Obama: arrogancia e irresponsabilidad

La Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos aprobó  una resolución, por 10 votos a favor y 7 en contra, que autoriza al presidente Obama a emprender una acción militar contra Siria. Será citada como la “Autorización para el uso de la fuerza militar contra el gobierno de Siria para responder al uso de armas químicas”. Permite realizar por dos meses, prorrogables a tres, bombardeos sin involucrar el desembarco de tropas. Será sometida al pleno del Senado en los próximos días y existe alta probabilidad de que sea aprobada.

Este es el primer paso hacia una de las decisiones más arrogantes e irresponsables que pueda emprender el gobierno de Estados Unidos. Bombardear durante dos o tres meses a un país sumergido en una violenta guerra civil, sin tener una idea clara de lo que se persigue, sólo puede conducir al desastre. En efecto, la complejidad de la situación en Siria hace particularmente desaconsejable la intervención militar “limitada” que se propone.

Se sabe que así no es posible destruir las armas químicas porque el proceso para librarse de ellas es largo y exige tener personal en tierra; que no podrán evitarse los efectos colaterales de los bombardeos sobre la población civil; que se puede debilitar el poder militar de Al Assad, pero que ello no conduce necesariamente a la instauración de otro régimen que ofrezca seguridad respecto a la democracia y los derechos humanos; se conocen los grupos tan diversos que luchan en la oposición y la presencia entre ellos del islamismo radical y los lazos con Al Qaeda; se sabe que existe el peligro de que las armas químicas existentes caigan en manos de estos últimos. En resumen, durante uno de los momentos más difíciles para tratar de influir sobre los acontecimientos, Obama decide intervenir.

Son muchas las consecuencias que semejante acción tendrá sobre la política internacional. En primer lugar, confirma la indiferencia e incluso la animosidad del gobierno de Estados Unidos hacia el derecho internacional y las instituciones encargadas de la paz y la seguridad internacionales, como las Naciones Unidas.

Cierto que el Consejo de Seguridad se encuentra paralizado, como en los  momentos de la guerra fría, por la posición de China y Rusia, contrarias a actuar contra Siria. Pero esto no significa que sea justificable que una vez más Estados Unidos desconozca uno de los principios centrales del orden internacional contemporáneo, como es la prohibición del uso de la fuerza. Ésta sólo se permite con la autorización del Consejo, o cuando se ejerce en legítima defensa individual y colectiva en caso de sufrir un ataque armado. De ninguna manera puede sostenerse que la situación en Siria pone en peligro, como lo sostiene la resolución del Senado, la seguridad nacional de Estados Unidos.

La acción militar en Siria se propone en circunstancias donde los vientos no son favorables a tener solidaridad con la acción estadunidense. Para empezar, profundiza las tensiones con Rusia, motivadas, entre otras cosas, por el asilo concedido a Edward Snowden, el ciudadano estadunidense que denunció los actos de espionaje a través del mundo ejecutados por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés).

Tales actos de espionaje que, según revelaciones, se dirigieron contra líderes políticos de diversas partes del mundo, entre ellas Brasil y México, han producido un malestar generalizado contra el gobierno de Estados Unidos que no propicia las simpatías para acompañarlo en la nueva aventura militar.

En Europa, los malos recuerdos de las experiencias en Irak todavía están muy vivos. Así se explica que el Parlamento Británico haya negado al primer ministro Cameron la autorización para participar en una acción militar en Siria. Por primera vez en mucho tiempo, la “relación especial”  entre el Reino Unido y Estados Unidos para asuntos relativos a la seguridad internacional no se materializará. En Alemania, Angela Merkel, enfrascada en la lucha electoral que se avecina, ha declarado que no participarán en acción internacional en Siria. Únicamente Francois Hollande, de manera un tanto apresurada, ha prometido la colaboración francesa; está por verse el precio que pagará en política interna.

Llama la atención el proceso que ha llevado al premio Nobel de la Paz a convertirse, de un opositor a la guerra de Irak, en un guerrero que, recuperando la arrogancia de la época de Bush, le otorga a Estados Unidos la autoridad moral para ir, sólo si es necesario, a perseguir a quien ha utilizado las armas químicas contra su población. Poco importa si lo hace de tal manera que atropella el derecho internacional, profundiza las tensiones internacionales que existen y, lo que es más grave, se arriesga a producir en Siria y quizá en todo el Medio Oriente un caos del que será aún más difícil salir.

La transformación de Obama, hasta hace poco reticente a actuar en Siria mientras otros países como Francia, Reino Unido y Turquía pedían mayor compromiso enviando armas a la oposición, tuvo lugar a partir del momento en que, a finales de 2012, trazó una “línea roja”, que fue la utilización de armas químicas. Cuando el gobierno de Al Assad las empleó en el ataque del 21 de agosto, Obama se encontró ante  un dilema que no pudo resolver. Contrariamente a lo que se esperaba del gran estadista que parecía ser, ha optado por la senda de mayores riesgos para él y para el mundo.

En la reunión del G-20 en San Petersburgo, Obama tratará de crear una red de aliados que lo acompañen en Siria. Se ejercerán, sin duda, todo tipo de presiones. Es difícil predecir lo que pueda obtener. En todo caso, es importante preguntarse cuál será la posición de México ante los difíciles momentos de definición que se aproximan.