo a República Dominicana. Wilson se iría a casa después del desfile y los festejos programados por el triunfo en la Serie Mundial. Como los Yanquis perdieron, Wilson adelantó su viaje.

“Cuando Wilson vio a Mariano Rivera en los entrenamientos de primavera del próximo año, el relevista expresó gran alivio porque estaba vivo. Si Rivera hubiera salvado el juego contra Arizona, Wilson hubiera abordado el vuelo 587. ‘Estoy contento de haber perdido la Serie Mundial’, le dijo Rivera a Wilson, ‘porque significa que todavía tengo un amigo’. Para Rivera, esta fue otra confirmación de que todos estaban sujetos a la voluntad de Dios”, escribió Olney.

¿Qué representa una sola derrota en postemporada en el cuasi inmaculado expediente del panameño que lanzó en siete series mundiales, en nueve partidos de serie de campeonato de la Liga Americana y 16 juegos de serie divisional? Al parecer, nada, en comparación con sus estadísticas: récord de ocho ganados y uno perdido en 141 innings trabajados con un microscópico 0.70 de efectividad, 110 ponches, sólo 21 bases por bolas y 42 partidos salvados.

 

Temple

 

Rivera es un satélite de Dios. Desde que cumplió 21 años su vida gira en torno a él. El panameño dice que tuvo una experiencia de renacimiento que lo hizo cambiar. Se convirtió al pentecostalismo. En su tiempo libre incluso funge como pastor de su rebaño y realiza labores filantrópicas en varios países.

Ha invertido unos 2.5 millones de dólares para rescatar la iglesia Refugio de la Esperanza, en New Rochelle, Nueva York. Para él, Dios tiene una razón para todo. En su guante está inscrito el versículo de la Biblia Filipenses 4:13. “Todo lo puedo en Dios que me fortalece”.

Los Yanquis lo contrataron para ser cerrador, un puesto que ocupan los pitchers que en el beisbol moderno se especializan en sacar los últimos outs de un partido. A los cerradores se les paga por salvar juegos o, dicho de otro modo, por preservar las victorias del equipo. Son la garantía de que caerá el out 27.

Por las venas de Rivera corre agua helada. Por eso a lo largo de su carrera ha salvado 652 juegos, con 2.21 de efectividad; es decir, menos de tres carreras limpias aceptadas por cada nueve entradas lanzadas. El panameño es el relevista más destacado en la historia de las Grandes Ligas.

Los números dan cuenta de su relevancia: 15 temporadas consecutivas salvando por lo menos 25 partidos por año (1997-2012), nueve de ellas con 40 o más salvamentos. En 11 campañas su porcentaje de carreras limpias fue inferior a 2.00. Su promedio de bases por bolas (286) y hits (998) aceptados por entrada lanzada (WHIP) es el más bajo de la era moderna con 1.00 en mil 282 entradas y un tercio.

Los únicos lanzadores que lo superan son Addie Joss, de los Indios de Cleveland, con 0.97 (jugó por última vez en 1910) y Ed Walsh, de Medias Blancas de Chicago, con 0.9996 (se retiró en 1917).

Nada mal para una persona que nunca tuvo en sus sueños convertirse en pelotero profesional. En el pueblo pesquero de Puerto Caimito, Panamá, Rivera jugaba beisbol como short stop. En sus años mozos usaba cartones de leche aplastados en vez de guantes de piel y un palo como bat. Le encantaba el soccer y no le habría molestado convertirse en un simple mecánico.

La casualidad quiso que un scout de los Yanquis de Nueva York lo descubriera cuando era un flacucho y su mejor lanzamiento no pasaba de las 85 millas por hora. El buscador Herb Rayburn lo firmó como agente libre a los 21 años. Era, como muchos otros, sólo un prospecto en el mejor equipo del mundo.

Durante cinco temporadas recorrió con altibajos varios equipos de los Yanquis en las ligas menores. Logró buenos números de carreras limpias, ponches, pocas bases por bolas y una que otra lesión. En 1992 fue operado del ligamento del brazo derecho.

 

Lanzamiento “milagroso”

 

El 23 de mayo de 1995, a los 25 años, Mariano debutó en Grandes Ligas. En esa campaña con el equipo grande sólo jugó 19 partidos –10 como abridor y nueve como relevista–. Le fue asignado el número 42 en su uniforme.

