Debido a su posición geográfica, en Siria se cruzan los intereses de las naciones del Medio Oriente. Una eventual intervención militar en ese país involucraría a los países de la región en un devastador conflicto bélico y reactivaría milenarias disputas religiosas y étnicas que harían más compleja su solución. De hecho, el apoyo militar de Washington a los rebeldes sirios podría crear una situación insólita: que Estados Unidos y Al Qaeda –que tiene en Siria organizaciones supeditadas a ella– se encuentren en el mismo bando luchando contra un rival común: El régimen de Bashar el Assad.
Una caricatura circuló a principios de año en la ciudad siria de Alepo: El presidente Bashar el Assad aparece hasta las rodillas en un lago de sangre. Sujeta una sierra eléctrica. Está rodeado de cabezas, miembros y cuerpos destrozados. En el ambiente flota una peste debido a la descomposición de los cadáveres. El mandatario estadunidense Barack Obama aparece de pie a un lado, sin ensuciarse, y dice: “No. No huele a nada químico”.
La caricatura –que después circuló en internet– alude a la declaración de Obama del 20 de agosto de 2012, cuando estableció “la línea roja” que Assad no debería cruzar: el uso de armas químicas en la guerra civil siria. Refleja también una creencia generalizada entre los rebeldes de este país: al establecer los límites, Obama pareció darle carta blanca al régimen sirio para masacrar a su pueblo, siempre que no lo hiciera con armas químicas, al tiempo que evitaba involucrar a Estados Unidos en el conflicto con acciones militares directas.
En los hechos, Obama no resultó bien querido ni por Dios ni por el diablo: había decepcionado a los rebeldes sirios y era odiado por el gobierno de Assad y sus seguidores.
Pero todo indica que Assad cruzó la “línea roja”.
El 21 de agosto último, en horas de la madrugada, miles de habitantes de cuatro barrios de Damasco –todos controlados por los rebeldes sirios desde el verano de 2012– fueron afectados por un mal desconocido, en medio de bombardeos del ejército gubernamental. Sin señalar culpables, la organización Médicos sin Fronteras informó que tres hospitales afiliados a dicha organización fueron “inundados” con 3 mil 600 pacientes que presentaban síntomas que “indicaban fehacientemente una exposición a un agente neurotóxico”. De ellos, 355 murieron. Otras personas perecieron antes de ser trasladadas a clínicas. No se tienen reportes de los que fallecieron en centros de salud ajenos a esa organización. Las estimaciones de víctimas fatales van de las 322 (incluidos 46 guerrilleros) que dio el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, a mil 729, según el opositor Ejército Sirio Libre (ESL).
Estados Unidos y los países de Europa sostienen que el régimen de Assad llevó a cabo el ataque masivo con armas químicas; éste afirma que lo realizaron los rebeldes y acusa a Washington de fabricar evidencias para justificar una intervención militar. Se trata del mayor ataque con armas químicas que se ha registrado en 25 años, desde que el ejército del depuesto presidente iraquí Sadam Husein mató a 4 mil 500 habitantes del pueblo kurdo de Halabja.
El mandatario estadunidense, quien durante sus dos periodos presidenciales se ha esforzado para sacar a su país de dos largas y costosas guerras (Irak y Afganistán), se encuentra ahora abocado a meterlo en otra, en alianza con Gran Bretaña, Francia y otros miembros de la OTAN.
Pero, advierten especialistas en Medio Oriente, esta intervención militar, a diferencia de la realizada por la OTAN en Libia durante 2011, puede desembocar en una conflagración regional. Debido a su posición geográfica, en Siria se cruzan los intereses de las naciones del área, las cuales se verían inevitablemente involucradas en el conflicto. Al menos una de ellas, Israel, posee armas nucleares; y otra, Irán, las está desarrollando. Además, se reactivarían milenarias disputas religiosas y étnicas que harían más compleja cualquier solución.
Por si fuera poco, no queda claro cómo Washington va a apoyar a los rebeldes. Éstos se encuentran divididos en facciones, algunas enfrentadas entre sí. De hecho, una intervención militar de Occidente puede crear una situación paradójica: que dos enemigos –Estados Unidos y Al Qaeda, que tiene en el terreno organizaciones supeditadas a ella– se encuentren en el mismo bando, luchando hombro a hombro contra un rival común: el régimen de Assad.
