Mientras que las potencias occidentales condenan la represión desatada en Siria por el régimen de Bashar al Assad e incluso han tomado algunas acciones, en Egipto el ejército ha disparado contra multitudes y asesinado a centenares de personas sin enfrentar las consecuencias. Ello se explica, sostienen expertos, en la función que Egipto cumple desde que se establecieron los acuerdos de Campo David: el policía que vigila la frontera sur de Israel. Washington se niega a reconocer que la caída del presidente Mohamed Morsi se debió a un golpe de Estado, pues ello implicaría la suspensión inmediata de la ayuda estadunidense a Egipto.
Las potencias occidentales no dudan en denunciar al régimen del presidente sirio Bashar al Assad y exigir su renuncia. Se trata, afirman, de un gobierno que además de reprimir manifestaciones pacíficas con violencia armada utiliza al ejército para masacrar a los ciudadanos.
Para condenar al régimen mencionan las numerosas matanzas de civiles perpetradas por los militares, entre éstas las que dejaron las mayores cifras de muertos durante estos dos años y medio de guerra: entre 320 y 500 en Darayya, en agosto de 2012; 250 en Jdaidet al Fadi, en abril de 2013, y entre 128 y 245 en Bayda y Baniyas, en mayo de 2013.
El miércoles 14 el ejército egipcio montó en El Cairo un operativo para forzar el levantamiento de dos campamentos de simpatizantes de Hermanos Musulmanes, establecidos en protesta por el golpe de Estado con el que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), apoyado por un abanico de grupos políticos, derrocó el 3 de julio último al presidente Mohamed Morsi, electo un año antes en los primeros comicios libres que hubo en el país, y lo puso bajo arresto e incomunicación.
Los videos muestran que las fuerzas armadas usaron vehículos blindados, bulldozers, fuego de francotiradores y ametralladoras contra multitudes desarmadas de hombres, mujeres y niños. En algunas imágenes se aprecian decenas de cadáveres quemados en posiciones de dolor, lo cual sugiere que estaban vivos mientras ardían. Las mezquitas y recintos utilizados como clínicas de campaña aparecen arrasados. En morgues improvisadas los cadáveres se amontonan.
En sólo 24 horas las cifras de muertos se iban elevando a grandes saltos. Entre la noche del miércoles y la del jueves, hora de Egipto, pasaron de 65 a 215, y al cierre de esta edición a 525. Estos son los números oficiales del Ministerio de Salud. Por su parte, los Hermanos Musulmanes afirmaban que había al menos 2 mil muertos.
Cada año Estados Unidos entrega mil 300 millones de dólares en ayuda militar al ejército egipcio. Esto es parte de los acuerdos de Camp David firmados por palestinos e israelíes en 1977 bajo los auspicios del entonces presidente James Carter. A cambio de este dinero, Egipto se asegura de que Israel no tenga problemas en su frontera sur.
Sin embargo, una ley del Congreso estadunidense estipula que las transferencias serán interrumpidas si en El Cairo hay un golpe de Estado. La administración del presidente Barack Obama ha evitado llamar por ese nombre al derrocamiento de Morsi. Incluso el secretario de Estado, John Kerry, dijo el viernes 2 que los militares luchaban para “reestablecer la democracia”.
La matanza del miércoles 14 no carece de antecedentes. Fue, de hecho, la tercera masacre cometida por el ejército contra los Hermanos Musulmanes. En las anteriores, del 8 y el 27 de julio, mataron al menos a 51 y 83 personas, respectivamente. La más reciente, sin embargo, fue una matanza anunciada. El general Abdel Fatah al Sisi, a quien Morsi nombró ministro de Defensa y jefe del CSFA, advirtió que los plantones de protesta en la plaza al Nahda y la mezquita Rabaa al Adawiya debían levantarse voluntariamente o por la fuerza.
Cumplió. Los ataques dejaron el mayor saldo de muertes provocadas en un solo hecho en la historia de Egipto. Los líderes de las grandes potencias se sintieron obligados a hacer algo. “Estoy muy preocupado, estoy decepcionado”, dijo el secretario de exteriores de Gran Bretaña, William Hague y añadió: “condeno el uso de la fuerza y llamo a las fuerzas de seguridad a actuar con contención”.