En ese tiempo, John Wetteland era el cerrador del equipo. El veterano pitcher cobijó bajo su ala al no tan joven Mariano, quien para entonces ya lanzaba rectas de 96 millas por hora. Wetteland no tuvo empacho en instruir al panameño.

En 1996 los Yanquis ganaron su primera Serie Mundial desde 1978. Mariano estableció un récord de 130 enemigos ponchados en 107 entradas y dos tercios, con 2.09 de efectividad. A la temporada siguiente el equipo despidió a Wetteland, a pesar de que salvó 43 partidos. Rivera, con 27 años, ya estaba listo para ocupar el lugar vacante.

En abril de 1997, cinco décadas después de Jackie Robinson, se convirtió en el primer jugador negro en las Grandes Ligas, para homenajearlo la oficina del Comisionado Bud Selig retiró el número 42 de todos los equipos. Mariano era uno de 12 peloteros que lo portaban. La Liga les permitió seguir usándolo mientras no cambiaran de equipo. Con el retiro de Rivera, ningún pelotero de las Mayores volverá a vestir una franela con el 42 del hombre que rompió la barrera del color.

Ese mismo año, Mariano se consagró como relevista. Por primera vez lo convocaron al Juego de Estrellas donde acumuló 13 invitaciones. Finalizó la campaña con 43 partidos salvados en 52 oportunidades. Aprendió a lanzar la “recta cortada” o cutter, una bola rápida que rompe bruscamente al llegar al home y descontrola a los bateadores.

El lanzador lo llama “el milagro de la recta cortada”. No atina a explicar cómo descubrió este lanzamiento rayano en la perfección. Sólo dice que un día esa variante del fast-ball ya estaba en su repertorio.

En 1998 Rivera fue factor fundamental en la postemporada para que los Yanquis ganaran la Serie Mundial en cuatro juegos ante los Padres de San Diego. El cerrador de lujo del equipo neoyorquino toleró sólo dos carreras limpias en 35 entradas lanzadas en playoffs y salvó tres partidos. Su 0.51 de efectividad es un récord aún vigente.

Después de haber visto la euforia que provocó en los fanáticos que el relevista estrella de San Diego, Trevor Hoffman, fuera presentado para salir a lanzar con los acordes de la canción Hells Bells de la banda AC/DC, a quienes manejan el sonido del Yankee Stadium se les ocurrió en 1999 recibir a Mariano Rivera en su camino del bullpen al montículo con Enter Sandman del grupo Metallica. Desde entonces, la canción se convirtió en el himno del pelotero, más por costumbre que por gusto.

La banda estuvo presente en el homenaje que los Mulos de Manhattan le rindieron en casa al panameño el último fin de semana que el equipo jugó en Yankee Stadium. Ese día –el domingo 22– fue proclamado por el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, y la directiva del club como el Día de Mariano Rivera. Los aficionados le rindieron tres minutos de aplausos de pie al pelotero que, dentro y fuera del campo, ha sido ejemplo.

 

Números inalcanzables

 

En 1999 fue designado el Jugador Más Valioso de la Serie Mundial que Nueva York le ganó por barrida a los Bravos de Atlanta. Fue el título 25 en las vitrinas del club más ganador de las Mayores. El relevista ganó un partido y salvó otros dos.

Al año siguiente, Rivera fue factor para que los Yanquis barrieran –en la llamada Serie del Metro– a los Mets de Nueva York y se hicieran de su título 26. Su fama de arma infalible y poseedor de un aura de invencibilidad que alimentaron los cronistas de beisbol se extendió por todos lados. Lo mismo ocurrió con las cifras de sus ganancias que al final de su carrera suman un total de 169.4 millones de dólares.

En junio de 2006, Rivera salvó su partido número 391, con lo que rebasó a Dennis Eckersley, uno de tres pitchers relevistas que han ingresado al Salón de la Fama del beisbol en Cooperstown, Nueva York. Eckersley, el sexto mejor cerrador de todos los tiempos con 390 partidos, definió a Rivera como “el mejor cerrador del mundo”.

