Estrenada en el Festival de Glyndeourne, Inglaterra, el 12 de junio de 1946, la interesante ópera de Benjamin Britten nos llega por fin a México con “apenas” 67 años de retraso, y no lo hace por medio de los canales oficiales como cabría esperar, sino de una institución privada que se autodenomina Offenbach Operetta Studio, de la cual no había oído nada pero de la que, sin duda, habrá que estar pendiente de ahora en adelante.
Por demás oportuno resulta este estreno en nuestro país ya que, entre los conjuntos musicales y de los medios de comunicación, así como en el público en general, el centenario de este brillante compositor, el más destacado del siglo XX británico, ha pasado casi desapercibido en función de los dos grandes bicentenarios que se siguen celebrando: Verdi y Wagner. Britten nació el mero Día del Músico o de Santa Cecilia, es decir, el 22 de noviembre de 1913. Falleció el 4 de diciembre de 1976, treinta años después de haber escrito y estrenado, con éxito y polémica, la ópera que ahora nos ocupa.
Concebida como “Ópera de Cámara”, La violación de Lucrecia se presenta con un pequeño grupo de 13 atrilistas y 8 cantantes en un formato de dos actos y cuatro escenas, dos por acto.
Como acontece con otras muchas óperas, ésta abreva de diferentes fuentes a lo largo de la historia, teniendo sus antecedentes más remotos en Tito Livio, pasando por Shakespeare, llegando al francés André Obey y, de este, a Roland Duncan, autor del libreto al que don Benjamin le puso una música que en realidad es interesante y grata y que, a nivel vocal, utiliza toda la gama básica de tesituras tanto femeninas como masculinas, y se permite particularidades tales como el acompañar los recitativos con piano, práctica no utilizada desde mediados del siglo XIX por lo menos. En la concepción dramática y su plasmación para la escena, Britten se “lanza” también en la utilización del coro al que reduce únicamente a un hombre y una mujer que, a la usanza del teatro griego, narran, comentan y hasta adelantan parte de las acciones y circunstancias en las que los protagonistas se desenvuelven.
Dirigida escénicamente por Oswaldo Martín del Campo sobre una escenografía de “Divadlo México-Arte Escénico” –ente encargado también del vestuario–, la ópera mantiene un ritmo adecuado y sus cantantes-actores se desempeñan con una adecuada comprensión de sus personajes aunque, naturalmente, hay altibajos y no todos tienen la misma capacidad de desenvolvimiento ni logran el mismo grado de verdad escénica. Pero el director les otorgó homogeneidad en la comprensión de la obra y su presentación. Justo es señalar el trabajo de la soprano Carolina Wong y el tenor Ricardo Castrejón, quienes encarnaron al coro y, justo también, decir que es absolutamente innecesaria y nada aporta ni a la trama ni a la buena puesta, la escena de sexo entre ambos personajes.
Musicalmente también marchó bien la cosa; dirigiendo desde el piano, André dos Santos otorgó los matices necesarios a los muy variados momentos de la partitura, acompañó con mesura los recitativos y, cuidando tiempos y niveles, fue creando las distintas atmósferas en las que la trama transcurre.
Bien todos en lo vocal, es imprescindible destacar la participación de la mezzosoprano Belém Rodríguez como Lucrecia, personaje al que llenó de temperamento, intención y buen canto.
Estreno realmente importante este de La violación de Lucrecia que es deseable pueda gozar de otras funciones, a más de las únicas tres tenidas los recién pasados viernes, sábado y domingo en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque.