Brecha de odio
A partir de las denuncias sobre el ataque del 21 de agosto, se puede ubicar a los bandos en conflicto. Las facciones rebeldes, los gobiernos árabes sunitas (Turquía, Arabia Saudita y Qatar), las potencias occidentales (Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) e Israel señalaron de inmediato a las tropas de Assad como responsables. Al principio, el régimen sirio negó que se hubiera producido algún incidente extraordinario. Después aceptó que había ocurrido y culpó de él a los rebeldes. A pesar del cambio de señales, sus afirmaciones fueron respaldadas por sus aliados: Hezbolá (la milicia chiita libanesa), Irán (la república islámica chiita) y Rusia, el clásico rival de Estados Unidos.
Esto dibuja un enfrentamiento con dos ejes claros: uno de filiación sunita y asociado a Israel y las potencias de Occidente, lideradas por Estados Unidos, y otro de fe chiita y alineado con Moscú… La Guerra Fría, reeditada en clave musulmana.
Así, la lucha popular en Siria contra la dictadura –que al principio se desarrolló dentro de los límites de ese país– dio paso a un conflicto en el que se involucraron varios países. Las fronteras de la zona, definidas arbitrariamente por Londres y París en 1916, se están colapsando. “Lo que alguna vez fue un conflicto sirio con derrames regionales se ha convertido en una guerra regional con foco en Siria”, dice el informe Los conflictos en metástasis de Siria, publicado el pasado 27 de junio por el think-tank International Crisis Group.
Ese era un peligro que se había advertido desde que la conflagración, que inició en 2011, se prolongó. Los nobles ideales de democracia y libertad se subsumieron bajo una lucha de etnias. Se reactivó la brecha de odio más añeja de las que persisten en nuestros días y que dura ya 13 siglos: a partir de una batalla por la sucesión del profeta Mahoma, los vencedores formaron la secta sunita, y los derrotados y perseguidos, la chiita. Esto ocurrió en Kerbala (Irak) en el año 680.
Después de 1333 años, los odios persisten. Una muestra de ello: en Egipto, Tharwat Attalah, diputado salafista (una tendencia muy conservadora de los sunitas) se opuso el pasado 13 de mayo a que su gobierno permitiera la entrada de iraníes chiitas porque amenazaban la seguridad nacional, pues, dijo, “los chiitas son más peligrosos que una mujer desnuda”.
En Siria el encono entre chiitas y sunitas se ahondó a lo largo de 2013: la oposición fue excluyendo a sus miembros chiitas en la medida que crecía su resentimiento contra la tribu alauí –que es chiita y a la cual pertenece el presidente Assad–, hasta el punto de que muchas de sus facciones han anunciado su determinación de exterminarla.
Abu Sakkar, un comandante guerrillero, ganó fama internacional el 14 de mayo último cuando se difundió un video donde aparece destrozando el cadáver de un soldado del régimen para extraerle las vísceras, morder uno de sus pulmones y asegurar que eso les haría a todos los chiitas.
El gobierno, mientras tanto, ha hecho lo posible por someter a sus soldados sunitas y evitar que sigan desertando en masa hacia la oposición. Desde que inició el conflicto y antes de que comenzaran las amenazas contra los alauíes, quiso mantener la unidad en torno suyo advirtiéndoles que serían masacrados si no mantenían lealtad al régimen.
El apoyo a Siria por parte de Irán, de los chiitas que controlan Irak y de Hezbolá mostró la existencia de un gran arco chiita de combate que corre desde Beirut, en el Mediterráneo, pasa por Damasco y Bagdad y llega a Teherán. El discurso que Hasán Nasrallah, el líder de Hezbolá, pronunció el pasado 25 de mayo, no dejó lugar a dudas: “La batalla (en Siria) es nuestra y les prometo la victoria”, dijo, asumiendo la lucha de Assad como propia.
En Irak, grupos de la minoría sunita proclamaron la insurrección contra la mayoría chiita. Y el 13 de junio, en El Cairo, un congreso que reunió a 70 organizaciones de clérigos sunitas interpretó las declaraciones de Nasrallah como una “declaración de guerra contra el Islam” y llamó a una yijad (guerra santa) contra Assad, Hezbolá, Irán y los chiitas.
