Traducciones mexicanas: Segovia, Ledesma, Muñoz

Verdadero nombre 1

 

Desierto nombraré al castillo que fuiste,

noche a esta voz, ausencia al rostro

[tuyo,

y cuando hayas caído sobre la tierra estéril

nombraré nada al rayo que te ha llevado.

Morir es un país que te gustaba.

vengo pero es eternamente por tus negros

[caminos.

destruyo tu deseo, tu forma, tu memoria

y tu enemigo soy que no tendrá piedad.

 

Guerra te nombraré, y tomaré

en ti las libertades de la guerra, y tendré

en mis manos tu oscuro y atravesado rostro

en mi alma ese país que alumbra la

[tormenta.

 

 

Capilla Brancacci

 

¡Veladora nocturna en enero en las losas,

cómo habíamos dicho que no ha de morir

[todo!

Oía más allá en una sombra igual

de cada noche un paso que desciende hacia

[el mar.

Lo que tengo apresado quizá es sólo una

[sombra,

pero has de distinguir en ella un rostro

[eterno.

Así habíamos tomado hacia frescos

[oscuros,

vana ruta, las calles impuras del invierno.

Amenazas del testigo

 

¿Qué querías alzar sobre esa mesa

si no era el doble juego de nuestra muerte?

Por miedo destruí en el mundo la mesa

parda y desnuda, en la que se declara el

[viento muerto.

 

Luego envejecí. Fuera la verdad de palabra

y la verdad de viento cesaron su combate.

¿Se ha retirado el fuego aquel que era mi

[iglesia?

Ya no tengo ni aún miedo, no estoy

[dormido.

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1. Traducciones de Tomás Segovia, en la Revista Mexicana de Literatura, dirigida por Carlos Fuentes y Emannuel Carballo, número 9 de enero-febrero-marzo-abril de 1957.

A menudo imagino 2

 

A menudo imagino, por encima de mí

Un rostro de sacrificios cuyos surcos

Parecen como un campo roturado.

Labios y ojos sonrientes, frente lóbrega

Como un ruido de mar cansado y sordo.

Le digo: sé mi fuerza, y su luz se incrementa,

Rige un país de guerra en la alborada

Y un río entero: sus meandros aseguran

Fertilidad a esta tierra detenida.

Y me sorprende entonces que hayan sido

Necesarios esos tiempos y ese dolor, pues

[los frutos

Reinaban ya en el árbol.

Y el sol ya iluminaba

El país de la tarde.

Y miro altas mesetas en que puedo vivir,

Esta mano que estrecha otra mano rugosa

Esta respiración de ausencia que levanta

Las masas de un trabajo de otoño

[inacabado.

 

II

Pienso en Coré, la ausente que en sus manos

Tomó el corazón negro y radiante de las

[flores,

La que cayó al beber la oscuridad, la

[irrevelada

En el prado de luz y sombra.

Comprendo esta culpa: la muerte.

Asfódelos, jazmines son de nuestro país.

Riveras de agua poco profunda y verde y

[límpida

Y hacen temblar la sombra

Del corazón del mundo… Es esto, tómalo.

Nos devuelven la culpa de la flor cortada.

Toda el alma se encorva en torno a un

[decir simple,

La grisura se pierde en la sazón del fruto.

Hierro de voz de guerra se disipa

En materia dichosa y sin retorno.

 

III

Sí, es esto.

Un destello en las viejas palabras.

El escalonamiento

De toda nuestra vida lejana como un mar,

Feliz y elucidada por armas de agua viva.

 

Ya no necesitamos para amar

Imágenes desgarradoras.

Nos basta el árbol allá abajo,

Al que la  luz desgaja de sí mismo

Que ya sólo conoce

El nombre casi dicho de un dios casi

[encarnado.

 

Y todo el país alto que el Uno incendia

[próximo.

 

Y ese muro encalado que el simple tiempo

( toca

Con manos sin tristeza, con manos que

[han medido.

 

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2. Nueva versión de la publicada por Ricardo Ledesma en la revista Diálogos (número 2, enero de 1965), dirigida por Ramón Xirau, cuyo jefe de Redacción era el poeta y traductor José Emilio Pacheco.

Ayer, lo inacabable 3

 

Nuestra vida, esas veredas

que nos convoca

al frescor de los prados

en los que el agua ilumina.

 

Los vemos ir errantes

en lo alto de los árboles

como buscan los sueños, en nuestro

( dormitar,

su otra tierra.

 

Avanzan  con las manos

llenas de polvo de oro,

entreabren las manos

y cae la noche.

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3. Versión del francés de Miguel Ángel Muñoz tomada de su libro El instante de la memoria de próxima aparición en Editorial Praxis.