Replantear la ayuda
La alta representante de la Unión Europea para relaciones exteriores, Catherine Ashton, deploró “la pérdida de vidas, las heridas y la destrucción” porque “la violencia no es la manera de avanzar”. Por su parte, el secretario general de Naciones Unidas y los ministros de exteriores de Francia y Alemania pidieron “reconciliación” y “diálogo”.
Las miradas estaban, sin embargo, en Barack Obama: nadie le pedía intervenir militarmente en Egipto, como sí lo han hecho al respecto de Siria, pero las voces que, desde el golpe de Estado, lo llamaban a suspender la ayuda militar para forzar al CSFA a retirarse del poder, crecieron en número y volumen a raíz de la más reciente matanza. La fuerza de ese ejército se basa en el armamento regalado por los estadunidenses.
Este país “debe cambiar su política hacia las fuerzas armadas de Egipto”, afirmó The Washington Post en un editorial el miércoles 14. “Eso significa la completa suspensión de toda ayuda y cooperación, a la par de darle el mensaje de que las relaciones reiniciarán cuando los generales terminen su campaña de represión y den pasos tangibles para restaurar la democracia”.
El editor de Medio Oriente de la revista Foreign Policy, Marc Lynch, publicó ese mismo día un artículo titulado “Es más que suficiente” en el cual señala: “Con sangre en las calles de Egipto y el regreso al estado de emergencia, es tiempo de que Washington deje de hacerse el tonto. Sus esfuerzos por mantener las líneas de comunicación con el ejército egipcio, mediar discretamente en la crisis y ayudar a establecer la base de algún nuevo proceso político democrático, han finalmente fracasado”.
Aunque Obama apareció en fotos jugando golf en la residencia presidencial de verano de Martha’s Vineyard, mientras se desarrollaba la masacre, al día siguiente hizo pausa en sus vacaciones para manifestar que Estados Unidos “condena los pasos dados por el gobierno interino de Egipto y las fuerzas de seguridad”. Y precisó: “nuestra cooperación tradicional no puede continuar como siempre cuando están matando a civiles en las calles y se revierten los derechos”. Además, anunció que las fuerzas armadas de su país no participarán en la Operación Bright Star, ejercicios militares conjuntos con el ejército egipcio programados para septiembre.
También explicó por qué no considera que el derrocamiento y encarcelamiento de un mandatario legítimo no es un golpe de Estado: “Aunque Mohamed Morsi fue electo presidente en una elección democrática, su gobierno no fue incluyente y no respetó los puntos de vista de todos los egipcios. Sabemos que muchos egipcios, millones de egipcios, incluso puede ser que una mayoría de egipcios, estaban pidiendo un cambio de rumbo”.
A Obama, el general Sisi le toma las llamadas cuando lo estima conveniente. De acuerdo con fuentes de inteligencia, citadas sin nombre por la agencia privada de información de seguridad global DEBKAfile (formada por exagentes del Mossad israelí), en algún momento del “miércoles negro”, Obama dejó el golf para comunicarse con el militar egipcio. “El presidente quería darle al general una reprimenda, en la misma línea de la llamada que le hizo al anterior presidente Hosni Mubarak en febrero de 2011 en la que le exigió detener la represión y dejar el poder. Dándose cuenta de que esto era lo que venía, el general Sisi decidió no aceptar la llamada de Obama, informan nuestras fuentes”. En lugar de eso, los funcionarios egipcios sugirieron a Obama dirigirse el presidente interino Adly Mansur, una figura decorativa, manejada por los oficiales.
El factor israelí
En un informe del miércoles 14, la agencia Reuters reveló la impotencia de los diplomáticos occidentales ignorados por Sisi cuando le pidieron no reprimir. “Teníamos un plan político en la mesa, que había sido aceptado por la otra parte (Hermanos Musulmanes)”, aseguró el enviado de Estados Unidos, Bernardino León. Y precisó: “Podrían haber tomado esta opción. Así que todo lo que ocurrió hoy fue innecesario”.
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Chuck Hagel, realizó llamadas telefónicas diarias para advertir que se cancelaría la entrega de cuatro aviones F-16, parte de la ayuda militar, si el ejército atacaba. Nada de eso se cumplió.