Once días después, una turba de 3 mil sunitas atacó la aldea chiita de Abu Zawyat Muslam, en la provincia egipcia de Giza, capturó a cuatro de los notables del lugar y los linchó en la plaza central.
En agosto, dos bombazos en mezquitas sunitas de Trípoli, en Líbano, causaron 60 muertos y fueron atribuidos a agentes sirios. Ello pareció confirmar que ese minúsculo país también es ya parte de la guerra.
Escenarios
En este contexto Obama ha tomado partido por los rebeldes sunitas; decisión difícil si se considera que en este bando destacan dos agrupaciones que reivindican su filiación con Al Qaeda: Estado Islámico de Irak y al Sham (EIIS) y Frente al Nusra.
Los opositores sirios no se han declarado mutuamente la guerra porque su prioridad es derrotar al régimen… En marzo pasado, la ciudad de Raqqa, de 220 mil habitantes, se convirtió en la primera capital provincial totalmente bajo control del rebelde Ejército Sirio Libre (ESL), el cual es apoyado por Occidente. Pero el 13 de agosto varios coches bomba explotaron en su cuartel, lo que marcó el inicio de la ofensiva del grupo EIIS.
En sólo dos días, los radicales islámicos vencieron a sus rivales. En otras regiones han asesinado o secuestrado a comandantes del ESL. La serie de raptos que ha expulsado a la mayoría de los periodistas extranjeros es atribuida a estos extremistas, que actúan sin que los grupos más moderados puedan ponerles límites.
La creciente influencia de las milicias de Al Qaeda es producto de un círculo vicioso: Estados Unidos ha titubeado al apoyar militarmente al ESL por temor a que las armas que le envíe terminen en manos de los islamistas. Pero esas vacilaciones estadunidenses debilitan al ESL, mientras Al Qaeda, financiada desde el exterior, se fortalece. Esto, a su vez, le da sustento a la propaganda de Assad, quien asegura que toda la oposición está formada por extremistas islámicos.
El informe de International Crisis Group propugna que Estados Unidos y Rusia colaboren para construir un “marco de negociaciones” con el propósito de alcanzar un acuerdo “que permita proteger tanto los intereses del gobierno como los de la oposición”. De otro modo, advierte, quedarán sólo tres escenarios: “Una intervención militar occidental masiva” capaz de romper la resistencia del gobierno sirio, con costos que ni Washington ni sus aliados quieren asumir; “aceptar la victoria del régimen, con el precio moral y político que acarrearía”, y que “los aliados les den a ambas partes del conflicto lo suficiente para sobrevivir pero no para vencer, lo que perpetuaría una guerra que tendría a los sirios como víctimas principales”.
Esto último es lo que ha ocurrido durante más de dos años y medio, con un saldo de 100 mil muertos, 2 millones y medio de refugiados y la destrucción del país.
Existe una corriente, sin embargo, que prefiere que esto continúe así. La expresó con frialdad Edward N. Luttwak, investigador del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, en un artículo que publicó el diario The New York Times el pasado 24 de agosto, tres días después del ataque con armas químicas.
“Una victoria de cualquiera de los bandos sería igualmente indeseable para Estados Unidos. En este punto, un estancamiento prolongado es el único resultado que no daña los intereses de Estados Unidos”, apuntó Luttwak, quien ha sido asesor externo del Departamento de Defensa y del Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca.
“Sería desastroso” que ganara Assad, pero si lo hacen los rebeldes sería “extremadamente peligroso” porque los grupos ligados a Al Qaeda “se han convertido en la fuerza combatiente más efectiva en Siria”, señaló.
Luttwak propuso “darles armas a los rebeldes cuando parezca que las fuerzas de Assad van en ascenso y cortar el aprovisionamiento” cuando ocurra al revés. De esta forma, cuatro enemigos (Irán, Siria, Hezbolá y Al Qaeda) quedarían “amarrados” a la guerra, imposibilitados de atacar a Estados Unidos y sus aliados. “Que esa sea nuestra mejor opción es infortunado y trágico, pero no sería una imposición cruel sobre el pueblo sirio”, que ya está metido en la guerra, aseguró.
“De hecho –concluyó–, tal estrategia se aproxima a la que hasta ahora ha mantenido el gobierno de Obama”. Es decir, la política de esconderse tras la vaguedad de una línea roja.