Detrás de Rivera (652 salvados) aparecen 10 relevistas: Trevor Hoffman (601 salvados en 18 temporadas), Lee Smith (478 en 18), John Franco (424 en 21), Billy Wagner (422 en 16), Dennis Eckersley (390 en 24), Jeff Reardon (367 en 16), Troy Percival (358 en 14), Randy Myers (347 en 14), Rollie Fingers (341 en 17) y Joe Nathan (339 en 13). Nathan, de 38 años y el único que sigue en activo, juega para los Rangers de Texas.

Mariano es el único cerrador que llegó a los 43 años en activo. En la campaña 2013 salvó 44 partidos. El otro taponero que sigue en activo es el venezolano Francisco Rodríguez, quien a sus 31 años y 12 campañas en las Grandes Ligas acumula 304 salvamentos. De acuerdo con estos números, aún no nace quien pretenda romper la marca de 652 salvamentos.

Los otros dos cerradores que están en el Salón de la Fama son Rollie Fingers y Rich El Ganso Goosage (310 salvados en 22 temporadas), quien jugando para los Yanquis (1978-1983), en su mejor temporada (1980) salvó 33 partidos.

Rivera se perdió toda la temporada de 2012 a consecuencia de una lesión en el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. El 3 de mayo, antes del partido contra los Reales de Kansas City, se torció la pierna durante la práctica de bateo cuando estaba en el jardín central atrapando roletazos. Parecía el fin de su carrera a los 42 años. Pero se sometió a una cirugía que le permitió regresar en 2013.

El 9 de marzo pasado, durante los entrenamientos de primavera, el taponero hizo oficial su retiro al término de esta temporada. Dijo que no quiso retirarse lesionado y que pondría todo su empeño para ayudar a los Yanquis a llegar a la Serie Mundial, el escenario ideal para despedirse.

“No me siento el más grande de todos los tiempos. Soy un jugador de equipo. Me gustaría ser recordado como un jugador que siempre estuvo para apoyar a los demás”, declaró entonces.

En el Juego de Estrellas de este año comenzó la cascada de despedidas para el panameño, quien no recurrió al uso de sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento. Por el contrario, enfrentó a los bateadores que hicieron trampa en un afán por conseguir mejores números y, como consecuencia, mejores contratos. Incluso ante los tramposos Rivera salió indemne.

Ese 16 de julio en el Citi Field de Nueva York, casa de los Mets, Rivera entró a relevar en la octava entrada. Mientras trotaba rumbo al montículo, los jugadores de ambos equipos alinearon afuera de los dugouts. Los aficionados le rindieron una ovación de pie. Rivera estaba solo en el campo. Fue nombrado el Jugador Más Valioso del Juego de Estrellas.

En su periplo de despedida se reunió, en cada estadio de beisbol que visitó, con empleados de los clubes y con fanáticos de esos equipos a quienes admira y respeta porque considera que ellos son la esencia del beisbol. En su paso por Oakland, los jugadores de los Atléticos le obsequiaron una tabla de surf. Los Padres de San Diego le regalaron cinco bicicletas una para cada miembro de su familia. El regalo que lo maravilló fue la “Mecedora de los Sueños Rotos”, una silla armada con bates rotos que le entregaron los Mellizos de Minnesota.

El miércoles 25, tras caer 8-3 ante Tampa Bay, los Yanquis quedaron fuera de la postemporada, por segunda vez en 19 años. Para el equipo la temporada terminará el domingo 29 al jugar como visitantes ante Houston.

Al día siguiente, Rivera lanzó su último cutter en el Yankee Stadium. Derek Jeter y Andy Pettitte subieron al montículo a despedirlo. Abrazado a Pettitte el panameño rompió en llanto. Salió del campo con un puñado de tierra en la diestra.

El legendario periodista de Sports Illustrated, Tom Verducci, considera que Rivera es el mejor en su posición por un margen más amplio que cualquier jugador, en cualquier posición en la historia del beisbol. “Está Rivera, un golfo en medio y luego todos los demás”.

Lo imprevisible llevó al panameño a Grandes Ligas. Su prodigioso talento y disciplina le granjearon un lugar en el recinto de los inmortales. En cinco años, en su primer año de elegibilidad, una silla con su nombre lo estará esperando en Cooperstown.