No abril como en La tierra baldía: para nosotros septiembre fue “el mes más cruel”. Entre conflictos sociales y las tormentas más feroces que ha conocido México desde 1955, se llevó también a Álvaro Mutis quien, sin desmedro de su radical colombianidad, era y es también un poeta mexicano.
Si murió bajo la furia de la Tierra estremecida por el cambio climático y las devastaciones de la corrupción fruto de la codicia, la tempestad de la historia destruyó también su primer libro: La balanza. Fue impreso, no publicado, justamente al comienzo del bogotazo de 1948, la insurrección popular causada por el asesinato del líder Jorge Eliecer Gaytán.
El bogotazo inició la trágica época llamada en la historia colombiana “la violencia”. Sus extremos de crueldad se han duplicado en el México de los últimos años en una espiral sin fin. Tal vez este horror no aludido jamás en sus poemas explique el pesimismo sin consuelo de Mutis, un hombre que, excepto su injusto paso por Lecumberri, tuvo en lo personal una vida más privilegiada que la de ningún otro escritor. Entre otras cosas es el único autor de los dos continentes que ha recibido los tres premios más significativos de la lengua española: el Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Reina Sofía.
Entre la selva y las ruinas
Abundan las personas bellas, apuestas e inteligentes. En un mundo en que solemos ser soberbios, engreídos, despóticos, tediosos, intolerantes, groseros o quejumbrosos, Mutis poseyó en grado sumo el más raro y agradecible de los dones: la simpatía. Tal vez gracias a ello se salvó de ser repudiado por su afán de mantenerse muy lejos de la política y declararse monárquico en un tiempo en que ser o fingirse de izquierda era algo indispensable en los medios intelectuales.
Como Borges, Mutis tuvo una adolescencia europea y, al igual que Julio Cortázar, estuvo ligado a Bélgica, si no por el nacimiento sí por los años decisivos que pasó en Bruselas. Su obra es un continuo oscilar entre las ciudades y los monumentos de Europa cargados de Historia y sangre y la selva colombiana donde a cada instante se renuevan el esplendor de la vida y la desolación de la muerte.
Maqroll el Gaviero
En su última etapa, los escenarios y los temas se ampliaron hasta África, Rusia y la España musulmana pero en ningún lugar Mutis encontró más su sitio que en una calle de la Córdoba peninsular. Por esta extraterritorialidad halló un semejante, un heterónimo, una proyección en el protagonista de su obra: Maqroll el Gaviero, uno de los pocos grandes personajes de la narrativa contemporánea.
Maqroll es el prototipo esencial y ancestral de la narrativa, el marino que se desplaza de un mundo a otro en busca de la Última Thule, del Santo Grial que acaso no existió nunca. El viaje es la imagen y el sentido de la existencia; la navegación aspira a explorar lo desconocido que puede ser también lo más próximo: el día siguiente, mañana. Sus grandes hazañas son las batallas mudas que sólo existen si la memoria se traduce en narración.
Maqroll es nuestro contemporáneo y también el fantasma que regresa de otra época: los tiempos del trasatlántico, el dirigible, los grandes ferrocarriles como el Transiberiano y el Orient Express. Maqroll es el que vuelve de un errar sin fin, el que está aquí y un instante después ya no está, ya partió, ya se fue en pos de lo que nunca encontrará.
Maqroll es el perpetuo navegante de las grandes aguas, los mares y los enormes ríos que son el nacer y el morir. Libra contra los elementos un duelo mortal a sabiendas de que en el combate siempre gana la muerte. No hay destino sino una suma de fracasos hasta que llegamos al puerto final: “la piadosa nada”.
Como para López Velarde, para Maqroll “el mundo es un harén y un hospital/ colgados juntos de un ensueño”. En sus narraciones y en sus poemas siempre llueve. Las inmensas barcazas llevan los troncos, el café y el azúcar. Todo está amenazado o ya corroído por el óxido, el salitre y el moho. Su epopeya sombría es como la versión poética de lo que dice Claude Levy-Strauss en Tristes trópicos. (Afirmar esto es casi una blasfemia porque se sabe que el libro del gran antropólogo es la mejor prosa francesa del siglo XX, lo cual ciertamente ya es decir.)
Mutis no tuvo aprendizaje ni decadencia. Un poema de su primer libro, Los elementos del desastre (1953), se lee tan bien como otro de su libro final Un homenaje y siete nocturnos (1987) en que aparece el extraordinario “Nocturno V”, un texto sobre el Misisipi sólo comparable a lo que escribió en Four Quartets T.S. Eliot, nacido a sus orillas, entre el terror de las inundaciones y la maravillosa música del ragtime. Aquí también aparecen sus homenajes a Vicente Rojo –“Visita de la lluvia”–, a Mario Lavista y a Alberto Blanco.
Si todos los libros poéticos de Mutis escritos a lo largo de 50 años caben en 300 páginas, mucho más extensa, pero no menos poética, es su obra narrativa que no ha recibido en México la atención que merece y a la cual vale la pena dedicar una segunda nota.
Álvaro Mutis se ha ido pero sus libros y su memoria nos acompañarán para siempre. Maqroll el Gaviero no ha cesado de navegar.
(JEP)