Según numerosos observadores, la debilidad de Washington se refleja en que el ejército egipcio hace lo que quiere sin que Estados Unidos pueda evitarlo. En Twitter, Shadi Hamid, director de investigación del prestigiado think-tank estadunidense Brookings Institution, dijo ese miércoles: “Estados Unidos tuvo varias oportunidades para demostrar que sus amenazas de suspender la ayuda eran creíbles, pero en cada ocasión se retractó. Esa política tiene un costo”. Y el jueves 15, Hamid planteó: “Aparte de cancelar el tratado de Camp David, ¿hay alguna cosa que el ejército de Egipto pueda hacer para que Estados Unidos le corte la ayuda militar?”.
Al parecer, Sisi cree que puede llegar hasta donde quiera si no afecta la seguridad de Israel. Muchos, en el gobierno y la intelligentsia estadunidenses, también lo ven así. En su artículo “No, no le corten la ayuda militar a Egipto”, publicado el 12 de agosto en CNN.com, Khairi Abaza, de la Fundación para la Defensa de las Democracias, argumenta que el dinero otorgado a Egipto en ayuda regresa en forma de compras de armamento, lo cual significa que “Egipto es esencialmente un cliente del complejo industrial-militar de EU y si se tensan las cosas, podría empezar a comprarles a rusos, chinos o franceses”.
No obstante, lo más delicado es que “el fin de la ayuda amenazaría la durabilidad del importantísimo tratado de paz de Egipto con Israel”. La seguridad de este último país es considerada en Estados Unidos como un asunto de política interior más relevante que cualquier tema externo.
Oculto en algún lugar de Giza –la mitad oriental de El Cairo–, Abi Amr, dirigente local de los Hermanos Musulmanes, hace una pausa para responder al teléfono, antes de atender como médico a sus compañeros heridos. Rechaza que su organización se esté armando aunque acepta, sólo como hipótesis, la posibilidad de que algunas personas hayan respondido con fuego al ejército, que ha mostrado videos –cuya autenticidad no ha sido comprobada– de civiles disparando. En cualquier caso, dice Amr, no tiene sentido la acusación de que su gente atacó primero: “¿Qué armas podríamos tener que sean mejores que las del ejército egipcio, que cada año recibe como regalo millones de dólares de Estados Unidos?”, dice.
Después de que en dos masacres los soldados “mataron a cientos de nosotros como si fuéramos perros, ¿usted cree que les vamos a disparar con perdigones para que nos respondan con tanques y ametralladoras?”, añade.
Admite, sin embargo, que las cosas puedan empeorar: “Si fuera cierto que algunas personas estaban armadas, ¿de qué se sorprenden? En Siria, el ejército de Bashar al Assad atacó las manifestaciones pacíficas, los masacró, hasta que los sirios se cansaron de dejarse matar y empezaron a responder al fuego con fuego. ¡Y el mundo aplaudió! ¿Por qué les parecería mal que nosotros también nos cansáramos de dejarnos matar?”.
–¿Qué harán si se cansan?
–Temo que ocurra lo de Argelia. Que Alá, el piadoso no lo quiera.
–¿Se refiere a los islamistas de Argelia que recurrieron al terrorismo cuando el ejército canceló las elecciones? ¿Recurrirán ustedes al terrorismo?
–No, somos pacíficos. Pero mucha gente que nos sigue se ha decepcionado de nosotros. Los países occidentales nos dijeron que debíamos aceptar la democracia, confiar en ella. Así lo hicimos y pedimos a millones que confiaran. Confiaron porque confiaban en nosotros. Ahora nos han dado un golpe de Estado que derribó al presidente electo por la democracia. Nos traicionaron. Y los países occidentales dicen que está bien. El señor John Kerry dijo que el ejército estaba reestableciendo la democracia, ¡de qué habla, por dios! ¿Cómo podemos pedirle a la gente que siga confiando en la democracia? ¿Que se deje matar y torturar porque la democracia nos salvará? Muchos están dejando de confiar en los Hermanos. Confiarán sólo en Alá y en los caminos que él les muestre.
–Eso es lo que dicen los yijadistas, que cumplen la voluntad de Alá. ¿Esos caminos son los de la guerra terrorista?
–Que Alá no lo quiera –dice.








