Desde Moscú la oposición a una intervención armada es explícita: “Occidente se comporta como un mono con una granada en el mundo islámico”, escribió en Twitter el viceprimer ministro ruso Dmitri Rogozin el 27 de agosto.
“A pesar de lo que diga Washington, el objetivo de una operación militar sería cambiar el régimen en Siria a través de la destrucción de su potencial militar”, tuiteó el 28 de agosto Alexei Pushkov, cabeza del Comité de Relaciones Internacionales del Parlamento.
Si bien el canciller ruso Serguéi Lavrov aseguró que Moscú “no piensa entrar en guerra con nadie”, el jueves Rusia anunció sus planes de aumentar la presencia naval en el Mediterráneo. La agencia de noticias Interfax informó que el Kremlin enviará un barco antisubmarinos de la flota Norte, además de los buques Moskva y del crucero Variag, armado con misiles.
China y Rusia siguen impidiendo cualquier resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a favor de una respuesta armada, que consistiría en ataques aéreos a instalaciones militares sirias.
Si bien es posible que el Consejo de Seguridad apruebe una condena al régimen sirio, no habrá ninguna autorización de acción militar. Esta posición se ha visto favorecida por las crecientes dificultades de Londres y Washington para organizar el ataque y parece prevalecer la idea de esperar al informe de los inspectores de la ONU que viajaron a Damasco para determinar las responsabilidades del letal ataque, informe que puede demorar varios días.
En esas circunstancias cobra peso la intervención rusa en favor de una salida negociada. El pasado 29 de agosto la canciller alemana Angela Merkel pidió al presidente Vladimir Putin que se sume a las presiones internacionales contra Siria, pero, según el portavoz de la jefa del Estado alemán, Steffen Seibert, los dos líderes han intentado que el conflicto se resuelva de manera política con una conferencia internacional para pacificar la zona.
Moscú teme quedar atrapado en las redes occidentales, como sucedió en Libia en 2011, cuando el entonces presidente Dmitri Medvédev no utilizó su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para impedir el establecimiento de una zona de prohibición de vuelo contra el régimen de Gadafi, operación que culminó con la muerte del dictador.
“Desde el punto de vista ruso, cada vez que Moscú accedió a las demandas occidentales y ayudó a resolver algún problema político, el resultado fue desfavorable, como en Libia”, dice a Proceso desde la capital rusa el analista Fiodor Lukyanov, director de la revista Rusia en la Política Global.
En declaraciones al canal de televisión Rain.ru el 26 de agosto, Georgi Mirsky, del Instituto de Economía Internacional y de Relaciones Internacionales, señaló que Rusia no va a repetir los errores de 2011:
“Pensar que Putin puede llamar a Assad y cambiar algo es un error. Y Putin no lo va a hacer después de lo que pasó en Libia hace dos años; no va a crear una situación en la cual parezca que Moscú cede a la presión de Washington porque de esa manera pierde autoridad. De ahí sólo hay un paso para decir que Rusia baila al son de Estados Unidos.”
“Rusia está categóricamente contra cualquier acción militar; está por la decisión política. Debe haber negociaciones alrededor de la propuesta de una nueva conferencia en Ginebra”, dice Lukyanov. Y ante un ataque occidental hará “duras declaraciones, intentará reunir un grupo de países influyentes, como China e India, del grupo de BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, economías emergentes) y del Acuerdo de Seguridad de Shanghái, para condenar el acto”, agrega.
Sin embargo las posibilidades de acción del Kremlin son limitadas. “Rusia no es la Unión Soviética, no espera ser una potencia líder en Medio Oriente. Siria es su socio, allí tiene intereses determinados, pero a fin de cuentas Rusia sale de Medio Oriente porque allí no puede pasar nada bueno, no puede haber ninguna estabilidad”, señala el analista.
Para Aleksei Malashenko, del Centro Carnegie de Moscú, en un artículo publicado en la página web de esa organización el 28 de agosto, “tal parece que ni los amigos de Siria, es decir, los jugadores externos que apoyan a la oposición, ni quienes se oponen a ellos en el terreno internacional pueden controlar a sus socios sirios. Sentar a las partes en conflicto ante la mesa de negociaciones es imposible.
“El drama de Rusia, que defiende al régimen gobernante, es que no puede salvar a Assad ni obligarlo a actuar de manera más moderada. Más aún, no está en condiciones de detener el ataque militar extranjero si éste se produce. Rusia pierde la autoridad que le quedaba en Medio Oriente y, tras la inevitable salida de Assad, no va a tener nada más qué hacer en esa región. Quizá por eso defiende sin esperanzas a su último aliado en esta región, que le quedó como herencia de la Unión Soviética.”
Sin salida
Si Rusia no la tiene fácil, los aliados occidentales menos. Para Mirsky, “ninguna cosa que hagan los estadunidenses con los ingleses y los franceses puede garantizar un cambio de fuerzas en favor de la oposición siria, de tal manera que se pueda decir que llegó un momento decisivo y que se acerca la caída de Assad. Si se da la intervención militar, esto va a ser una guerra”, agregó.
Lukyanov comparte esta opinión: “O realizan una acción limitada que no tendrá muchos resultados o se involucran en una guerra hasta derrocar a Assad, lo cual va a conducir a un gran desorden en la región”, dice.
Consultado acerca de las consecuencias internas de una intervención militar occidental para Rusia, Lukyanov cree que en el largo plazo “habrá más regímenes islamistas en la región, aumentando su influencia sobre los radicales que actúan en el Cáucaso y otras regiones”.
En estas circunstancias el conflicto sirio parece ir para largo. Paul Salem, del Centro Carnegie en Beirut, escribió el 28 de agosto: “El conflicto sirio parece condenado a continuar varios años. El inminente ataque estadunidense puede ser necesario para detener el uso de armas químicas, pero difícilmente cambiará el curso del conflicto sirio”.








